Pienso que es tema obligado. Los sentidos se nos entumecen. La incidencia de la violencia es de todos los días. De un tipo u otro. Abuso contra la mujer, contra menores; peleas de amoríos, desacuerdos conyugales; los tiroteos y masacres, las muertes inocentes en manos del odio, rencor, venganza, prejuicio racial; desacuerdos con rabia, corajes de furia incontrolable…, la letanía de posibles situaciones que dan cauce a la violencia parecen interminables. Lo doloroso y trágico es que nos sentimos tan indefensos, tan incapaces de controlar la violencia. ¡En nosotros y en los demás!

Desde la inhabilidad de explicar o entender el fenómeno, algunos predicadores de la Palabra aprovechan el incidente violento acontecido, para sacudir la conciencia de los creyentes. La meta es motivar a mayor fe, más constancia en la asistencia al templo, asustar para adquirir seguidores. ¡No es difícil explotar el momento y hacer una “colecta especial”! Habrá también algunos políticos o aspirantes a puestos públicos, que se valen del momento para acusar a modo simplista, a los gobernantes actuales. Estrategias tan antiguas como en los tiempos de nuestros ancestros griegos.

Los que somos creyentes, podemos reflexionar un poco sobre este tema. Sería revisar todo el proceso del desarrollo humano en el plan de la creación. Estamos moralmente impedidos por razón del pecado de los orígenes. El inicio de la violencia se remonta a nuestro pariente Caín quien, por envidia, mata a su propio hermano Abel. El relato bíblico muestra toda una evolución de la violencia cuando después del incidente fratricida, (Génesis 4, 8), Lamec, descendiente de Henoc, hijo de Caín, decreta que la muerte será el precio de cualquiera que lo golpee o lo hiera (Gen. 4, 23-24). Continúa entonces, todo un relato del pecado de la humanidad en crescendo, que motiva al Creador a causar el diluvio universal, (Gen. 7 y 8). De ahí, la narración de Génesis 11, que nos ofrece el incidente de la Torre de Babel, resultado de una ambición de poder, que es la raíz y causa de todo pecado.

Tendríamos aquí que señalar que tratar de hablar de lo complejo de la violencia, sus causas y consecuencias, sería un simplismo enorme.   Limitémonos pues, a un análisis sencillo desde lo que conocemos del comportamiento humano.

Todos vivimos, desde el amanecer hasta la caída del sol, con unas expectativas. Ya, en nuestra experiencia, hemos construido un concepto de lo que debe de ser la vida, tal y cómo la conocemos. Es la cultura particular de cada quien, la cual determina y moldea la lógica y razonabilidad de ese arquetipo mental. Desde los patrones culturales aprendidos, los géneros femenino y masculino, tienen sus roles claramente definidos. La organización de la familia sigue unas líneas de comportamiento que influyen en todo intercambio humano. La interacción social, aculturada con cierta predicción, impone expectativas injustas sobre los de otra cultura. La conciencia colectiva se acumula de acuerdo a lo conocido y acostumbrado. De ahí, el origen de la mayoría de los conflictos.

Poniendo en contexto esa verdad mencionada, en la experiencia de cualquier grupo humano, se podrían notar diferentes reacciones. Es cuando se dan entonces, los posibles malos entendidos y problemas en el matrimonio, familia, grupo social, lugar de trabajo o grupo parroquial, especialmente en el aspecto del choque cultural. A eso es lo que se le llama “expectativas injustas o irreales”.

El sentimiento que surge a modo espontaneo, después de una expectativa no realizada, es la frustración. Pero esa emoción es mental, interna. Lo que sí, se manifiesta desde la frustración, y esto es algo físico, es una ansiedad y nerviosismo que son notables por la excitación del comportamiento. Se acumula energía en el cuerpo, tan real como cuando se agita una lata de gaseosa. Se acelera el palpitar del corazón, la sangre circula con mayor rapidez, al cerebro le falta oxígeno y no se razona adecuadamente. El resultado, en un momento de furia, es una erupción abrupta que le llamamos violencia.

Ahora bien, existen varias modalidades. La más dramática es la violencia física: una bofetada, un puño, una patada, una bala, un cuchillo, machete,… el propósito es herir, causar daño. Otra posibilidad bastante común, es la violencia verbal, la del insulto, la discusión agitada, la palabra soez, la humillación. Esta puede ser más hiriente que un golpe físico. La tercera posibilidad, que parece ser la más común, es la violencia no verbal, la del encerramiento personal, el enojo, el silencio de la no comunicación, el ignorar al otro. Esta va usualmente acompañada, un poco más tarde, por la crítica. Se busca desahogo en dañar, maltratar la reputación del que ofendió. Triste admitirlo, pero esta última es la que más abunda en las familias y grupos de la Iglesia.

Nos escandalizan las matanzas en masa. Las lloramos y las lamentamos. Pero poco hacemos, a modo personal, para lograr ser instrumentos de paz.

 

“Señor, hazme un instrumento de tu paz:

allí donde haya odio, que yo ponga el amor,

allí donde haya ofensa, que yo ponga el perdón;

allí donde haya discordia, que yo ponga la unión;

allí donde haya error, que yo ponga la verdad;

allí donde haya duda, que yo ponga la fe;

allí donde haya desesperación, que yo ponga la esperanza;

allí donde haya tinieblas, que yo ponga la luz;

allí donde haya tristeza, que yo ponga alegría.” (San Francisco de Asís)

(Domingo Rodríguez Zambrana, S.T.)

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