El libro del Deuteronomio nos presenta a Moisés comenzando su último discurso al pueblo de Israel previo a su despedida y muerte en el Monte Nebo.
Comenzamos a meditar la Carta de Santiago, cuyo comienzo nos recuerda que surgimos de Dios, que Él imprime su Palabra en nuestros corazones y, por tanto, estamos llamados a obedecerlo.
En el Evangelio de San Mateo, Jesucristo, al criticar a los fariseos por su hipocresía, les dice que tanto la bondad como la maldad provienen, por la mera práctica de preceptos, sino del corazón mismo en donde radica Dios. Después de haber meditado por unas cuantas semanas la Carta a los Efesios, hoy comenzamos la meditación de la Carta a Santiago, una carta muy importante, porque es la que nos dice que, la verdadera fe, se vive, se práctica. Mientras San Pablo nos dice que la fe nos salva, Santiago nos dice que fe sin obras es muerta: “Tú enséñame tus obras y yo te diré tu fe”. Es precisamente la segunda lectura de hoy la que sienta la pauta de la Liturgia de hoy. Al comienzo de esta carta, Santiago nos dice que, al nosotros surgir de Dios, Dios ha puesto su ley en nuestros corazones para que nosotros la sigamos, para que nosotros obedezcamos la Palabra de Dios. De ahí es que desarrollará su teología moral, la que veremos en el transcurso de estas semanas. Pero, es en esta línea, en que debemos de ver las otras dos lecturas.
Después de haber peregrinado por 40 años, el pueblo de Israel por fin ha regresado al Río Jordán y está a punto de atravesarlo para entrar a la Tierra Prometida. Pero, Moisés no va a entrar: no cruzará el Jordán, sino que se despedirá del pueblo para morir en el Monte Nebo. Ahí es que le da las últimas enseñanzas a Israel. Lo primero que les dice es que cumplan con todos los mandatos que les enseñó en el transcurso de esos años, que son preceptos de Dios. Es en el cumplimiento de estos mandamientos que Israel mostrará su verdadera fe y sabiduría proveniente de Dios ante los numerosos pueblos paganos que están radicados en el territorio de Canaán, la que se convertirá en Israel.
Pero, mientras que Moisés enseña que el cumplimiento de los mandamientos de Dios es en donde radica la sabiduría de Dios, Jesucristo nos enseña que el mero cumplimiento de mandamientos no es lo que nos va a salvar, sino el amor que le tengamos a Dios, la sinceridad en el cumplimiento de estos mandamientos, la pureza de intención en los mismos. Jesucristo ataca al fariseísmo, el creer que cumplir con los mandamientos es lo que nos va a salvar. Esto se parece a la herejía pelagiana, que enseña que cumplir los mandamientos es lo que nos salva y no Jesucristo, con su sangre redentora derramada en la Cruz, y nuestra fe puesta en esta sangre. ¡Cuánto Cristo lucho contra el fariseísmo y qué crudito está en la Iglesia! Busquemos, sigamos y cumplamos los mandamientos con un corazón limpio, que Dios se encarga del resto.
P. Rafael “Felo” Méndez
Para El Visitante



