Hay una muy alta probabilidad de que alguna vez nos hayamos preguntado qué tiene que ver la Navidad con el Bautismo del Señor. Se trata de dos escenarios muy distintos y hasta contrastantes. En primer lugar el Niño Jesús creció repentinamente: pasó súbitamente de ser un bebé a ser un adulto de unos 30 años (Cf. Lc 3, 23). En segundo lugar, ya no temenos el tradicional establo, ni el pesebre, ni la mula con el inseparable buey, sino el río Jordán (Cf. Lc 3, 3; Jn 1, 28). Ya no temenos ni a los pastorcitos y a los magos orientales, sino a San Juan Bautista rodeado de muchas personas que venían a escucharlo y a hacerse bautizar por él. ¿Qué tiene que ver el nacimiento de Jesús en Belén con su bautismo en el Jordán?
Hya que aclarar dos cosas fundamentales: la Navidad no es la celebración de un acontecimiento cronológico, sino de un misterio. No estamos celebrando el “cumpleaños” de Jesús, sino el misterio de su encarnación en el vientre de la Virgen María (Cf. Gal 4, 4-5), por la cual nosotros contemplamos su gloria (Cf. Jn 1, 14). El Hijo del Padre Eterno, siendo de condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios. Al contrario, se anonadó a sí mismo, y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos (Fil 2, 6-7a). El Hijo de Dios asumió nuestra condición humana y experimentó las mismas pruebas que nosotros, a excepción del pecado (Hb 4, 15). Gran misterio el del la encarnación: El Creador del género humano, tomando cuerpo y alma, nace de una Virgen y, hecho hombre sin concurso de varón, nos hace participar de su divinidad (Antífona de las Primeras y Segundas Vísperas de la Solemnidad de Santa Maria Madre de Dios).
Por otro lado, hay que subrayar que la Encarnación del Verbo fue por nosotros: hemos sido hecho partícipes de este misterio. La Iglesia celebra la Navidad y honra la Natividad del Hijo de Dios y de María, pero la misma se ha hecho realidad en nosotros, y ello es motivo de celebración. Jesús quiso nacer de María, y quiere nacer en nosotros, cosa que ya ocurrió sacramentalmente por el Bautismo. Por este primer sacramento hemos sido hechos partícipes de la Natividad de Jesús al convertirnos en verdaderos Hijos de Dios por medio de Cristo, por adopción. Dios Padre nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad (Ef 1, 5). El Bautismo es un sacramento “navideño”, pues por medio de él la Navidad se hace realidad en nosotros. Por el Bautismo somos hijos de Dios Padre y de María; somos miembros del Cuerpo de Cristo (la Iglesia), nacido de María, Madre de Cristo y de su Iglesia; somos templos del Espíritu Santo, que es el Espíritu de Cristo, Espíritu que habita en María. Por el Bautismo somos “nacimientos” ambulantes. Dios Padre nos reconoce como hijos porque ve en nosotros a su Hijo. Lo mismo María, quien reconoce a su Jesús presente en nosotros. Somos parte del misterio de la Navidad-Encarnación por el Bautismo.
Con la celebración de la Natividad del Señor celebramos al Hijo de Dios que se hizo hombre; por la celebración del Bautismo del Señor celebramos al hombre que se hace Hijo de Dios. La fiesta del Bautismo de Jesús el el cierre perfecto del tiempo de Navidad, pues nos invita a recordar esta realidad sacramental y a asumirla en nuestra vida, representada por el Tiempo “Durante el Año” (u Ordinario) que comienza el día siguiente. El Bautismo del Señor en el río Jordán nos invita, en el contexto navideño, a prolongar la Navidad en el diario vivir, ya sin guirnaldas, arbolitos, nacimientos o lucecitas. Por el sacramento del Bautismo hemos de ser “nacimientos ambulantes” en el hogar, en el trabajo, en las tiendas, en las plazas… La Navidad litúrgica finaliza en con la fiesta del Bautismo del Señor, pero la Navidad “cotidiana” permanece, aunque encajonemos todos los adornos. Seguimos siendo Hijos de Dios; seguimos siendo Cuerpo de Cristo-Iglesia; seguimos siendo Templos del Espiritu Santo. Hemos de escuchar la voz del Padre, quien manifesto a su Hijo diciendo: Este es mi Hijo amado, mi predilecto (Mt 3, 17; Mc 1, 11; Lc 3, 22). Esta fiesta es un envío misionero para ser testigos de una Navidad permanente.
Hemos celebrado una Navidad Jubilar, pues estamos iniciando el Jubileo del 2025, Jubileo de la Esperanza. Demos gracias al Señor por la Navidad Jubilar, y pidámosle, por la intercesión de su Madre Purísima, la gracia de prolongar la misma es este Jubileo, siendo testigos de la Esperanza, siendo “nacimientos ambulantes”.



