En días recientes, la tensión entre Israel e Irán ha vuelto a escalar, esta vez con la intervención directa del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien ordenó un ataque militar contra Irán en lo que muchos analistas consideran una peligrosa profundización del conflicto. Al mismo tiempo, el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, expresó que “la paz se logra con la fuerza”, una afirmación que, aunque responde a una lógica política y militar, contrasta profundamente con la visión cristiana de la paz que nos enseñó Jesucristo.
La historia nos ha mostrado una y otra vez que la imposición de la fuerza puede silenciar por un
tiempo, pero nunca logra la verdadera paz. Las guerras no construyen armonía duradera; las armas
no siembran reconciliación. La paz verdadera no es fruto del dominio ni del miedo, sino del amor,
la entrega y el respeto al prójimo. Jesús mismo lo vivió y lo enseñó: su vida, pasión, muerte y
resurrección son testimonio de una paz que nace de lo más profundo del amor y la misericordia,
no de la imposición.
Después de resucitar, cuando se presentó ante sus discípulos, Jesús no los reprendió por haber
huido, ni les exigió fidelidad mediante el temor. Su primer mensaje fue: “La paz esté con
ustedes” (Jn 20,19). Esta frase no es solo un saludo; es una declaración de intenciones, una
revelación del corazón de Dios. La paz que Cristo nos ofrece no está condicionada a quién tiene
más poder, sino al amor infinito con el que Él nos amó hasta el extremo, entregando su vida para
salvarnos. Si su paz fuera la de los imperios, no hubiese permitido ser crucificado, ni habría
respondido al odio con perdón.
En un mundo donde los líderes con frecuencia se dejan guiar por intereses geopolíticos,
económicos y de poder, urge levantar la voz profética del Evangelio que proclama una paz
diferente: una que no nace del miedo al más fuerte, sino del encuentro sincero con el otro, del
reconocimiento de la dignidad humana de cada persona, incluso del enemigo. San Juan Pablo II
nos recordaba que “la guerra siempre es una derrota para la humanidad”. Y hoy, más que nunca,
necesitamos recordar esta verdad.
Pidamos al Dios de la paz que toque los corazones de quienes tienen en sus manos las decisiones
que afectan a pueblos enteros. Que comprendan que la verdadera victoria no está en someter al
adversario, sino en construir juntos caminos de diálogo, justicia y reconciliación. Que puedan
descubrir que la paz de Cristo, la única que perdura, no se impone: se regala, se comparte y se
vive.
Solo así, el mundo podrá experimentar la paz verdadera. Esa que no se impone por la fuerza, sino
que florece cuando amamos como Jesús nos amó

La paz no nace de la fuerza, sino del amor
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