La mano de Dios

Lo cantaba Danny Rivera allá por los 70. “Bloque catorce, séptima planta, letra D, Barrio del Pilar…”. Se trata de una sencilla pareja que mora en esa dirección. Un lugar donde, como el nido de los pájaros, comienzan ellos a crear la tarea de vivir el amor, como un mensaje para la comunidad que les rodea. Habrá bastante de dureza en el esfuerzo, cuándo no, pero también de romanticismo: “Tienen un nido para soñar”. El comienzo siempre es con grandes ilusiones. Son reales. También son pasajeras. Porque “nuesttras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir” …, dice el poeta. Y el Yin Yan chino se nos repite continuamente.

Pero esta pareja, Luis y María, en medio del follaje del trabajo y los pesares resalta el testimonio que esa comunidad ansía: “Yo vi su amor cada día, yo vi la luz de su hogar, yo vi cómo se querían, yo vi su felicidad”. A pesar de las debilidades propias de la vida humana, sus imperfecciones y mediocridades, flota la misión que recibieron: que se vea que el amor Cristiano no es una entelequia, un figmento, una palabra bonita para el sermón dominical, sino que “se ve”. A otro propósito decían algunos politicos “progreso que se ve”. Y eso es lo que convence: que se ve el amor en los detalles, en los gestos.

Y la pregunta que propone el cantor, y me hago yo, es: ¿Qué anima a esta pareja para que ‘se vea’? Lo dice el autor: “Yo vi la fe que tenían, yo vi la mano de Dios…”. A veces le digo a algunos: Si alguna les visitó, me alegraría de que posean un hogar cómodo, apropiado para las necesidades humanas de los hijos de Dios. Pero más me alegraría si veo que, en las relaciones de los miembros de esa familia, se siente algo raro, invisible, como un perfume que no sabes de dónde viene. Es la presencia del Espíritu, es la mano de Dios.

Esa atmósfera especial es la espiritualidad en el hogar. Está presente en los momentos de éxitos notables, para amansar el triunfo y no convertirlo en vanagloria perpetua. Y también presente en el fracaso, cuando se recibe la traición, o las expectativas se marchitan. Entonces también el fracaso conlleva su riqueza, pues me torna humilde, me orienta a buscar en Dios el apoyo, a no dejar morir la esperanza. Ese ambiente se expresará en la pérdida de los seres amados, normalmente enterramos a los abuelos o a los padres. Será despedida agradeciendo a Dios lo recibido a través de ellos, y abriendo la esperanza a la resurrección futura. Estará presente cuando llegan los choques necesarios en personas diferentes, las distintas habilidades de cada uno, que no se convierten en competencia, sino en suma para crecimiento del conjunto. Los capitalistas afirmaban que una mano invisible equilibraría las diferencias y desigualdades de su sociedad. No era verdad. Pero esta mano divina, esta fe en la presencia del Redentor que nos acompaña sí hace la diferencia. “Jesus makes the difference”, dice el americano.

La espiritualidad no sería, por tanto, la acumulación de rezos (también valen!) sino esa mirada a lo que sucede descubriendo la mano providencial del Dios que protege a sus hijos. “El Señor es mi fuerza, mi vida y salvación’, dice el salmo. Esa mirada a la vida a través del filtro del mensaje de Jesús viene a ser como unos espejuelos verdes que no niegan la realidad sufrida, sino que la mejoran en su color. Es espiritualidad que acompaña maravillosamente cuando los bienes humanos, tan necesarios, nos escasean, porque vino el desempleo, o aumentó la luz, el agua, la nevera rota, el carro con motor jadeante. Es fuerza de Dios que es la promesa para el que llamó a esa misión tan profunda de vivir el amor, construir hogar. “Yo vi la fe que tenían, yo vi la mano de Dios, yo vi que la vida es verla, yo vi que existe el amor”.

 

P. Jorge Ambert, SJ

Para El Visitante

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