El Domingo de la Palabra de Dios es una iniciativa profundamente pastoral con la que el Papa Francisco quiere hacer comprender cuán importante es en la vida cotidiana de la Iglesia y de nuestras comunidades la referencia a la Palabra de Dios, una Palabra no encerrada en un libro, sino que permanece siempre viva y se hace signo concreto y tangible.
El lema elegido por el Santo Padre dentro del Año Jubilar, es un versículo del Salmo 119, “Espero en tu Palabra” (Sal 119,74). Se trata de un grito de esperanza: el hombre, en el momento de angustia, de la tribulación, del sin sentido, grita a Dios y pone toda su esperanza en Él.
Todos esperan, todos nosotros tenemos esperanzas, pero lo que se nos comunica en este Jubileo es “la Esperanza”, en singular. No se trata de una idea abstracta o de un optimismo ingenuo, sino de una persona, viva y presente en la vida de cada uno: Cristo crucificado y resucitado, el único que no nos abandona nunca.
San Pablo lo expresa claramente: “Cristo Jesús, nuestra esperanza” (1Tim 1,1). Esta es una certeza que se pone en nuestro camino. En ella debemos crecer sin quitar nunca la mirada de la fidelidad de Dios: “Mantengamos firme la confesión de la esperanza, pues fiel es el autor de la Promesa” (Heb 10,23). El hecho de que Dios es fiel a sus promesas vuelve como un estribillo del Antiguo Testamento al Nuevo Testamento y por esto podemos estar llenos de alegría y confianza. Teniendo certeza del cumplimiento de la promesa, la esperanza cristiana “no defrauda”, porque nos es dada por la presencia eficaz del Espíritu Santo (cfr. Rm 5,5). Por eso podemos esperar en su Palabra. Lo entendió bien el apóstol Pedro, cuando afirmó “en tu palabra, echaré las redes” (Lc 5,5), que quiere decir: “confío en ti”. La esperanza que brota de esta Palabra surge de la seguridad de la fe y nos encomienda al amor de Dios, que nunca se contradice a sí mismo ni a la promesa hecha.
El Domingo de la Palabra de Dios nos permite una vez más a los cristianos reforzar la invitación tenaz de Jesús a escuchar y custodiar su Palabra para ofrecer al mundo un testimonio de esperanza que consienta ir más allá de las dificultades del momento presente. ¡Animo! Vivamos este año jubilar con alegría porque: ¡Cristo, es nuestra esperanza y la esperanza no defrauda!



