AMPLIANDO: MANJARES

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En estos días se retorna al menú tradicional, herencia del campesinado que bañaba la finca con sudor, esmero y devoción. El lechón asao, las morcillas y los pasteles formaban un todo con la esperanza del pobre, que hacía de tripas corazones para enfrentar el fogón, la leña, la lluvia y los inconvenientes de la existencia. El esfuerzo de llegar hasta el pesebre a ver al niño, movía las fibras más íntimas y las viandas acabadas de cosechar, el lechoncito en su hábitat, la aceleración vecinal, ejercía una función medicinal, una forma elocuente de hacerle frente al infortunio y a la pobreza.

La finca era un derroche de sabores y colores, una plenitud renovada para esos días de asueto que eran necesarios después de una jornada difícil y dura. Las “vacaciones navideñas” iban unidas a un paréntesis del trabajo, a una forma de extraer energía del pesebre de Belén y socializar a través de la guitarra, el güiro y el cuatro. Los aguinaldos llenaban la estancia y el baile era réplica de aquellas subidas y bajadas sanadoras y propicias para la imagen de delgados que era el look de aquella época.

Las nuevas mega-tiendas parecen fincas con productos que vienen de lejos y que se cultivan al extender una mano y obtener lo deseado. No hay sudor, ni esfuerzo, ni manos callosas. Se paga al salir con el carrito lleno, con una cosecha que otras manos recogieron, otros siembran…

El decaimiento agrícola de nuestro país ha propiciado el desgaste valorativo por los sembrados que eran fuente de trabajo y regocijo de la gracia divina. Arar el terreno, hacer semilleros, adornar los surcos con la esperanza repercutían en mente sana in corpore sano, una especie de deporte con la azada en la mano y la semilla de plátano en la otra.

El manjar principal era la solicitud por lo bueno lo bello y lo justo. Ahí se amparaba el caldero, quemado hasta el extremo pero curado por tantos sinsabores. El condimento, el recao, el orégano daban el toque original auxiliado por un sorbo de cañita o pitrinche que era parte del rito de esos días benéficos.

Las recetas culinarias han sufrido un desgaste en estos días de satisfacción y pretensión de dar un giro a lo tradicional y ritual. El lechón viene de lejos, las morcillas, demasiado picantes o saladas, los pasteles, huérfanos de carne. Se nota el agitamiento social, la debacle emocional, la tristeza que ronda por todas partes.

Cuando los nenes también exigen su dosis de morcillas es señal inequívoca de que viaja en su organismo ese sabor de tierra adentro. Socializan participando de todo una red de sentimientos que se adhiere al ámbito cultural de la familia. Ese punto de referencia establece un vínculo de cercanía y ahonda en el soy tan necesario para las personas.

Los manjares navideños son un ritual de fervores familiares, una alegría compartida que se ve disminuida por la comida rápida, por los sabores nuevos. El gusto puertorriqueño y la comida con amor y ternura deben prevalecer. Así lo exige la unión familiar. La mesa no es un mueble para ocupar un sitio, representa una cercanía. Juntos en actitud de celebrar la vida echamos nuestra esperanza.

P. Efraín Zabala

Para El Visitante

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