Beato Carlos Manuel Cecilio con cualidades de San José

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Por los datos que nos ofrecen los Evangelios, sabemos que San José, al igual que nuestro primer Santo puertorriqueño, ha sido un hombre fiel a la palabra de Dios.

San José fue un hombre razonable, sensato, prudente y confiado en la justicia de Dios. Él confió en Dios. Dice el canto del Salmo (34, 9): “Dichoso el hombre que se refugia en el Señor”. Y el canto del Salmo (84, 13) dice: “Señor del universo, feliz el hombre que confía en Ti”.

“No querer llevar siempre razón, no precipitarse, valorar con objetividad, prever con inteligencia, son los rasgos de una persona prudente”, reflexionó en su día el hoy Papa Emérito Benedicto XVI siendo Cardenal refiriéndose a San José señalándolo como modelo de prudencia.

El esposo de María nos reta a la prudencia, que consiste en la vigilancia interior y el cultivo de la capacidad para obrar bien y tomar decisiones correctas. Acciones que ayudan a que evitar errores que luego se podrían lamentar. La prudencia practicada por personas como San José constituye una virtud cardinal práctica que nos ayuda a obrar rectamente, facilitando la elección de los medios conducentes a nuestra perfección. “La prudencia es conductora de virtudes, -dijo San Bernardo de Claraval-, porque acciona numerosas capacidades humanas como la humildad, la escucha y el discernimiento”. Por estas razones algunos autores la consideran como una virtud fundamental, quizá la más importante de las virtudes cardinales; porque las otras, como la justicia, la fortaleza y la templanza, dependen de ella.

Según Santo Tomás de Aquino: “la prudencia es la virtud más necesaria para la vida humana”. Es una virtud que compromete nuestras acciones y comportamiento, y nos aleja tanto del triunfalismo como del pesimismo. Ayuda a aproximarnos a la verdadera realidad, buscando factores y elementos que nos permitan actuar rectamente en la esperanza de la fe en Cristo y que nos ayuda a desprendernos de nuestra verdad, siempre distorsionada por sentimientos e intenciones. La prudencia está íntimamente unida a la verdad auténtica de Dios.

El hombre prudente es quien se basa en la verdad objetiva para actuar. La prudencia exige una inteligencia disciplinada y vigilante, que no se deje influenciar ni por prejuicios ni por valoraciones irreflexivas, ni por deseos ni por pasiones, sino que siempre busque la verdad por incómoda que esta sea o suponga aceptar nuestro error. Porque prudencia y humildad son inseparables.

El 1 de abril de 1993 Dolores Flores Rivera, expresó en la Fase Diocesana del Proceso de Canonización: “Utilizó el Siervo de Dios la prudencia en su preparación al seleccionar la documentación de autoridad a que hacía referencia en su correspondencia, donde hablaba con aplomo y sin alardes. En sus conversaciones, era sorprendente la minuciosidad de ángulos que consideraba al exponer un tema sin que ello entorpeciera la consideración a otros. Notamos su alto nivel de prudencia mientras Charlie estuvo hospitalizado, donde se preocupaba más por las necesidades de los demás enfermos que por las suyas propias, considerando la pobreza de su salud. No conozco ninguna ocasión en que el Siervo de Dios obrara con imprudencia”.

La Dra. Carmen Judith Nine Curt, laboró intensamente junto a Charlie en el Centro Universitario Católico ambos convencidos de la eficacia de la liturgia para llevar la palabra y presencia del Señor a los estudiantes; el 14 de febrero declaró en el Proceso Diocesano “No tuve nunca la vivencia de ver a Charlie obrar imprudentemente, ya que creo que en Charlie funcionaba la prudencia sobrenatural en grado heroico en las diversas etapas de su vida. Charlie fue sumamente prudente al emprender sus diversas obras de apostolado”.

La vida del humilde carpintero de Nazaret y la vida de nuestro primer puertorriqueño oficialmente reconocido por la Iglesia como testigo vivo de la fe son prueba concreta de que es posible vivir el Evangelio.

Pablo E. Negroni

Para El Visitante

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