Mirando más allá de nuestras narices (Domingo VII de Pascua, Ciclo B, Ascensión del Señor)

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Contexto

Nos acercamos al fin del tiempo pascual. Hoy celebramos la Ascensión, que debería haber sido el pasado jueves, pues es el 40º día después de la resurrección, pero por motivos pastorales en muchos países se traslada al domingo siguiente. Ésta, como Pentecostés, aunque son acontecimientos separados por días entre sí y por semanas de la Pascua, son parte de un mismo misterio salvífico. Cristo con su muerte y resurrección ha entrado en la gloria y ha derramado su Espíritu sobre la humanidad, no sólo en Pentecostés, sino desde la Cruz. Su partida física (Hch 1,1-11; Ef 1,17-23 y Mc 16,15-20) no es un desentenderse de aquellos a quienes se ha unido inseparablemente por su Encarnación (prefacio I de la Ascensión). Su presencia sigue siendo real, pues se hace presente por su Palabra, los sacramentos y por medio de sus discípulos, a quienes nos ha dado su mandato misionero y prometido la fuerza de su Espíritu Santo para ser sus testigos en todo el mundo.

 

Reflexionemos

San Pablo en una de las opciones de segunda lectura para esta fiesta, pide el espíritu de sabiduría y revelación para conocer el plan de Dios, la grandeza de su poder y la gran esperanza a la que somos llamados.

 

Sin duda, debemos hacer nuestra esa petición, pues estos misterios, que nos superan, no pueden “entenderse” sin esa sabiduría de lo Alto. Pero no sólo se trata de entender el misterio del Resucitado que es glorificado a la diestra del Padre desde donde nos envía su Espíritu, sino los efectos redentores de todo eso en nosotros. Ruega Pablo que Dios nos permita comprender “cuál es la esperanza a la que nos llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos y cuál la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros.”

 

En el año que ha pasado, a pesar de los efectos entristecedores de la pandemia y de los más recientes atroces asesinatos cometidos contra mujeres y hombres de nuestro país, hemos tenido también que mirar al cielo para contemplar acontecimientos astronómicos poco comunes; pues la Ascensión también es única y nos invita a mirar para arriba y más allá de los astros: la riqueza de gloria que nos da en herencia.

 

Para que toda la humanidad puede elevar su mirada a esa meta gloriosa debemos asimilar la misión evangelizadora de la Iglesia, pues su identidad propia (cf. Evangelii nuntiandi 14) y la de cada uno de nosotros (cf. Evangelii gaudium 273). Es interesante que no podemos celebrar la Ascensión y luego Pentecostés, sin considerar la vocación misionera de la Iglesia.

 

En parte, la crisis de nuestra sociedad y del mundo actual está en no mirar más allá de nuestras narices. Muchos prefieren conformarse con el más acá: tener salud física, dinero, poder, placer, estar tranquilitos en su casa, etc. Si miráramos más allá nos daríamos cuenta de que estamos llamados a sentarnos con Cristo en su gloria y por tanto nuestra vida presente tiene que orientarse afectiva y efectivamente hacia esa meta y no podemos vivir tranquilos sin encaminarnos hacia esa meta y atraer a nuestros hermanos hacia ella. ¿Lo hacemos o nos conformamos con lo inmediato?

 

A modo de conclusión

 

En celebrar la fiesta de la Ascensión, no nos conformemos sólo con mirar hacia arriba, tenemos que ver y caminar más allá. No podemos con nuestras fuerzas por eso el Señor resucitado nos ha compartido la “grandeza de su poder”. En Él confiamos y con Él nos comprometemos a caminar hacia la gloria, pero no solos, sino acompañados de muchos hermanos nuestros.

 

Mons. Leonardo J. Rodríguez Jimenes

Para El Visitante

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