En el marco del Año Santo 2025, cuando Roma abrió sus Puertas Santas para acoger a millones de peregrinos, un grupo muy especial emprendió un viaje que marcaría para siempre su fe, su servicio y su identidad como ministros del canto. Cuarenta y ocho puertorriqueños —coristas y músicos provenientes de diversos pueblos de la isla— formaron lo que ellos mismos llamaron con orgullo la “Delegación Nacional”, acompañados espiritualmente por el P. Javier Avilés, de la Diócesis de Arecibo. Su destino: el Jubileo de los Coros, celebrado en la Ciudad Eterna como un momento de gracia dedicado a quienes, con sus voces, sostienen la oración del Pueblo de Dios.
Un sueño que tomó forma
El P. Javier, quien encabezó la peregrinación, confesó que jamás imaginó que viviría esta experiencia no una, sino dos veces en el mismo año. “Año Santo 2025… Se abrieron las Puertas Santas de Roma y mis ganas de ir a Roma parecían un sueño”, expresó. En mayo, tuvo la oportunidad de conocer por primera vez al Papa León XIV. Seis meses más tarde, la Providencia lo colocó nuevamente rumbo a Roma, esta vez acompañado por decenas de músicos cuyo servicio embellece la liturgia en Puerto Rico.
La peregrinación comenzó el día de Nuestra Señora, Madre de la Divina Providencia, patrona de Puerto Rico. Desde el aeropuerto Luis Muñoz Marín partió un grupo lleno de ilusión, cargados de maletas, abrigos y por encima de todo corazones dispuestos a encontrarse con Dios en el corazón de la Iglesia. “El frío y la lluvia fueron dos amigos que nos acompañaron durante seis días”, relata el sacerdote. Aunque el clima desafió los planes, no logró apagar el entusiasmo de la delegación, que caminó por Roma entre miles de peregrinos de todas las naciones.
Roma, casa de la fe y de la música
La experiencia del Jubileo fue mucho más que asistir a celebraciones. Fue, para muchos, un profundo encuentro con la universalidad de la Iglesia. La puertorriqueña Rosa Sánchez, de Naguabo, expresó que llegar a Roma fue “reafirmar que estoy en casa”. Cada templo, ya sea en la isla o en el Vaticano, evoca para ella la sensación de hogar: “la unidad, la santidad, la universalidad, el origen apostólico de una fe fundamentada en Cristo que acoge a todos en una sola armonía”.
Con una bellísima metáfora, Rosa contempló la peregrinación desde su identidad de corista: “Cristo es esa melodía que capta la atención del ser humano; nosotros, su Iglesia, somos la armonía que completa la misión.” Cada puerta, cada canto y cada paso por las calles empedradas de la ciudad la invitaron a contemplar la misericordia de Dios. Cruzar la Puerta Santa y ver la sonrisa serena del Papa León XIV se volvió, para ella, un anticipo del cielo: “si el Papa nos miraba así, cómo será la mirada de Dios”.
La Audiencia Jubilar y la Misa de Cristo Rey
Uno de los momentos culminantes fue la Audiencia Jubilar con el Santo Padre, celebrada el sábado en la Plaza de San Pedro. Los coristas puertorriqueños, envueltos en abrigos y sombrillas, lograron hacerse paso entre la multitud. Allí, rodeados de más de 35,000 músicos de todos los continentes, se sintieron parte de una gran sinfonía de fe.
El Papa León XIV dirigió una palabra profundamente pastoral: los invitó a redescubrir su ministerio como servicio de amor, unidad y sinodalidad. Recordó que los coros no están en un escenario, sino inmersos en la comunidad, ayudando a que toda la Iglesia “camine unida en alabanza y alegría hacia el encuentro con Jesucristo Rey del Universo”.
Al día siguiente, en la Solemnidad de Cristo Rey, la delegación participó en la Eucaristía presidida por el Papa en la misma plaza. A pesar del frío intenso, el canto de los miles de coristas se elevó como una plegaria universal. La música se convirtió en un puente entre lenguas y culturas, mostrando que la Iglesia, en su diversidad, es una sola voz que proclama la gloria de Dios.
Pasar por la Puerta Santa: un acto de fe y renovación
El paso por la Puerta Santa de la Basílica de San Pedro, uno de los momentos espirituales más significativos del Año Jubilar, fue vivido con profunda emoción. Como escribieron en una de sus notas: “En una verdadera sinfonía de lenguas, razas y naciones, la Iglesia volvió a mostrar su belleza: una, santa, católica y apostólica”.
Tras cruzar la Puerta Santa, los peregrinos se detuvieron en silencio, contemplando el misterio de la misericordia divina. Muchos llevaban intenciones personales y comunitarias: sus familias, sus parroquias, sus coros, sus pastorales. Fue un instante que marcó el corazón de cada uno.
Una misión que continúa en Puerto Rico
El Jubileo de los Coros no terminó en Roma; continúa ahora en Puerto Rico, en cada parroquia, en cada liturgia, en cada voz que se eleva al Señor. Esta delegación ha dado un hermoso testimonio de unidad eclesial y de renovación espiritual, recordándonos que la música no es adorno: es puente, es oración, es misión.
Que las puertas abiertas de Roma sigan abiertas en cada corazón, y que los coros de Puerto Rico continúen siendo instrumentos vivos de amor, servicio y comunión para toda la Iglesia.


