No quiero se incomprensivo con algunos que, como último remedio de una relación atroz, llegan a la decisión del divorcio. Hay matrimonios que nunca debieron pactarse. La paciencia siempre se aconseja como arma en las dificultades, pero reconozco que la paciencia no puede ser eterna. Sobre todo, cuando se enfrentan situaciones en que la vida física peligra y voy a terminar en siquiatría. Me refiero más bien a ese que, ante dificultades verdaderas, incluso repetidas, busca como solución primera el salir corriendo. O el que afirma que en la guerra del matrimonio la mejor solución es darse a la fuga.

Deseo ser comprensivo con la fragilidad humana. Pero cuando uno ve que la solución a las dificultades siempre es correr como un cobarde, o cuando uno se reafirma en que la huida no soluciona, sino que agrava la situación, tengo que afirmar que el divorcio es un engaño. Me decía, uno: ‘Es como salir de la diabla Juana y acabo uniéndome a la diabla Luisa’. O al diablo Rafael. Es cambiar chinas por botellas. Es solucionar un problema complicándose con muchos otros.

En una de nuestros talleres de Renovación Conyugal confesaba una pareja: “Vinimos a este taller desde la sala del juez. Esperando turno nos convencimos de que con esa decisión no arreglábamos nada. Era un negocio perdidoso. Aquí nos dimos cuenta de que esa era la realidad”.

En el grupo de las parejas auxiliares, que son los que analizan sus situaciones ante el grupo, para que se solidaricen con sus luchas y sus soluciones, trabajan al menos tres en este momento que llegaron a un divorcio legal.  Firmaron la ruptura nupcial por “ruptura irreparable”.  Dando vueltas y tumbos se convencieron de que no habían solucionado nada; que no habían aplicado mejores soluciones. Y regresaron, gracias a Dios, a hablar más profundamente y buscar mejores herramientas.

Porque todo el que se divorcia ansía solucionar un problema.  Como el que dice, “si tu suegra te da problema ponle un ‘se vende’”.  Es el escapismo.  La cocina está caliente y me salgo de ella.  Pero quizás se te multipliquen problemas adicionales con los que no contabas.  Empezando con que ya tienes en tu cuenta un fracaso emocional.  Los sueños del noviazgo, la dulzura con que comenzó la relación, el desastre que acumulaste te perseguirá como un fantasma.  Como el que vive con antecedentes penales; se le daño el récord.  El divorcio conlleva el corte en dos de una economía que a lo mejor iba boyante; si hay negocios, se parte o se pierde; si había ahorros significativos te quedas con la mitad…  Y si hay hijos te comienza la triste tarea de que una pensión te persigue. Y si entras en otra relación es una persecución que ya afecta a dos.

Ni hablemos de si tienes varios hijos.  La disyuntiva es que te pasará como el que quiere cubrir primera y segunda en el béisbol.  Acaban jugando mal las dos. Si eres varón, la otra divorciada te recordará a cada rato lo que les pasa a tus hijos. Y si te casas de nuevo te cae la tarea de construir un nuevo hogar, pero dejando retazos en el otro.  Y eso te perseguirá por varios años.  Y si en el segundo matrimonio vienen hijos, la tarea se te multiplica.

No quiero sonar negativo.  Y reconozco también que algunos divorciados han podido sortear la tempestad con mejor éxito.  Pero te aporto el pensamiento para que pienses dos veces la decisión de terminar con todo.  Recuerda que la gallina vieja da mejor caldo.  Y a lo mejor la nueva que buscas es amarillenta y pellejúa. O pellejú.

 

P. Jorge Ambert, S.J.

Para El Visitante

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