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Un viejo artículo del fenecido sacerdote-escritor Martín Descalzo me lleva a preguntar si no se aplica también a nuestra realidad puertorriqueña lo que él apunta. La afirmación inicial todos la aceptamos: vivimos un desmadre. Es palabra gráfica -típicamente española- que abarca como sinónimos el revoltijo de cosas, el descuadre de la realidad social. Es la imagen del río que se sale de madre, del cauce; es lo que el mal hablado le insinúa al otro cuando le grita: ¡No tienes madre!

El desmadre boricua todos lo acusamos. Ya cansa el oir tantas visiones apocalípticas que lo lamentan y profieren amenazas, las estadísticas sociales que lo encuadran científicamente y la politiquería que lo aprovecha a su favor o en contra. Por eso las estadísticas de periódicos nos alarman y el país se arma o se arrincona inerme, porque “esto está de madre”. Otros, en cambio, filosofan: “Lo bueno de esto es lo malo que se está poniendo”.

El desmadre refleja la ausencia del elemento estabilizador que contiene la presencia maternal.  De ella salen los primeros y profundos amores, de ella la aceptación y el mimo, tan necesarios para la plantita tierna de la personalidad. El huérfano tiene que substituir (como quien dice “con genéricos”) el producto de marca. Como el niño que se cría con Similac y no con la poderosa fuente vital de la leche materna. La madre se considera un elemento tan integrador que alegra, en la religión, el papel de María como Madre y ejemplo de los redimidos por el único Mediador Jesús.

Hay un desmadre. ¿Y no será porque antes ha habido un despadre? Según la teoría, la falta de la presencia poderosa del padre en el hogar, o su minusvaloración, es una de las grandes causas de esa enorme soledad que tantos viven en el mundo. Y perdemos al padre, cuando este aparece ante los hijos como persona contradictoria (dice y no hace), como fleje sin verticalidad en sus criterios, como mero proveedor que trae un cheque y desaparece para sus cosas de hombre.  Entonces, ni los jóvenes creen en sus padres, ni estos tienen el coraje de serlo en plenitud.  Perdemos al padre, cuando este acentúa su ausencia física (no se le encuentra ni en los centros espiritistas), o peor, su ausencia vital (no está presente para las decisiones, ni para enfrentar los sucesos).  Es el padre del billar y de la barra hasta las tantas”.  ¡Con un seguro de viernes social!

Alguien hablaba de Puerto Rico como el país de los cuatro pisos. Pero muchos hogares son países de solo dos pisos. Uno, las cosas que le tocan a la madre; otro, la esfera de acción del padre. Con la pena de que el piso del padre más bien se ha convertido en mirador o buhardilla.  Porque la madre es la que presenta la cara para casi todo. Del padre se puede filmar una telenovela titulada: “El gran ausente”. Para que se la disputen el canal 2 ó el 4.

Por contradicción, se convierte así una sociedad latina, supuestamente machista, en una sociedad realmente matriarcal. Es la mujer la que administra, la que habla por el hijo en la escuela, arregla el pleito con el vecino, lleva los hijos a la Iglesia, conversa con ellos sobre sus amistades y peripecias, tramita los cupones o el préstamo, ¡y hasta carga sola con el método de planificación familiar! El varón cumple con sus ocho horas de trabajo para traer a casa el cheque (si lo trae entero) y compartir el lecho conyugal para fecundar, como el zángano de la colmena.  

Martín Descalzo encontraba en la figura del Papa Juan Pablo II características esenciales de paternidad: “Figura extraordinariamente masculina, una profunda impresión de energía y responsabilidad, una carga confortadora de certezas, un hondo sentido de su misión de pastor, una garantía de que cree aquello que dice y de que está dispuesto a entregar su vida por el servicio a eso que cree”.  Para los que han recibido la paternidad por la vía biológica, ¡a evaluarse tocan! Para acabar con nuestro desmadre, breguemos también contra el despadre.

Padre Jorge Ambert, SJ

Para El Visitante