La vida y la salud física son bienes preciosos confiados por Dios. Debemos cuidar de ellos racionalmente teniendo en cuenta las necesidades de los demás y el bien común. (CIC 2288) La salud guarda estrecha relación con la dignidad humana, es un derecho primario y respalda el bien común. No obstante, es bien sabido que el tema de la salud, con toda su amplitud, enfrenta hace años una gran crisis.
La Iglesia no abandona la lucha, y sigue saliendo al paso de los enfermos y necesitados manteniendo llameante la caridad que ha sido, es, y seguirá siendo la expresión central del evangelio de Jesucristo. Lo hace con valor, discreción y con grandes dificultades, pero no es opción dejar de hacerlo.
Así nos lo recordó Sor Consuelo Gómez Luna, una Hija de la Caridad de San Vicente de Paúl que nos recibió a media mañana un día normal de trabajo, con su delantal a cuadros rosado, una sonrisa serena y una mirada colmada de ternura, en el Centro Geriátrico San Rafael del pueblo de Arecibo.
Sor Consuelo es mexicana, tiene 56 años y 32 de consagración, 23 de los cuales ha pasado en Puerto Rico realizando diversos servicios en varios municipios.
Su encomienda más reciente, y la que realiza hace dos años, ha sido la dirección del Asilo San Rafael, una obra sin fines de lucro que este año celebra 100 años de servicio ininterrumpido a la comunidad proveyendo a los envejecientes y desamparados un cuidado integral.
“Salud y cuidado van a la par porque la salud requiere cuidados, y el buen cuidado aporta grandemente al mejoramiento de la salud”, dijo Sor Consuelo en entrevista con El Visitante,
extendiendo la importancia de ambos elementos, no sólo a los enfermos, sino a los cuidadores que necesitan estar bien para poder asistirles.
Asimismo, manifestó que cada vez es más evidente la decadencia en la salud y el cuidado en Puerto Rico, tanto a nivel de profesionales, de voluntarios, de recursos y acceso a los servicios. Aunque reconoce que hay varios factores que influyen en esta realidad, destacó el movimiento migratorio de puertorriqueños y, por otra parte, la crisis familiar con el bajo nivel de natalidad. Según Sor Consuelo, la familia es el lugar primario donde se debe enseñar los valores, el amor y
el cuidado por los demás, pero también de donde deberán salir los que en el futuro optarán por
dedicarse al campo de la salud y los que quieran consagrar su vida al servicio de los más frágiles
y vulnerables.
En ese sentido, recordó que todos estamos en este mundo para “ayudar en el proyecto de Dios” con los distintos modos en que podemos realizar esa misión.
Con los ancianos, el ingrediente principal es el mismo que necesitan las personas de otras edades: el amor. Sin caridad, cualquier servicio es frío y hueco. Eso fue lo que Sor Consuelo indicó como base del cuidado y garantía de “un servicio de calidad” que debe incluir, entre otras cosas, “la buena atención, dedicar el tiempo que cada uno necesita, tener paciencia y que
ninguno esté por encima de nadie”. A este respecto dijo que los cuidadores deben comprender el
estado de salud del que convalece, su situación particular, la edad con todo lo que eso implica a
nivel físico, emocional y espiritual.
Además, recalcó que es importante la compañía y la cercanía, para que “nunca nadie se sienta solo”.
Así le vimos a ella entre los residentes del asilo, pero también a otras hermanas y empleados que cuidan con atención y delicadeza a los ancianos, incluso cuando ellos parecieran no percibir la presencia del cuidador.
Parte del cuidado, según Sor Consuelo, son las cosas sencillas y pequeñas: mirarles, cantar con ellos, nombrarles por su nombre que es siempre signo de identidad y dignidad, la limpieza, el modo en que se disponen las distintas áreas del centro en las que conviven.
Sor Consuelo insistió, asimismo, en que es un servicio hermoso y lleno de lecciones el que lleva al encuentro del ser humano en desnuda vulnerabilidad y fragilidad. “A mí, por ejemplo, el contacto con el anciano me interpela en la forma de vivir, me recuerda que todos vamos a llegar a eso. Los miro y pienso cómo habrá sido esa persona en su juventud, y de alguna manera me descubre la vanidad y la arrogancia”, comentó reflexiva, y añadió que es importante considerar en qué ponemos la vida, y en qué ocupamos el tiempo y las energías.
Sor Consuelo aseguró, por otra parte, que, para poder entregarse a los enfermos y necesitados, para ella es indispensable la oración y la vida comunitaria.
“En la oración recibo lo que necesito y lo que debo dar a los residentes del centro y a los empleados”, expresó convencida, “pero también es importante el tiempo con mis hermanas de comunidad, porque nos apoyamos y nos damos cuenta de que nos necesitamos unos a otros”, añadió.
De esta manera, apoyados en Dios, los servicios de salud y la acción pastoral podrán ser cada vez más auténticos, más humanos y fecundos.

Cuidar con bien al otro, una manifestación de caridad
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