Habacuc nos deja ver que Dios está a nuestro lado aún en las veces que sentimos que nos ha dejado solos.
San Pablo le exhorta a San Timoteo a que sea un buen obispo para su grey de Éfeso a través de una entrega total.
En el Evangelio de San Lucas, Jesucristo nos habla de lo que es verdaderamente la fe: una convicción de que Dios te escucha.
La fe, ese gran don de Dios que nos permite estar en comunión con Él, es un don que muchas veces es malentendido. Una de las peores concepciones acerca de la fe es que es un sentimiento, o sea, sentir a Dios. Si no siento a Dios, no tengo fe. Esto me lleva a muchas veces dejar a la Iglesia porque yo no siento la “cosquillita”, la sensación de gozo, y me la paso de retiro en retiro, para “sentir a Dios”, como sinónimo de tener fe. Nada más lejos de la verdad que esto. Fe es, como diría el misterioso autor de la Carta a los Hebreos, “La fe es garantía (o certeza) de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven (Hb. 11, 1)”.
Al leer la primera lectura de hoy, del profeta Habacuc, me viene a la mente aquel hermoso poema en prosa, “Huellas en la arena” en la cual Jesucristo le dice al hombre, al final del poema, “Cuando veías un par de huellas, era yo quien te estaba cargando”. El profeta comienza quejándose de que Dios lo ha abandonado, que lo deja solo, para luego Dios decirle que, en todo momento, sobre todo en los momentos de dificultad, Dios ha estado con él. El hombre y la mujer de fe comprende que, los momentos de dolor y dificultad son momentos de prueba, momentos de crecimiento y madurez, que Dios permite para que crezcamos. Ante esos momentos, uno tiene que perseverar en la fe, a pesar de que el dolor sea intenso. Este es otro aspecto de la fe en el cual nosotros nos equivocamos: la fe no quita el dolor, sino que nos da fuerza durante el mismo. Por ejemplo, cuando se nos muere un ser querido, como la madre, el padre, el/la cónyuge, un hijo, el mundo se nos va, se nos arranca el corazón y nos creemos que vamos a morir en ese momento. Pero, la fe es la que nos sostiene en momentos como estos y nos hace ves que, al final del camino, está la luz.
Eso es lo que implica Jesús cuando nos presenta la parábola del amo que manda a su criado a que le sirva: el amo está seguro de que su criado le ve a obedecer. Así es la fe, la certeza de que Dios escucha a uno a pesar de que, en ese momento, uno siente que Dios no lo hace. Jesucristo da cátedra de ello: cuando estaba pendiendo de la cruz, en medio de los más atroces dolores, Jesucristo sintió que su Padre lo había abandonado. Pero, en vez de darse por vencido o “rajarse” y bajar de la Cruz, Jesucristo perseveró hasta el final, confiando que su Padre no lo había abandonado, para decir al final, a manera de triunfo: “Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu”. Esto es fe. Y esto es lo que San Pablo le exhorta a San Timoteo enseñar y vivir: la fe de Jesucristo.



