La XXXIV Jornada Mundial del Enfermo, celebrada este año en Chiclayo, Perú, ha sido un espacio privilegiado para que la Iglesia universal renueve su compromiso con los que sufren, a la luz del mensaje del Papa León XIV, centrado en la parábola del Buen Samaritano y en el llamado a vivir una compasión que no se queda en palabras, sino que se traduce en cercanía, presencia y acción concreta.
Bajo el lema “La compasión del samaritano: amar llevando el dolor del otro”, el Santo Padre propone una reflexión profunda y actual sobre el modo en que los cristianos están llamados a responder al sufrimiento humano, especialmente al de los enfermos, ancianos y personas que viven en soledad. En una cultura marcada por la prisa, el descarte y la indiferencia, el Papa advierte sobre el riesgo de “pasar de largo”, cuando el Evangelio invita a detenerse, mirar y hacerse prójimo.

Inspirándose en el relato del Evangelio de san Lucas, el Papa León XIV subraya que el prójimo no se define por la cercanía física, social o cultural, sino por una decisión personal de amar. El samaritano no pregunta quién es digno de ayuda, sino que actúa movido por la compasión. Así, el Santo Padre recuerda que la compasión cristiana no es un sentimiento pasajero, sino una opción consciente que implica involucrarse, cargar con el dolor del otro y asumirlo como propio.
Uno de los acentos más significativos del mensaje papal es que esta compasión no se vive de manera aislada o individualista. Cuidar al enfermo es una misión compartida, una auténtica acción eclesial que involucra a toda la comunidad: familias, sacerdotes, diáconos, consagrados, profesionales de la salud, agentes de pastoral y laicos comprometidos. En este sentido, el Papa reafirma que el cuidado de los enfermos no es una tarea secundaria de la Iglesia, sino una expresión concreta de su identidad y de su fidelidad al Evangelio.

Esta dimensión comunitaria fue vivida de manera especial en Chiclayo, donde representantes de diversos países se dieron cita para reflexionar, orar y compartir experiencias pastorales. Entre ellos se encuentra Mons. Tomás G. González, Obispo Auxiliar de San Juan, quien destacó la riqueza espiritual y pastoral de este encuentro.
Mons. González describió la Jornada como “un gran evento de encuentro y de gracia”, en el que se experimentó una profunda comunión entre hermanos provenientes de distintas realidades eclesiales y culturales. Subrayó que la presencia del enviado del Papa, junto a obispos, sacerdotes, diáconos, consagrados, consagradas y laicos de numerosos países, permitió constatar cómo la pastoral de la salud es un espacio donde la Iglesia se hace verdaderamente cercana al sufrimiento humano.
Al reflexionar sobre el mensaje del Papa León XIV, Mons. González resaltó que vivir la compasión con el enfermo es una decisión personal, pero que siempre se abre a una dimensión comunitaria. “Optar por amar es optar por acercarse”, afirmó, recordando que esta opción nace de las enseñanzas de Jesús y se concreta en gestos sencillos, pero profundamente humanos: una visita, una palabra de consuelo, la administración de los sacramentos, la escucha atenta o la simple presencia.

En su mensaje, el Obispo Auxiliar de San Juan hizo un reconocimiento especial al servicio de sacerdotes y diáconos en la unción de los enfermos, así como a los ministros extraordinarios de la comunión, cuya labor silenciosa resulta indispensable. Asimismo, destacó el compromiso de tantos laicos y laicas que ofrecen su tiempo para acompañar a los enfermos, a los ancianos y a quienes viven solos, muchas veces junto a sus familias, transformando la ayuda individual en una experiencia de Iglesia viva y solidaria.
La Jornada Mundial del Enfermo, afirmó Mons. González, es también una invitación a “ir más allá de un acto individual de ayuda” para asumir un camino comunitario, donde cada bautizado, desde su propia realidad, pueda optar por el amor, la compasión y la misericordia. Se trata de construir comunidades que no abandonen a los más frágiles, sino que los integren y los acompañen.
El mensaje del Papa León XIV concluye con un llamado esperanzador al Pueblo de Dios: hacer del cuidado de los enfermos un estilo de vida cristiano, convencidos de que servir al que sufre es servir a Cristo mismo. En este compromiso, la Iglesia encuentra un espacio privilegiado para vivir el Evangelio y seguir caminando como comunidad de discípulos misioneros, unidos por la compasión que sana y la caridad que transforma.


