El Evangelio de hoy nos abre una ventana al corazón de Cristo. Dice el texto que Jesús, al ver a la multitud, se compadecía de ella, porque estaban “como ovejas sin pastor”. No es una mirada superficial. Es una mirada que toca, que duele, que ama. Ahí comienza toda vocación. Ahí nace toda misión. En un corazón que se deja tocar por la realidad.
Jesús no pasa de largo, tiene un corazón que ve y se conmueve. No se acostumbra al sufrimiento. No se vuelve indiferente. Su mirada es compasiva, es decir, padece con el otro. Hoy también hay multitudes:jóvenes desorientados, familias heridas, corazones cansados y apagados. Y la pregunta no es solo: ¿qué vemos? La pregunta es: ¿qué sentimos al ver? Un corazón encendido no se acostumbra al dolor… se deja afectar.
Ante la necesidad, Jesús no empieza organizando estructuras… empieza enseñando a orar: “Rueguen al dueño de la finca que envíe trabajadores”.Esto es clave para nuestra Etapa de la Oración: La misión nace de la oración. No hay envío sin súplica. No hay fecundidad sin intimidad con Dios. Porque: Antes de ir… hay que arrodillarse. Antes de hablar… hay que escuchar.
Jesús no solo ve… llama. Y no llama a perfectos… llama a disponibles.Los discípulos son enviados con una misión clara: anunciar el Reino, sanar, liberar, levantar. Esto también es para nosotros. Por el Bautismo todos somos discípulos misioneros. No hay cristiano sin misión. La vocación no es para guardarla… es para entregarla. Jesús da una consigna que rompe toda lógica mundana: “Gratis lo recibieron, denlo gratis”. La misión no es negocio. La fe no se cobra. El amor no se administra… se entrega. Un corazón encendido no calcula, no negocia, no retiene… Se convierte en don.
Hoy el Señor nos invita a tres decisiones concretas: Volver a la oración
Recuperar el silencio, la adoración, la escucha. ¿Te animas?



