Ya comenzamos el Adviento. Lo sabemos todos, comienza un nuevo año litúrgico. Casi nadie organiza fiestas. No hay grandes titulares. Y, entonces, ¿dónde está la novedad? Da la sensación de ¿que, si ésta existe, ha entrado de puntillas, desapercibida, sin hacer ruido alguno: solo perceptible para los que están “en vela”, como nos dice Jesús en el evangelio.
Pero, ¿cómo hablar de “novedad” si con frecuencia nos parece que seguimos en medio del mundo y de la Iglesia, como los judíos, en el destierro de Babilonia? ¿Cómo hacer fiesta si nos sentimos a la intemperie? Quizás ésta sea, también, nuestra situación: vivimos aturdidos, confusos, sin grandes esperanzas ante la crisis que vivimos y la apatía que nos aprisiona.
Es un hecho incontestable: los grandes problemas que preocupan a la humanidad, lejos de desaparecer han crecido amenazadoramente: el hambre, el empobrecimiento de los más pobres, las injusticias, la falta de libertad, el problema acuciante de la migración, el desgaste del planeta, el cambio climático, la violación de los derechos humanos, la falta de credibilidad y desprestigio de líderes en su defensa de la justicia y la democracia. ¿Se puede esperar algo en estas circunstancias?
El reto es apasionante. No podemos vivir como personas sin esperanza. Hemos de aprovechar este tiempo para otear horizontes de luz, generar esperanza. Con el salmista le decimos al Señor: “Despierta tu poder y ven a salvarnos”. Ayúdanos a sacudir nuestra apatía, elimina nuestros miedos, supera nuestras desesperanzas.
Lo expresa de una forma muy clara el Papa Francisco, cuando dice: “Una de las tentaciones más serias que ahogan el fervor y la audacia en nuestras comunidades eclesiales, es la conciencia de derrota que nos convierte en pesimistas quejosos y desencantados, con cara de vinagre…” No nos dejemos robar la esperanza. Iniciemos el Adviento desterrando el pesimismo. Dejemos de ser profetas de calamidades. Construyamos espacios de esperanza.
Los males del mundo y, también los de la Iglesia, no deberían ser excusa para reducir nuestra entrega y nuestro fervor. Mirémoslos como desafío para crecer. A esto nos llama el Adviento.
Además, la llamada creyente es capaz de reconocer la luz que derrama el Espíritu Santo en medio de la oscuridad, sin olvidar, que “donde abundo el pecado sobreabundo la gracia” o, aquellas palabras, también de Pablo, “te basta mi gracia, porque mi fuerza se manifiesta en la debilidad”.
En la Iglesia, en las comunidades cristianas tenemos la convicción de que “quien ha sido tocado por el amor de Dios empieza a intuir lo que quiere decir la palabra esperanza”. Hermanos, cuidémosla. Porque, si la esperanza se apaga, se apaga también la vida. La persona no crece, no busca. Se deja llevar por los acontecimientos. Si se pierde, se pierde todo. Por eso, lo primero que hay que cuidar en el corazón de las personas, en el seno de la sociedad o en la relación con Dios, es la esperanza.
¿Qué te parecen estas bienaventuranzas para el Adviento 2024?
· Felices quienes siguen confiando, a pesar de las adversidades de la vida.
· Felices quienes tratan de allanar todos los altibajos de la existencia: odios,
marginaciones, discordias, injusticias.
· Felices los que descienden de sus cielos particulares para ofrecer esperanza y
construir el futuro, con una sonrisa en los labios y con mucha ternura en el
corazón.
· Felices los que aguardan, contemplan, escuchan, esperan y oran.
· Felices los que anuncian la llegada del reino con su vida.
· Felices quienes acarician la rosa, acercan la primavera y reparten ilusión a
manos llenas.
· Felices los que cantan y oran al levantarse, quienes proclaman que hay un
camino para la esperanza.
· Felices los que perdonan, los que son compasivos y los que están llenos de
misericordia.
¡Feliz Adviento!
P. Juan Martínez Ruiz, Salesiano



