El Evangelio nos presenta a diez leprosos que fueron sanados por Jesús en el camino. Sin embargo, solo uno de ellos, un extranjero, regresó para dar gracias. Su gesto sencillo se convierte en una enseñanza profunda para todos nosotros: la gratitud es la respuesta más grande que un corazón creyente puede dar a Dios.
En nuestra vida diaria recibimos tantos dones: la salud, la familia, la fe, la comunidad, la creación que nos rodea, la historia de nuestra Iglesia en Ponce. Sin embargo, con frecuencia damos por sentado lo recibido. Corremos el riesgo de parecernos a los nueve que siguieron de largo, disfrutando del regalo, pero olvidando al que lo dio.
El samaritano agradecido nos recuerda que la gratitud abre la puerta a algo más que la curación del cuerpo: abre el corazón a la salvación plena. Jesús le dice: “Tu fe te ha salvado”. Quien agradece, no solo recibe, sino que entra en comunión con el Dador de todo bien.
En este Jubileo de la Esperanza y Centenario de nuestra Diócesis de Ponce, queremos ser como aquel samaritano: volver al Señor, postrarnos ante Él y decir con voz clara y confiada: “Gracias, Señor, por tu amor y fidelidad a lo largo de nuestra historia”. Nuestra Iglesia quiere ser un testimonio vivo de gratitud, y desde ahí, sembrar esperanza en medio de un mundo herido.
La gratitud nos convierte en discípulos misioneros: quien reconoce el don recibido se siente enviado a compartirlo. El que agradece no guarda para sí la bendición, sino que la multiplica en gestos de amor, de servicio y de fraternidad. Que este tiempo jubilar nos ayude a cultivar un corazón agradecido, capaz de reconocer los dones de Dios y de proclamar con alegría, oremos…
Señor Jesús, como el samaritano que volvió para darte gracias, hoy también yo me acerco a tus pies. Gracias por la vida y por la fe, por la Iglesia que camina en Ponce desde hace cien años, por tantas personas que han sido signo de tu amor en nuestra historia. Perdona las veces que, como los otros nueve, he recibido tus dones sin detenerme a reconocerlos.
Hazme siempre consciente de que todo lo que soy y tengo viene de Ti. Danos un corazón agradecido, que sepa reconocer tu mano en cada momento, y que transforme la gratitud en servicio y esperanza.
Que este Jubileo sea una escuela de agradecimiento: que aprendamos a volver a ti, a postrarnos ante tu presencia, y a proclamar con alegría: “Tu misericordia, Señor, es eterna”.

La Gratitud
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