Con motivo de la fiesta por Pascua de Resurrección los Obispos que componen la Provincia
Eclesiástica de Puerto Rico enviaron un mensaje al pueblo santo de Dios por el acontecimiento
más importante de la Iglesia Católica.

Mons. Roberto O. González Nieves, ofm
Arzobispo Metropolitano de San Juan de Puerto Rico
Tuve la bendición de conocer al Papa Francisco. Bastante bien. Lo conocí en el año 1997, antes de que fuera elegido Papa, que fue en el 2013. Yo lo conocí en el año 1997 en un sínodo en Roma y durante ese sínodo, que duró un mes, dos semanas estuvimos en grupos pequeños, y me tocó el grupo pequeño donde estaba el Bergoglio, en aquel momento era el arzobispo coadjutor de Buenos Aires. Entonces pude llegar a conocerlo relativamente bien. Era un hombre muy serio. Ahora después de haber sido elegido Papa se transformó en un hombre muy sonriente, de bromas, sobre todo en privado.
Me acuerdo de que al final de esas dos semanas pasé una hoja para que los obispos pusieran su nombre y dirección, para enviarles una tarjeta de Navidad. El único que me respondió fue Bergoglio, con una tarjeta de Navidad muy bonita, con un mensaje personal. Es decir, era un hombre de detalles. Un hombre muy sensible, de un gran sentido de acompañamiento.
En Puerto Rico nombró a casi todos los obispos. En ese sentido, pues su presencia perdura a través de los obispos que nombró en Puerto Rico. Recuerdo que cuando los obispos puertorriqueños estuvimos con él, creo que fue en 2015, se le cantó Mi Viejo San Juan, y él se unió al canto. Conocía esa canción casi como el himno nacional de Puerto Rico, y vibró con los sentimientos nuestros. Es un momento triste, es un momento histórico, es un momento para dar gracias a Dios por un Papa nacidito extraordinario y que ha comenzado un nuevo capítulo en la historia de la Iglesia.

Padre Obispo Rubén A. González Medina, cmf
Obispo de la Diócesis de Ponce
Llenos siempre de esperanza, cálidos y con preguntas puntuales
Mis encuentros con el Papa Francisco no fueron largos ni rodeados de protocolos. Pero en cada uno de ellos hubo algo que dejó huella: una sonrisa que parecía conocerme, una mirada directa que hablaba más que muchas palabras, y esas breves frases —a veces preguntas, a veces comentarios— que daban en el centro del corazón.
Recuerdo la primera vez: un saludo breve, un apretón de manos, y su pregunta directa: “¿Y tú, en qué estás sirviendo a la Iglesia?” Me descolocó y me animó al mismo tiempo. No fue una curiosidad superficial; sentí que quería escuchar algo verdadero. Respondí con lo que el corazón me permitió, y él solo asintió con una sonrisa que llevaba Evangelio.
En otro encuentro, apenas unos segundos, bastó un “¡ánimo!” dicho con convicción para renovar semanas de cansancio pastoral. No hay prisa en su voz, aunque el tiempo sea breve. Su cercanía no viene solo de las palabras, sino del modo en que está presente, como si solo tú existieras en ese momento.
El más reciente fue el pasado mes de octubre, durante el Sínodo. Un momento único, no solo por el contexto eclesial, sino por la oportunidad de vivir, de primera mano, la Iglesia en discernimiento y comunión. Al verlo entrar al aula sinodal, tan frágil físicamente y a la vez tan firme en su propósito, sentí que su sola presencia era un mensaje: “Estamos aquí para escucharnos, para caminar juntos”.
Así fueron mis encuentros con el Papa Francisco: humanos, pastorales, profundamente espirituales. No espectaculares, pero profundamente humanos. Un saludo, una mirada, una palabra… que me recordaron que el corazón de la Iglesia late cuando nos encontramos de verdad, sin máscaras, como hermanos.

Mons. Alberto Arturo Figueroa Morales
Obispo de la Diócesis de Arecibo
Mi experiencia personal con el papa Francisco.
Recuerdo con gratitud y profunda emoción los dos encuentros que tuve con nuestro querido papa Francisco. El primero fue en el curso que ofrece la Santa Sede para los nuevos obispos. Allí pudimos tener una audiencia privada con el papa. Éramos ciento cincuenta, venidos del mundo entero y de múltiples ritos e idiomas. El papa nos habló una hora larga, espontáneamente, llevaba un discurso que al final no leyó, y contestó a las preguntas que se le hicieron, algunas incómodas, con una gran sinceridad y desde su corazón de padre. Ya mostraba algunos problemas de movilidad, pero su entusiasmo y la claridad de su mente eran asombrosos. Era reconfortante ver la Iglesia en manos de un Pastor lleno de tanta compasión y al mismo tiempo con un gran temple y entusiasmo, que derrochaba simpatía y cercanía, esa cualidad que tanto recomendaba a todos.
Al final del encuentro, al saludarlo me dirigió unas palabras personales que me reservo, pero, que me dieron una gran serenidad en momentos en que ya sabía que sería nombrado obispo de Arecibo en pocas semanas. Pude volver a verlo de cerca con motivo de una peregrinación a Roma tras la Jornada Mundial de la Juventud en Lisboa. Los obispos presentes ese día en el aula Pablo VI fuimos invitados a pasar a saludarlo personalmente. Cuando le estreché la mano, tomó la mía entre las suyas y mirándome a los ojos me preguntó por la Diócesis, demostrándome el enorme interés y cariño que nos tenía a pesar de ser una jurisdicción pequeña entre tantas que hay en la Iglesia Católica. Muchos de los presentes no dejaron de notar con sorpresa aquel diálogo que se prolongaba más allá de un saludo protocolar. No olvidaré nunca aquel cálido apretón de manos y aquellas palabras afectuosas del sucesor de Pedro. Su fallecimiento es un momento triste para el mundo, para la Iglesia y para mí personalmente. ¡Descansa en paz en las manos de la Virgen!

Mons. Eusebio Ramos Morales
Obispo de la Diócesis de Caguas
Extractos de su homilía del martes 22 de abril en la Catedral Dulce Nombre de Jesús.
Cuando el Papa Francisco habla de la Iglesia como Pueblo de Dios, nos está recordando una verdad fundamental: todos somos parte de ese pueblo, iguales en dignidad, diferentes en funciones, pero unidos en la fe. La Iglesia es una comunidad convocada por el Espíritu, y nuestra misión es caminar juntos con fe y esperanza.
El Papa Francisco ha encarnado esta visión con su cercanía al pueblo, su disponibilidad y su sencillez. No le ha importado dejar a un lado su agenda para visitar a un enfermo, abrazar a un niño, escuchar a los marginados. Esa es la Iglesia que él vive y promueve: una Iglesia con olor a oveja, comprometida con los más pobres, atenta al clamor de la tierra y de los que sufren.
A través de sus gestos, de sus visitas apostólicas, de sus palabras llenas de esperanza, Francisco nos ha mostrado que la Iglesia debe ser casa abierta, comunidad de acogida, espacio de inclusión. No para imponer, sino para servir. No para señalar, sino para sanar. No para excluir, sino para integrar.
El Papa ha levantado su voz frente a las estructuras de poder que oprimen, frente a la indiferencia que mata, frente a una religiosidad que se encierra y se olvida del hermano. Nos ha llamado a ser misioneros de esperanza, constructores de puentes, sembradores de paz.
Francisco ha caminado con los pueblos, ha llorado con ellos, ha compartido su pan, su tiempo, su oración. Ha sido voz de los que no tienen voz. Ha hecho de su papado un signo profético, señalando caminos de conversión, sin miedo a la incomprensión o a la crítica.
En resumen, Francisco nos ha recordado que la Iglesia no es un museo, ni una torre de marfil. Es una comunidad viva, dinámica, en camino. Es la casa de todos. Es el Pueblo de Dios.

Mons. Ángel Luis Ríos Matos
Obispo de la Diócesis de Mayagüez
En la cuaresma del 2016, cuando Francisco proclamó el Año de la Misericordia, tuve la oportunidad de conocerlo y saludarlo personalmente, cuando junto a otros tres hermanos de mi diócesis, fuimos designados por Él, como Misioneros de la Misericordia. Fue un momento especial de gracia que quedó grabado en mi memoria y recuerdo que cuando estreché su mano, pensé en mis adentros: “este Papa es un viejito bueno”. Esa bondad, esa ternura, esa capacidad de amar, esa apertura de corazón, la hemos vivido durante su ministerio petrino.
Aquel día que recibí, del señor Delegado Apostólico una llamada telefónica, en medio de la pandemia, y me indicó el nombre del Papa Francisco y mi designación como Obispo De Mayagüez, mi corazón tembló y sentí un miedo profundo. Después de largas horas de rezar y pelear conmigo mismo y cuestionar a Dios, pensé: “si Dios, que conoce mis miserias, ha permitido que el Papa Francisco me haya escogido, entonces me pongo en las manos de Dios, voy hacia adelante y que Dios me proteja”. Francisco trazó nuevos rumbos en mi vida.
Cuando en el 2021, ya Obispo, tuve la oportunidad de visitarle, estar en su audiencia y hablar con Él, me sorprendió gratamente que, que tan pronto me identifiqué como puertorriqueño, me sonrió, me habló de la iglesia en Puerto Rico, demostrándome su conocimiento de nosotros, y me dio la bendición. La iglesia de Puerto Rico le debe a Francisco nombramientos episcopales en las Diócesis de Fajardo-Humacao, Arecibo, Mayagüez, y la Arquidiócesis de San Juan.
Bendito sea Dios que nos dio, en la persona del Papa Francisco, un Pastor conforme al Corazón de Cristo; un Pastor con olor a oveja y sin miedo a ese olor; un Pastor con un corazón grande para amar a todos por igual; un Pastor alegre, que con su sonrisa ganó el corazón de tantos y con sus dulces palabras devolvió a tantos la alegría y la esperanza.
Todo cuánto de bueno, noble, santo y justo, pudimos encontrar en Francisco, es obra del Espíritu Santo de Dios en Él. Así, ahora, ponemos nuestra confianza en el mismo Espíritu, en la certeza de que volveremos a tener un Pastor conforme a la voluntad de Dios, que guiará a la Santa Iglesia en su peregrinar por este mundo. A Dios, y sólo a Él, le doy la gloria.

Mons. Luis Francisco Miranda Rivera, O. Carm
Obispo de la Diócesis de Fajardo-Humacao
Al momento de cierre de esta edición Mons. Luis Francisco Miranda Rivera se encontraba participando de un retiro espiritual en Tierra Santa. Se publicará en una edición futura sus experiencias con el Papa Francisco.

Mons. Tomás González
Obispo Auxiliar de San Juan
Si me preguntan sobre experiencias vividas con el Papa Francisco, pues puedo mencionar varias. Primero, a través de sus escritos, imágenes y gestos, él me fue hablando en muchas ocasiones, tanto como sacerdote y cristiano. Y creo que seguirá hablándome, porque su vida y sus escritos son un pozo de donde sigue brotando agua.
También, en la Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro, pude verlo de lejos con un pequeño grupo de jóvenes. Lo más significativo fue escucharlo hablar en español, siendo latinoamericano. No era la primera vez que oía a un Papa en español, pero esta vez fue diferente; su voz tocó profundamente mi corazón y mi vida sacerdotal.
Más adelante, al ser nombrado Obispo Auxiliar de San Juan, Monseñor Roberto me recomendó que, durante un viaje a Roma para ejercicios espirituales y para comprar la vestimenta episcopal, tratara de encontrarme con él. Así fue: gracias a la ayuda de varios, logré verlo. Encontrarme con el Papa Francisco fue como encontrarme con un hermano mayor. Me presenté, le transmití el saludo de Monseñor Roberto, y él lo recordó enseguida, enviándole también saludos.
Meses después, regresé a Roma para el curso de nuevos Obispos. Durante esa semana, tuvimos una audiencia privada con el Papa. Fue impresionante escucharlo contestar preguntas libremente, dando consejos como un padre y pastor lleno de misericordia y compasión. Al final, tuve nuevamente la oportunidad de acercarme a él y saludarlo brevemente. Ese momento, lleno de recuerdos, me llevó a pensar en el café puertorriqueño y a reencontrarme con ese hermano mayor que ya había conocido.



