A nombre de la Provincia Eclesiástica de Puerto Rico y a nombre propio, quisiera dar nuestro más sentido pésame a su hijo, Mons. Leonardo y a su hija, Hilda, ante la sensible muerte de su amada madre, Doña Hilda Jiménez, viuda de Don Leo Rodríguez, quien el pasado lunes partió a la Patria celestial.
De igual manera damos nuestras condolencias a familiares, amigos, amigas y seres queridos.
Nos encontramos en la parroquia San Jorge un lugar muy querido para Doña Hilda y muy especial para sus hijos, quienes fueron evangelizados en este lugar y educados en su colegio parroquial.
El momento más doloroso para un ser humano es estar ante los restos mortales de su amada madre. Esas lágrimas que brotan de nuestros ojos solo las puede secar del todo el consuelo que viene de Dios.
Como dice la primera lectura: Dios secará todas las lagrimas y ya no habrá más pena ni dolor. Con su muerte ya Doña Hilda disfruta del cielo nuevo del que nos habla el Apocalipsis.
Sabemos, Mons. Leo e Hilda, el gran dolor que han tenido en estos días. Un dolor que rasga el corazón, un dolor que vierte lágrimas, un dolor que nos inmoviliza. Pero es en ese dolor, que las lágrimas hacen germinar la esperanza en la Palabra de Jesús.
Doña Hilda por 100 años fue escribiendo su nombre en el libro de la vida. Con sus acciones ejemplares como buena madre, como buena esposa, como buena cristiana, como noble servidora pública que se manifiesta en los días de duelos otorgados por el Municipio de San Juan, representados en la bandera de la Ciudad a media asta.
Ella tuvo la dicha de tener un hijo sacerdote, de verlo en su primera misa. De comulgar a Cristo Eucarístico consagrado por las manos de su hijo sacerdote. Tuvo la dicha de ver a su hija educadora y de seguir su legado en el museo de Doña Felisa Rincón de Gautier.
Doña Hilda evangelizaba con su presencia y sobretodo con su eterna sonrisa. No tuvo a un solo hijo sacerdote, pues ella fue como una madre para seminaristas y para muchos de los sacerdotes que hay en medio nuestro.
Doña Hilda, como toda madre cristiana, tenía a una pequeña santa Mónica en su corazón que no dejaba de proteger, velar, custodiar, orar sus hijos. Hoy sus hijos y sus seres queridos la lloramos no solo con lágrimas sino la lloramos con la esperanza de que escuche la voz del Señor que le diga: Ven a mí, bendita de mi Padre; que le diga desde hoy estarás conmigo en el paraíso, que le diga, en mi Ascensión subí a la Casa del Padre a preparar moradas y aquí está la tuya por la que siempre viviste.
Lloramos y oramos con la esperanza de que Doña Hilda escuche la voz de Jesús que en el Evangelio de hoy dice: “Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo”.
Doña Hilda, el cielo es tu recompensa por haber creído, vivido y muerto en Cristo. Doña Hilda, tu recompensa es la vida eterna que también es nuestro consuelo.
Por eso, más que despedirla, hoy celebramos su Pascua definitiva. Esta es la Iglesia de la Esperanza de Cristo, esta es la Iglesia de la resurrección de Cristo, esta es la Iglesia que confía de la misericordia de Cristo y esa misericordia hoy es la nueva vestidura de Hilda.
Doña Hilda pudo celebrar en este mundo su última Pascua. ¡Cuántas veces en esta parroquia contempló la luz del cirio pascual y deseó que esa llama que brota la iluminase con todo su esplendor! Hoy, Jesús, el eterno cirio pascual arde en llamas de misericordia y de amor por ella, que ya ha cumplido como una amiga de Dios su misión en este mundo.
En Cristo y solo en Él la muerte tiene sentido. Pues si se vive en Cristo, si se muere en Cristo y se resucita en Cristo, la muerte adquiere su sentido más pleno.
Esa fue la fe de Doña Hilda y es la fe de la Iglesia, es la fe de todo discípulo y discípula de Jesús. Ella vivió unida a Cristo, pues con el salmista, ella esperaba “gozar de la dicha del Señor en el país de la vida.”.
Hace apenas unas semanas celebramos el Domingo de la resurrección de Cristo. Ni el sepulcro es nuestra morada eterna, ni la tumba, ni el ataúd ni la urna donde se depositan las cenizas. Creemos que la muerte en Cristo transforma radicalmente nuestra existencia.
Si no es así, la muerte, especialmente la de una madre, sería la contradicción más grande sobre la vida misma.
“Nada es tan contradictorio como la muerte de una madre. Madre significa vida nueva. ¿Qué tienen que ver las madres con la muerte? En un sentido muy profundo las madres no mueren. Por eso yo creo en la Asunción de la Virgen María Madre de Jesús. No podría morir la madre del que se manifestó como la vida. La Asunción de María tiene sentido, ¿pero qué sentido tiene la muerte de una madre? Parecen no tener sentido.
Las madres no pueden morir. ¿De dónde vienen las madres? Las madres vienen de donde viene la vida y la vida viene del Misterio. Las madres vienen del Misterio porque siempre están unidas al Misterio que da vida. En este sentido las madres no mueren nunca. Y, el Misterio tiene una madre. El Misterio se hizo carne humana en el seno de una mujer, en el seno de una madre.
El Misterio se encarnó. Se hizo parte de nuestro mundo. Se hizo uno que tiene una madre humana y todo lo que toca el Misterio se vuelve vida: fuente de vida eterna. Lo primero de este Mundo que tocó el Misterio encarnado fue el seno de una madre. Por eso las madres no pueden morir porque el Misterio crea la vida.
Cuando María de Nazaret terminó su misión en este mundo no dejó de ser madre, al contrario, su maternidad se expandió. Pasó a ser madre de la Iglesia que es la extensión del Misterio Encarnado de su Hijo. Y así pasa con nuestras madres, con las madres que han abierto las puertas al mundo a los hermanos y hermanas de Jesús. Las madres cuya maternidad se han vivido en Cristo, no solo no se mueren, sino que se convierten en más madres que nunca. Ahora su maternidad es parte de la maternidad de María, la madre de Dios. Ésta es nuestra fe; es la fe de la Iglesia y fue la fe de Doña Hilda y sigue siendo su fe ahora en la presencia del Resucitado.
Por eso, hoy no le damos un adiós permanente a Doña Hilda. Pedimos al Espíritu Santo que bendiga a sus hijos para que encuentren el consuelo salvador y sus lágrimas sean enjugadas. Doña Hilda tiene una forma nueva de maternidad, pero sigue siendo su madre, los sigue amando desde la eternidad porque el amor es mas fuerte que la muerte.
Doña Hilda comienza a vivir el sermón de la montaña desde el Tabor celestial.
Que su alma, junto con el alma de su amado y eterno esposo por la misericordia de Dios descansen en paz. Amen



