El Génesis nos presenta la gran promesa y alianza que Dios le hace a Abrahán, que su descendencia será “más numerosa que las estrellas del cielo o más abundante que las arenas del mal”.
En la Carta a los Filipenses, San Pablo nos adelanta lo que serán nuestros cuerpos, transformados por Jesucristo para que sean como su propio cuerpo, transfigurado.
El Santo Evangelio de San Lucas nos presenta su versión sobre la Transfiguración de Jesús, con un detalle que no aparece en los demás evangelios.
Segundo domingo de Cuaresma, el Domingo de la Transfiguración, debido a que éste es el evangelio que se proclama en este segundo domingo, que se cambia dependiendo del ciclo.
Algo que nunca enfatizamos demasiado es que la Cuaresma es el tiempo en que se preparan a los catecúmenos para su inminente bautismo en la Vigilia Pascual. Es por eso por lo que, a nivel litúrgico, las primeras lecturas de este tiempo nos presentan hitos de la historia de la salvación del Antiguo Testamento, a manera de un repaso catequético para los catecúmenos. Abrahán es nuestro Padre en la Fe puesto que fue el primer hombre al que Dios se le reveló. Por su fidelidad a Dios, Dios lo premia haciéndolo padre en dos vertientes. Primero, se le considera padre de los pueblos judíos, (Isaac/Jacob), persa (Isaac/Esaú) y árabe (Ismael). La segunda vertiente es que es el padre del judaísmo, del cristianismo y del islamismo, ya que estas tres religiones trazan su origen en Abrahán y su fe en el único Dios.
La Transfiguración es uno de los momentos más misteriosos de la vida de Jesucristo. Se trata de un raro momento en que Jesucristo se reapropia de su verdadera identidad de Dios, de la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, pero sólo en un instante y a la vista de solamente tres testigos. ¿Por qué? Esto tiene unas explicaciones. Jesucristo se transfigura ante los tres apóstoles de más confianza durante su travesía a Jerusalén hacia su Pasión; lo hace poco después de que le revelara a los Doce que Él iba morir en la Cruz. Esto lo hace para que, cuando lo vean transfigurado de otra forma, la forma de su cuerpo destrozado en la Cruz, los Apóstoles se llenaran de esperanza en ese momento de gran tribulación. Lo hace para indicarle a los Apóstoles que todos estamos llamados a ser transfigurados, pero, para eso, primero tenemos que estar dispuestos a tomar nuestra cruz, a seguir a Jesucristo y a pasar por todas las tribulaciones que nos depara la vida, tomados de la mano de Dios.
Esto es lo que implica San Pablo en la segunda lectura de hoy. Según le explica a los filipenses (una pequeña comunidad cristiana atribulada por la persecución contra ellos), “Él (Jesucristo) transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo.” Pero para que esto sea posible, nosotros tenemos que tener nuestras miras en Jesucristo y en su Cruz. La clave de esta dinámica está en el Santo Evangelio de hoy: San Lucas es el único evangelista que nos revela el contenido de la conversación entre Jesús, Moisés y Elías, su muerte en Jerusalén. De la misma manera que Jesús, para recapturar su gloria para siempre tenía que morir en la Cruz, nosotros tenemos que hacer lo mismo para ser transfigurados por Cristo.



