¿Cuántas veces nos sentimos indignos de ser recipientes de la insondable Misericordia que tiene Jesús para nosotros? Pensamos que nuestro estilo de vida, nuestras pequeñas faltas con o sin intención, o lo que hacemos en nuestro diario vivir no es suficiente para Dios. Racionalizamos tanto porque somos humanos y en cada detalle de los pasos en nuestra jornada nos encadenamos en ideas y perdemos de vista ese espacio privilegiado que Jesús nos regala a todos y todas: su misericordia. En ese espacio, de intimidad y cercanía, precisamente es en donde podemos abrir la puerta para sincerarnos con nosotros mismos primero, dejar de ser tan duros y permitirnos ver la divina misericordia como el mayor gesto de ternura pura y sin condiciones. Cuando hago eco de “sin condiciones”, es que así es la Misericordia de Jesús, es como la precisa caricia sobre las heridas de nuestros pecados físicos y espirituales que en muchas ocasiones dejaron cicatrices, pero, de igual forma nos ayudan a madurar nuestra fe y discernimiento.
¿Han pensado en todos los gestos de perdón y amor a través de la misericordia que tuvo Jesús con el hombre ciego, el paralítico, la mujer de las hemorragias o la mujer adúltera? ¿Cuántos fariseos y escribas querían apedrear a dicha mujer que había sido sorprendida en el acto del adulterio? Y Jesús les dice a todos: ¡Quien de ustedes esté sin pecado, arroje la primera piedra contra ella! Puras palabras de misericordia y compasión por parte de Jesús. ¿Han pensado que, en algunos de estos escenarios, pudiéramos vernos reflejados? Es en ese momento que nos percatamos que obtenemos el perdón a través de la caricia de la Misericordia de Jesús.
Según el Papa Francisco, “Jesús está implicado en el perdón, está implicado en nuestra salvación. Y así Jesús hace de confesor: no la humilla, no la señala, porque grande es la Misericordia de Jesús, ya que Él perdona, pero no con un decreto, sino con una caricia, acariciando nuestras heridas del pecado”. Emulemos ser la caricia de Jesús en la vida de los demás sin permitir que nada se interponga a que seamos sus instrumentos, tal y como lo dicta Santa Faustina en su diario. “Deseo ser una pequeña, silenciosa morada de Jesús para que Él pueda descansar en ella. No dejaré acercarse a ninguna cosa que pueda despertar a mi Amado. El esconderme me permite tratar continua y exclusivamente con mi Amado. Me relaciono con las criaturas sólo cuanto eso agrada a mi Amado”, (Diario, 1021).
Recuerden que cada vez que Jesús nos perdona, piensen en lo bendecidos que somos de sentir su caricia en nuestro corazón y en nuestras vidas. Vivimos en un mundo tan acelerado, que nuestros ojos y oídos espirituales, no pueden distinguir esa caricia. Centremos nuestro corazón de la mano de Jesús y aprendamos a fortalecer nuestra dignidad como hijos de Dios. Meditemos sobre ello, contamos con su perdón y misericordia. ¡Qué caricia más noble y qué detalle Jesús tiene para con nosotros, con su luz del amor! Sin embargo, Dios Padre en su paternalismo, busca siempre la manera de acariciar nuestro corazón y hacernos ver que, con solo una caricia suya, sentiremos su misericordia y la necesidad de dar a conocer a la humanidad entera. La misericordia no es un trueque, es un regalo de piedad, así lo expresaba Santa Faustina en su Diario (887): “No busco la felicidad fuera de lo profundo de mi alma, donde mora Dios, estoy un consciente de ello. Siento como una necesidad de darme a los demás, he descubierto en el alma la fuente de felicidad, es decir, a Dios”.
Como coordinadora de la Devoción de la Divina Misericordia en Cayey les exhorto a que mediten y reflexionen con humildad: ¿Cuántas caricias he recibido de Jesús Misericordioso? Yo he sido bendecida de recibirlas de distintas maneras y han hecho de mí una laica más fuerte y dirigida al propósito de vida que Jesús me ha colocado en mis manos. Cuando estén a solas con Jesús, piensen y contemplen como han llegado envueltas esas caricias a su vida y confirmarán como Jesús nos transforma por cada caricia de Misericordia porque El siempre cumple sus promesas con sus hijos (as). “No pierdo la presencia de Dios en el alma y quedo estrechamente unida a Él. Con Él voy al trabajo, con Él voy al recreo, con Él sufro, con Él gozo, vivo en Él y Él en mí. No estoy nunca sola, ya que Él es mi compañero permanente”, (Diario, 318). Recuerden que la Misericordia no es un sentimiento ocasional y distante, es siempre.



