Subir al cielo no significa desaparecer, ni abandonar a sus discípulos. La Ascensión no es una despedida triste; es el comienzo de una misión. El Evangelio de Mateo nos presenta a los discípulos en Galilea. Jesús los cita en un monte. Allí lo ven, lo adoran, aunque el Evangelio dice con mucha humanidad que algunos todavía dudaban. Esto nos consuela, porque también nosotros a veces creemos… y a veces dudamos.
Sin embargo, Jesús no se detiene en las dudas. Se acerca y pronuncia tres palabras que cambian la historia. Jesús dice: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra.” (Mt 28,18) El Crucificado ahora es el Señor de la historia. El que fue rechazado, condenado y crucificado, ahora vive en la gloria del Padre. La Ascensión nos recuerda que la última palabra no la tiene el mal, ni la injusticia, ni la muerte. La última palabra la tiene Cristo resucitado.
Luego Jesús dice: “Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos.” La Iglesia nace con un verbo muy claro: vayan. No dice: quédense, esperen, protéjanse. Dice vayan. El cristiano no vive la fe encerrado. La fe siempre sale al encuentro, anuncia, acompaña, bautiza y enseña el camino del Evangelio. También hoy el Señor nos envía: a nuestras familias, a nuestros jóvenes, a los que sufren. A los que han perdido la esperanza. Jesús sabe que la misión es exigente. Por eso termina con una promesa maravillosa: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo.” (Mt 28,20) Jesús sube al cielo, pero no nos deja solos. Está con nosotros: en la Eucaristía, en la Palabra, en la Iglesia, y en el rostro de los pobres y los que sufren. Cristo no abandona a su pueblo.
En nuestro mundo —y también aquí en Puerto Rico, muchas personas sienten incertidumbre, cansancio y preocupación por el futuro. La Ascensión nos recuerda algo fundamental: Cristo está vivo y camina con nosotros. Por eso nuestra misión sigue siendo clara:
encender corazones y fortalecer la esperanza.
Por eso hoy podemos decir con fe: Jesús subió al cielo, pero permanece con nosotros. Jesús subió al cielo, pero sigue enviándonos a la misión. Jesús subió al cielo, pero su presencia acompaña cada paso de nuestra Iglesia. Pidamos al Señor que encienda nuestro corazón y que nos fortalezca en la misión de anunciar su Evangelio.



