Aprendemos a que nuestro primer amor sea Jesús Sacramentado, pero olvidamos el camino seguro que nos lleva hacia Él: la Virgen Maria. El amor y la relación con la Virgen Maria es una especial, tierna y maternal. Es nuestra Madre del Cielo e intercesora por excelencia. La Elegida de Dios Padre para que a través de ella, naciera el Salvador del Mundo. Su presencia en la historia de la Iglesia Católica dicta un antes y un después creando un nuevo camino para el amor misericordioso y la salvación de todas las almas de sus hijos.
¿Qué hacemos cuando amamos a alguien con todas nuestras fuerzas? Nos apartamos un poco del ruido, le dedicamos más tiempo, buscamos cosas en común para compartir entre si, amamos incondicionalmente y nos entregamos voluntariamente a dicho amor. Es que cuando amamos voluntariamente, no es muy distinto a cuando nos consagramos a la Virgen María. ¿Es por eso que si meditamos este gesto, han pensado qué es consagrarnos y el regalo que esto significa en nuestras vidas?
La «Consagración» es la manera más pura de dedicar lo que sentimos puramente en nuestro corazón con un «fin sagrado». «Mariana» hace referencia por supuesto a la Santísima Virgen. Dicho esto, cuando unimos ambos conceptos se explica que la Consagración Mariana es el acto de confiar plenamente nuestras almas a María Santísima.
Es una nueva óptica en donde admiramos a María como nuestra Madre espiritual en donde le abrimos nuestro corazón de par en par pidiéndole su guía para crecer en santidad e intimar en nuestra relación con Él Señor.
Hay múltiples razones por las cuales consagrarnos a María Santísima es un regalo de Cielo. Por experiencia y testimonio puedo compartir que la unión espiritual que sentimos con ella es tan fuerte que María Santísima se convierte en nuestro nuevo pilar cotidiano. Ella constantemente nos sostiene amorosamente, inspirándonos a decir «sí» a la divina voluntad de Dios, independientemente de lo que nos espere cada día o de las circunstancias en las que nos encontremos.
Recuerden que la consagración mariana es consagrarse al mismo Jesús por María Santísima. No olvidemos rezar el Santo Rosario con devoción, ofrecer nuestros actos a Dios tal y como ella lo hacia, y reconciliarnos con nosotros mismos y el prójimo. La consagración nos invita a ser mejores personas en la sociedad pero también aumenta nuestro compromiso como laicos en la Iglesia a la cual pertenecemos.
El consagrarnos requiere dar pequeños pasos en nuestra vida a modo de disciplinar nuestro espíritu. Debemos prometernos ir haciendo tiernos cambios en nuestro corazón demostrando total confianza en Maria Santísima para así afrontar todos los desafíos y retos que nos tocado vivir en estos tiempos: ambientes tensos a nivel mundial, nuevas enfermedades, atentados contra el núcleo familiar, la lujuria empedernida del hombre y la falta de fe.
¡María nos ama incondicionalmente, tomemos un tiempo para meditar como nosotros como sus hijos podemos demostrarle nuestro amor eterno y gratitud! Actuemos como los niños pequeños cuando tienen miedo o sienten que están perdidos: acuden a su madre en busca de total protección.
Hagamos eco de las palabras del Papa Francisco: “Si queremos que el mundo cambie, primero deben cambiar nuestros corazones. […] Hoy, renovados por el perdón, llamemos también nosotros a la puerta de su corazón inmaculado” (Papa Francisco, 25 de marzo de 2022 en la Basílica Vaticana).



