Cuando Jesús resucita, no va primero a los grandes ni a los fuertes. Va a buscar a los suyos… y los encuentra encerrados, con miedo. El miedo no es un pecado, es una emoción humana. Los discípulos tenían miedo de los judíos, de lo que iba a pasar, del futuro… como nosotros muchas veces que tenemos Miedo al cambio, a equivocarnos, a perder a alguien, a no ser suficientes, a lo que no podemos controlar.
Jesús resucitado no se queda lejos del miedo. No espera a que los discípulos salgan. Entra a pesar de las puertas cerradas. Lo mismo hace contigo y conmigo: entra en nuestro miedo, en nuestro encierro interior, en nuestros momentos más oscuros. Y cuando entra, no lo hace con reproches, sino con un regalo: “La paz esté con ustedes.” Es como si dijera: “Estoy aquí. No tengan miedo. Mi amor es más fuerte que todo eso.”
¿Qué hace Jesús con nuestro miedo?
- No lo juzga. No se enoja por nuestra fragilidad. Nos abraza en ella.
- Nos da paz No una paz superficial, sino la que brota de saber que Él venció a la muerte. La paz de saber que no estamos solos.
- Nos envía El miedo encierra, pero Jesús resucitado nos abre las puertas. Nos dice: “Como el Padre me envió, yo los envío.” Nos anima a vivir, a amar, a seguir.
- Nos acompaña con su Espíritu Sopla el Espíritu sobre nosotros para darnos fuerza, consuelo y valentía
Dichosos los que creen sin haber visto. Jesús pensaba en ti, en mí, cuando dijo eso.
Nos llama “dichosos”, felices, bendecidos, no por tener una fe perfecta, sino por creer con el corazón, incluso cuando no todo es claro, cuando hay oscuridad.
Oración. Señor Jesús, entra en mis miedos como entraste en esa sala cerrada. Dame tu paz, la que calma el alma. Sopla tu Espíritu en mí, para que tenga fuerza y alegría. Como Tomás, a veces dudo… pero también quiero decir con todo mi corazón: ¡Señor mío y Dios mío! Gracias por amarme así, incluso cuando me cuesta creer. Amén.



