El camino de Padre Obispo Rubén González Medina, cmf, es testimonio de una vocación nacida de la fe y el deseo de servir, que con el tiempo lo llevó a convertirse en un referente para la Iglesia en Puerto Rico. En el marco de su 50 aniversario presbiterial, 25 episcopal y 76 años de vida, El Visitante conversó con él sobre su historia, formación y vocación. Para conocer la vida del Padre Obispo, es necesario adentrarse en su identidad misionera, su amor a la patria y su compromiso con el pueblo de Dios.
Los primeros años y la llamada vocacional

Desde su infancia en la parroquia del Corazón de María en Santiago Iglesia en San Juan, Padre Obispo sintió la inquietud de servir a la Iglesia. Su padre, sin embargo, tenía otros planes para él y deseaba que estudiara una carrera universitaria. Pero su espíritu rebelde lo llevó a tomar una decisión firme: a los 18 años, se fue al seminario. Su vocación, sin embargo, no estuvo exenta de incertidumbres. En un inicio, se sintió atraído por los dominicos debido a su hábito y su tradición de predicación. Intentó varias veces reunirse con el superior de los dominicos de aquel entonces, pero en cada ocasión que fue a verlo no lo encontró. Fue entonces cuando un sacerdote, cuyo nombre recuerda con gratitud, le sugirió que considerara unirse a los claretianos, la comunidad religiosa de su parroquia. Aquella sugerencia lo llevó a descubrir el carisma misionero que definiría su vida.
Su camino lo llevó a realizar su formación en España y Costa Rica, donde profundizó en la filosofía y la teología. Durante este período, tuvo la oportunidad de conocer diferentes culturas, formas de evangelización y métodos pastorales que enriquecieron su visión del sacerdocio. Fue ordenado diácono en Costa Rica en 1974 y sacerdote en Puerto Rico el 9 de febrero de 1975, en la parroquia Corazón de María de Santiago Iglesia en San Juan. Desde entonces, su ministerio ha sido un constante caminar junto al pueblo, guiado siempre por su identidad misionera.
Inspiración en San Antonio María Claret
Uno de los pilares fundamentales de su vida sacerdotal ha sido la espiritualidad y misión de San Antonio María Claret, fundador de la Congregación de los Misioneros Claretianos. Claret, conocido por su ardiente deseo de evangelizar, fue un incansable predicador que recorrió España y América con el mensaje del Evangelio. Su carisma misionero, basado en la cercanía con el pueblo, la sencillez de vida y el compromiso con la justicia social, marcó profundamente a Padre Obispo.
Para él, ser claretiano significa seguir el ejemplo de un sacerdote que “ardía en caridad y hacía arder a los demás donde quiera que pasara”. San Antonio María Claret enseñó que la evangelización debe ir de la mano con el servicio a los pobres y el compromiso con la realidad social. Padre Obispo ha hecho suya esta enseñanza, aplicándola en cada una de sus misiones y en su episcopado.
Una vida de misión
Tras su ordenación, su primera asignación fue en República Dominicana, donde sirvió por 12 años en diversas comunidades, desde la formación de seminaristas hasta el trabajo parroquial. En esos años, su labor no solo se centró en la evangelización, sino también en la promoción social de las comunidades más necesitadas. Convivió con personas que enfrentaban carencias materiales y espirituales, lo que fortaleció su compromiso con los más necesitados.
Su regreso a Puerto Rico lo llevó a la parroquia San José Obrero, en el residencial Manuel A. Pérez, donde estuvo 10 años de párroco y dejó una profunda huella en la comunidad. Allí trabajó intensamente con programas de catequesis, formación de líderes laicos y actividades que promovían el bienestar de los jóvenes y las familias.
Su liderazgo dentro de la congregación claretiana lo llevó a ser nombrado superior provincial en el año 2000. En esta responsabilidad, no solo tuvo que velar por el crecimiento de la congregación, sino también por la formación de los nuevos sacerdotes y el fortalecimiento de la misión en la región. No obstante, su camino tomó un giro inesperado cuando, en noviembre de ese mismo año, recibió una llamada del delegado apostólico informándole que el Papa San Juan Pablo II lo había nombrado Obispo de Caguas.

El episcopado: De la Diócesis de Caguas a la Diócesis de Ponce
El 4 de febrero de 2001, Padre Obispo fue ordenado Obispo de Caguas, convirtiéndose en el primer obispo puertorriqueño del nuevo milenio. En Caguas, trabajó en una década y media de intensa labor pastoral, apoyando un modelo de Iglesia con fuerte participación laical y compromiso social. Algunos eventos que marcaron su episcopado en Caguas fueron su defensa y solidaridad con el pueblo: ante las protestas en contra de la Marina de Guerra de Estados Unidos en Vieques y la beatificación de Carlos Manuel Cecilio Rodríguez Santiago, “Charlie”.
Sin embargo, en 2015 recibió una nueva llamada: el Papa Francisco lo nombraba Obispo de Ponce. “La primera vez me asusté, la segunda más”, recuerda con humor. En esta nueva etapa, se encontró con una diócesis con un clero unido, una rica tradición cultural y un gran compromiso con la educación y la pastoral social. Asumir la guía del seminario y la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico fue un nuevo desafío, pero también una oportunidad para seguir formando nuevas generaciones.
Compromiso con las causas sociales y la identidad puertorriqueña
Padre Obispo ha sido un firme defensor de la justicia social y un apasionado por la identidad puertorriqueña. Desde sus primeros años en el sacerdocio, ha acompañado a comunidades marginadas y ha alzado su voz en momentos clave de la historia del país, como la lucha por la salida de la Marina de Vieques. Siempre ha llevado consigo la bandera puertorriqueña como símbolo de su compromiso con el pueblo y la dignidad de los más necesitados.

Caminando con el pueblo en la crisis
Su episcopado en Ponce ha estado marcado por grandes retos: el huracán María en 2017, los terremotos del suroeste en 2019 y la pandemia de COVID-19. Ante cada crisis, Padre Obispo ha mantenido una postura de acompañamiento y esperanza. “Nos ha mantenido la fe, con los ojos fijos en Jesús”, afirma.
En su visión pastoral, la sinodalidad ha sido clave: caminar juntos como Iglesia, con el clero, los laicos y las comunidades religiosas. “Con Dios todo y sin Dios nada”, enfatizo.
Participación el CAM6 y el sínodo de Obispos en Roma
Uno de los momentos más significativos de su episcopado fue la organización del VI Congreso Americano Misionero (CAM6) en Ponce en 2024. “Decían que no se podía, pero se pudo”, expresa con alegría. Ser sede de un evento de tal magnitud reafirmó su identidad misionera y la de la diócesis.
Su participación en el Sínodo de Obispos en Roma también ha sido un hito. “El Papa Francisco nos llama a una Iglesia en salida, y eso es lo que hemos tratado de hacer”, menciona. La renovación de la Iglesia a través del diálogo y la inclusión han sido pilares en su episcopado.
Una vocación que se mantiene firme

A sus 50 años de sacerdocio y 25 de episcopado, Padre Obispo sigue firme en su llamado. “Nunca he dudado de mi vocación. Si volviera a nacer, sería lo mismo: misionero y sacerdote”, afirma con convicción.
Hoy, en el Jubileo de la Esperanza, Padre Obispo Rubén invita al pueblo de Dios que peregrina en el archipiélago Borincano, a vivir con fe y alegría. “Enamórate de Jesucristo y lo entenderás todo, enamórate de Jesucristo y harás cosas maravillosas, seamos peregrinos de esperanza” concluyo.

