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El Profeta Ezequiel nos presenta una parábola un tanto enredada, de Dios plantando una rama cada vez más en alto, para decirnos que todo depende de Él.

San Pablo en la II de Corintios nos indica que un cristiano camina por fe, confiando en la providencia de Dios aún cuando no entendamos el camino.

En el Evangelio de San Marcos, Jesucristo nos explica que todo camina según el curso de Dios y que, por tanto, nosotros debemos de confiar en Él puesto que todo se hace según su voluntad, para bien nuestro.

Cada 19 de noviembre, nosotros los católicos puertorriqueños celebramos a nuestra patrona, María Madre de la Divina Providencia. Pero, ¿entendemos el concepto de Divina Providencia? ¿Sabemos qué significa la palabra “providencia”?  

Para entender la Providencia de Dios, primeramente tenemos que tener claro el concepto. Providencia significa saber de antemano que cosas hacen falta o qué cosas son necesarias para cualquier eventualidad, y tenerlas a mano para que, cuando se necesiten, tenerlas ya lista. Por ejemplo, cuando vamos a salir de paseo, tenemos que tomar unas providencias: el carro en buenas condiciones y con gasolina, dinero para gastar o víveres para comer, estar conscientes de cómo va a estar el tiempo, y tener un plan b. Todo esto se llama tomar las providencias necesarias. Si entendemos esto, entonces entenderemos que Divina Providencia es que Dios está en control de la situación, que nuestras vidas dependen de su voluntad, que Dios tiene para nosotros todo lo necesario para nuestra salvación.   

Ezequiel, en su manera un tanto en jeringonza, no dice que Dios es el dueño del universo, que es Él quien hace posible que todo se dé. Dios saca frutos de cada uno de nosotros, Dios es quien nos eleva, como las ramas de los árboles de esta parábola, o nos hace caer si nosotros nos creemos que no necesitamos de Dios.

San Pablo, consciente de la Providencia de Dios, nos dice que nos dejemos llevar por Él.  En la vida tendremos momentos difíciles, momentos en que nos sentiremos que caminamos a ciegas, momentos en que la vida nos parece injusta o que sufrimos de forma gratuita, no por que lo buscamos o lo merecemos por una mala conducta, sino que nos viene si esperarlo. Pues, en esos momentos, lo que nos queda es confiar en Dios, pedirle que nos ayude y dejarnos guiar por Él. Una cosa es clave para San Pablo: independientemente de lo que estemos pasando, nosotros debemos de hacer las cosas de la manera que Dios quiere que la hagamos.

Jesucristo es más enfático aún todavía. En la parábola del Evangelio de hoy nos dice que la voluntad de Dios se impone independientemente de lo que nosotros hagamos. Él es el árbitro de la vida y de la naturaleza. Todo le responde a Él. Ese Dios es quien cuida de nosotros y nosotros debemos de confiar en ese cuidado amoroso de Dios. El cristiano que tiene esta actitud se esfuerza en cumplir la voluntad de Dios, dejando que Dios haga su parte. ¿Cuántas personas dejan de buscar de Dios, de ir a misa, de cumplir con los mandamientos porque tienen cosas que hacer, por que tienen que ganar dinero, o porque tienen un compromiso social? Estas personas no ponen su confianza en Dios, no dejan que Dios guíe sus vidas. Tú: ¿dejas que Dios guie la tuya?

P. Rafel “Felo” Méndez

Para El Visitante