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La profecía de Isaías en la 1ra lectura, es la más conocida e importante que este profeta ha proferido. EL MESIAS es el Emmanuel, el Dios con nosotros.

San Pablo, al comenzar su carta a los Romanos, les explica que viene a presentar al Mesías, nacido del linaje de David, pero prometido a todos los pueblos de la tierra.

En este domingo que dedicamos a María, el Ciclo A se le dedica a San José, puesto que Mateo se concentra más en la figura del Gran Patriarca.

La hermosa profecía de la 1ra lectura de hoy es conocida por todos nosotros.  Originalmente Isaías se refería al hijo del rey Acaz, Ezequías, y el texto original decía: “la doncella dará a luz un  hijo y le pondrá por nombre Emmanuel”. Pero quiso el Espíritu Santo que en la traducción del hebreo al griego, el texto griego cambiara la palabra doncella por partenós-virgen. Este texto fue el que utilizó San Mateo para citarlo, para establecer que la Madre del Mesías sería virgen, implicando que el padre del Niño que estaba por nacer no era otro que Dios Padre, y por tanto el Niño sería Dios Hijo. El Mesías por tanto, tendría el poder no solamente de salvar al pueblo de Israel, sino salvar también a todas las naciones de la tierra.

San Pablo llega a una comunidad cristiana pequeña pero heterogénea, compuesta de gente de todas las partes del Imperio Romano, en medio de la gran capital. Pablo les quiere asegurar que, aunque el Mesías era judío, de sangre real puesto que era descendiente de David, venía para salvar a todos los pueblos de la tierra, o sea, a todos lo cristianos que habitaban Roma y el mundo entero, para que los cristianos se alegrasen.

A veces pintamos a San José tan humilde y bueno que le quitamos su hombría.  San José era humilde, pero con su orgullo propio, uno normal y saludable. Siendo un hombre rudo, carpintero, no era que se convenciera facilmente. Es por eso que, cuando María le sale con que el Niño era Hijo de Dios, naturalmente no le cree. Es ahí donde José entra en la gran prueba de Dios, para ver si era digno se ser el padre adoptivo del Hijo de Dios. La gran prueba sería la misericordia.

Según la ley, San José tenía todo el derecho de acusar a María tanto de blasfema, como de adúltera. La pena por ambos delitos era la muerte por lapidación. Pero José, que no creía que ese Hijo era de Dios, prefirió repudiar a María en silencio, para que ni ella ni el Niño murieran, a riesgo de que la gente lo considerara como un cobarde. Por eso, DESPUÉS de haber tomado la decisión, Dios lo visita en sueños a través del Ángel para decirle que efectivamente el Niño era Hijo de Dios y que tendría el honor de ponerle por nombre Jesús, el nombre que salva.

Padre Rafael Méndez Hernández, Ph.D.

Para El Visitante 

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