Para enfrentar la notable crisis de identidad sacerdotal es recomendable salir de los lugares importantes y solemnes, y volver a los lugares donde fuimos llamados. Allí donde era evidente que la iniciativa y el poder eran de Dios. Esto debido a que, en ocasiones, sin querer y sin culpa moral, nos habituamos a identificar nuestro quehacer cotidiano como sacerdotes con ciertos ritos, coloquios y reuniones; en donde el lugar que ocupamos es uno de jerarquía, y no de servicio. Es así que se puede caer en la tentación de controlarlo todo, sentirse autor, y responsable de todo cuanto sucede. En el que solo nos miramos a nosotros mismos, sin confianza ni entrega a Dios, y mucho menos al prójimo.

Es sumamente difícil y profundamente agotador vivir el vínculo con Dios como los doctores de la ley; es decir, siempre cumpliendo, y creyendo que la paga es proporcional al esfuerzo realizado. Y además con la idea de que, si Dios bendice lo ejecutado, es signo de un mérito personal; razón por la cual la Iglesia tiene el deber de reconocer el esfuerzo que se ha hecho. Por este motivo, es imperativo dejar establecido que la identidad sacerdotal está ligada a quien ontológicamente se es, y no a los pobres esfuerzos humanos. Porque estos, aunque sean muchos y buenos, son pequeños e insuficientes en comparación con la grandeza del ministerio recibido.

Es necesario hacer notar que la identidad presbiteral está estrechamente ligada con el modo en que la persona responde a una pregunta trascendental: ¿Quien soy yo? La respuesta a este interrogante se puede formular a través de cuatro diferentes niveles, en los que la diferencia está en el punto de referencia que cada persona utiliza para su autodefinición: identidad intrapersonal, identidad interpersonal, identidad cognitiva e identidad trascendental.

En el primer nivel está la identidad intrapersonal. Esta se fundamenta en el contacto inmediato e intuitivo que la persona tiene con su propio mundo interno. La misma debería incluir la aceptación de si mismo, y una coherencia interna con sus cualidades personales. Sin embargo, esta identidad se caracteriza por tener ambigüedades e inconsistencias, razón por la cual resulta insuficiente para sostener la identidad sacerdotal; porque es una identidad inestable, insegura y vacilante. Se sustenta en las circunstancias externas, en un ambiente seguro, y en una continua satisfacción de las necesidades inmediatas y efímeras. En este sentido podríamos decir que predominio de este nivel infantil se refleja en las pobres motivaciones. Ejemplo de ello podría ser la búsqueda de la propia felicidad, el bienestar, la seguridad, la auto-aceptación, la estabilidad, entre otros. De alguna manera, estas motivaciones equivocadas podrían explicar el abandono del sacerdocio y/o de la vida religiosa por parte de algunos presbíteros; ya que confunden el ambiente con la identidad.

El segundo nivel de la identidad es la relacional, y se trata de un nivel más alto. En esta identidad, el punto de referencia consiste en las relaciones con los demás, en los que la persona se siente competente. A través de ella, el individuo es capaz de establecer amistades, y en el ámbito de la vida espiritual posibilita una relación personal con Dios. Sin embargo, en este nivel existen también algunas limitaciones, y es que la estabilidad de esta identidad depende de la permanencia o no de esas relaciones. En tal caso, y cuando el presbítero tiene una experiencia de traición por parte de personas significativas y/o de confianza, podría “echar por tierra” la propia identidad, lo que le lleva a encerrarse en sí mismo. En ocasiones, se puede correr el riesgo de que el individuo abandone la vocación sacerdotal justificándolo con la falta de comprensión, desilusión, y el abandono de los amigos.

El tercer nivel de la identidad es la cognitiva. En este estado la persona posee una visión global, y una filosofía de la propia vida. El individuo se define a si mismo a través de los papeles que desempeña: soy sacerdote, soy director de una escuela, estoy a cargo de alguna de las vicarias, soy párroco, soy profesor, etc. El núcleo de esta identidad lo constituyen los valores personales libremente escogidos, y que la persona percibe como legítimos y válidos para comprometer la propia vida. Eso se manifiesta, en el entusiasmo por lo que hace, por la elección que ha hecho, o por la trayectoria que está llevando su vida, entre otros. Pero si a estas manifestaciones positivas se contrapone algún hecho traumático de pérdida, como una enfermedad grave, una incapacidad, una prohibición, etc., los fundamentos de su autodefinición pueden debilitarse.

El nivel más alto de la identidad es la identidad trascendental, ya que se trata de una orientación hacia los valores absolutos y eternos. Aquellos valores objetivos que existen independientemente del sujeto, en los que la persona se define a si misma en relación con Dios; asumiéndose como criatura. El descubrimiento de esta identidad trae consigo alegría y seguridad, orientación positiva, y una evidente fuerza vital. Esto corresponde a lo que en la psicología llamamos una “experiencia culmen”. Desde el punto de vista teológico podemos definir este nivel como el momento en el que el ser humano toma conciencia de la invitación de Dios a entrar en relación con él. En tales circunstancias, la santidad y la vocación misma, no se realizan como una empresa personal, sino como una respuesta a los valores y presupuestos libremente asumidos. 

A tal efecto, la vocación al sacerdocio no puede ser interpretada sólo como una elección personal, sino como una contestación a una propuesta, a una llamada, a un valor significativo que supera a la persona. Y así, cuando se interpreta la identidad sacerdotal como una respuesta a una invitación que Dios le ofrece al hombre, la tarea del que la recibe es aceptarla, discernirla, y en cada momento realizarla libremente; afrontando los riesgos inherentes a la misma. Esto significa no olvidar que el sacerdote es el mas pobre de los hombres si Jesús no lo enriquece con su pobreza; el más inútil siervo, si Jesús no lo llama amigo; el más necio de los hombres, si Jesús no lo instruye pacientemente como a Pedro; el más indefenso de los hombres, si el Buen Pastor no lo fortalece en medio del rebaño. Porque, nadie más pequeño que un sacerdote dejado a sus propias fuerzas. Por esta razón, el presbítero está llamado a una vida de continuo discernimiento para comprobar que su identidad esta verdaderamente radicada en Cristo.

A tenor con lo anterior, es inexcusable resaltar la idea de que, para dar una respuesta adecuada a la vivencia a la vocación recibida, el sacerdote se asegure que está poniendo en práctica lo que está llamado a ser y hacer. Esto es, la celebración de los sacramentos, la enseñanza, la predicación, el testimonio y la profecía que la Iglesia le propone. La persona de Cristo tiene que ser quien configure la vida del sacerdote. Y para ello es necesario que se reencuentre con el lugar donde fue llamado, allí donde era evidente que la iniciativa y el poder eran de Dios.

P. Ángel M. Sánchez, MS, Ph.D.

Para El Visitante

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