Jesús después de estar toda la noche en oración con su Padre, no se queda allí, baja del monte para estar con la gente que lo está esperando para oírlo y ser sanados por Él.
El discípulo de Jesús también necesita “subir al monte” para orar y ponerse en contacto con Dios, para escucharlo en actitud de humildad y sencillez de corazón. Y acogiendo su voluntad en el silencio y la escucha a través de la oración, bajar luego, para encontrarse con la gente y compartir lo que ha experimentado y escuchado en el encuentro con Él. Esta es la experiencia que todo discípulo de Jesús está llamado a vivir: estar con Jesús para escucharlo y aprender de Él, cómo estar con la gente, cómo anunciarles el reino de Dios.
Notemos que cuando Jesús baja del monte, mira al pueblo. Este es un detalle muy significativo y una clave de lectura muy importante; en primer lugar, porque con su mirada, da a entender que su Palabra está dirigida de manera personal y en tiempo presente: “ahora”; y en segundo lugar, porque con la mirada, los está llamando a tomar conciencia de la realidad que están viviendo. Sólo quienes se reconocen necesitados, están disponibles para acoger a Dios y dejarse actuar por Él en quien encuentran la mayor alegría, quien da sentido a sus vivencias por más difíciles que sean.
Hoy, en situaciones, para muchos difíciles ya sea por la pobreza, la enfermedad u otras realidades de sufrimiento y dolor, es admirable encontrar personas llenas de Dios, convencidas de que su presencia en medio de ellas las fortalece, las anima, y por eso, siempre encuentran motivos para alegrarse y estar felices. Es decir, su alegría no depende de lo que tengan o no tengan, sino que han descubierto a Dios como su mayor riqueza y satisfacción.
Las bienaventuranzas, entendidas como un camino que nos lleva a centrarnos en la Persona de Jesús, haciendo de Él el referente de nuestra vida, nos ayudarán como discípulos a permanecer fieles hasta el final. ¡Animémonos a ser felices a la manera de Jesús!



