“¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!” 

En la Parroquia Sagrado Corazón de Jesús, en University Gardens, la Arquidiócesis de San Juan de Puerto Rico vivió una jornada de profunda alegría y esperanza con la ordenación sacerdotal del diácono Jaime Arnaldo Maldonado Nieves. La celebración, presidida por el Arzobispo Metropolitano, Mons. Roberto O. González Nieves, O.F.M., reunió a fieles, familiares, amigos, sacerdotes y diáconos permanentes que colmaron el templo para acompañar este momento de gracia. 

Junto al Arzobispo estuvieron presentes el Obispo Luis F. Miranda, de la Diócesis de Fajardo-Humacao; Mons. Faustino Burgos, de la Diócesis de Baní, República Dominicana; y Mons. Tomás G. González, Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de San Juan, además de numerosos sacerdotes del presbiterio arquidiocesano y diáconos permanentes que participaron en la solemne liturgia. 

El rito: entrega total y confianza 

Tras la proclamación del Evangelio, comenzó el rito propio de la ordenación presbiteral. El candidato fue presentado ante el Arzobispo y el Pueblo de Dios, confirmándose que había sido considerado digno para el ministerio. Luego, el diácono Jaime expresó públicamente su propósito de ejercer el sacerdocio como fiel colaborador del orden episcopal, anunciando el Evangelio y celebrando los misterios de Cristo. 

Uno de los momentos más intensos fue la postración. Mientras la asamblea entonaba las letanías de los santos, el candidato se tendió rostro en tierra, signo elocuente de humildad, abandono y total confianza en la gracia de Dios. La Iglesia peregrina invocaba la intercesión de la Iglesia celestial para quien estaba a punto de ser configurado sacramentalmente con Cristo Sacerdote. 

Siguió la imposición de manos, gesto central del sacramento del Orden. En silencio, el Arzobispo impuso las manos sobre la cabeza del candidato, seguido por todos los sacerdotes presentes, manifestando así la comunión del presbiterio y la continuidad apostólica. La oración consecratoria selló ese momento, invocando al Espíritu Santo para que el elegido fuera constituido verdadero sacerdote del Nuevo Testamento. 

Otro instante cargado de simbolismo fue la unción de las manos con el santo crisma. El Arzobispo ungió las palmas del nuevo presbítero, consagrándolas para que ofrezcan el Sacrificio Eucarístico y bendigan al Pueblo de Dios. Luego recibió la patena y el cáliz, signos del ministerio que comenzaba. 

La homilía: un llamado exigente y gozoso 

En su homilía, Mons. Roberto González Nieves enmarcó la celebración en una profunda actitud de oración, evocando el Salmo 88: “Señor, Dios mío, de día pido auxilio, de noche grito en tu presencia”. Recordó que el sacerdocio solo puede sostenerse desde la dependencia absoluta de Dios. 

Inspirado en el profeta Jeremías “No tengas miedo, que yo estoy contigo” exhortó al nuevo sacerdote a confiar en la Providencia Divina. Pero fue la cita de san Pablo la que marcó el tono central del mensaje: “Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. ¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!”. 

El Arzobispo subrayó que el sacerdocio no es un honor humano, sino una misión. Invitó al Padre Jaime a leer y meditar la Palabra de Dios asiduamente, a creer lo que proclama y a vivir lo que enseña, recordando que “la boca habla de lo que abunda en el corazón”. El testimonio —dijo— es lo que da credibilidad a la predicación. 

Asimismo, destacó la centralidad de la Eucaristía, exhortándolo a celebrar cada Misa con profunda devoción, consciente de que en el altar se actualiza el sacrificio redentor de Cristo. Hizo especial énfasis en el sacramento de la Reconciliación, recordando que el confesionario es lugar de misericordia y no de condena, pues Dios es compasivo y nunca se cansa de perdonar. 

El sacerdote, añadió, está llamado a ser “orante” de la comunidad, voz del Pueblo de Dios mediante la Liturgia de las Horas, y servidor de los pobres y marginados, promoviendo la unidad en la Iglesia y en la sociedad. 

El abrazo y la primera Eucaristía 

Concluido el rito, ya revestido con la estola y la casulla sacerdotal, el nuevo presbítero recibió el abrazo fraterno del Arzobispo y de los sacerdotes presentes. Particularmente emotivo fue el momento en que, tras la ordenación, pudo abrazar a su familia, 

Acto seguido, el Padre Jaime se unió al Arzobispo en el altar para concelebrar por primera vez la Santa Misa como sacerdote. Desde ese instante, participaba plenamente en la ofrenda eucarística, ofreciendo el sacrificio en nombre de la Iglesia. 

Signo de esperanza 

La ordenación del Padre Jaime Maldonado se convierte así en un signo de esperanza para la Iglesia en Puerto Rico. En tiempos en que resuena con fuerza la palabra del Señor “La mies es mucha, pero los obreros son pocos” la Arquidiócesis de San Juan celebra que un nuevo sacerdote ha respondido generosamente al llamado. 

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