HIJOS QUE DECEPCIONAN

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Tengo parejas amigas que han ido creciendo en su sentido y práctica de la comunidad eclesial.  Lo que se llama ‘católicos prácticos’.  Sus hijos necesariamente observan que esa práctica es genuina, que ilumina sus vidas, que viven criterios a lo Jesús para decidir bien en los avatares del día a día.  Y sin embargo esos hijos, al ir siendo mayores, no asimilan, ni muestran interés por la práctica de esos padres, ¡a quienes admiran y aman!  ¡Qué decepción!  Imagino que sería la misma que experimentó tristemente el padre del hijo pródigo. Si su hogar era acogedor con todos, el cuidado a los hijos extremo, ¿por qué a este loco se le ocurrió intentar caminos contrarios?

 

Lo que complica, en cierto sentido, es que no se puede proceder con un adolescente como cuando era un niño.  ¡Entonces la familia iba a la Iglesia y van todos, punto!  Se supone que el adolescente vaya asimilando como propios los criterios y conductas que se les han predicado como las positivas.  Siempre vale la invitación, el consejo en conversación cercana.  Y claro, nunca la crítica, el regaño, el forzar a lo que el o ella no quieren. No podemos practicar lo de ‘la letra con sangre entra’.  La pelea, la imposición lograrán el efecto contrario.  Y abonará a que en su futura vida rechace lo que entonces se le impuso como bueno.  Porque la bondad a la trágala se convierte en tiranía.

 

Es lo que algunos lloramos al ver fracasos de la educación católica.  Se supone que emprendimos ese ministerio, que hoy conlleva enormes cargas económicas y críticas, como forma de evangelizar al joven.  San Ignacio autorizó los colegios, que no estaban en su idea original, al darse cuenta de que no podía enrolar gente piadosa y formada y saludable que pudiera asumir su vocación misionera.  El colegio sería como un semillero de posibles candidatos a la Orden, o si no, formación de futuras familias cristianas.  Pero lo que algunos deploran es el dolor de constatar las pocas vocaciones que ahora surgen, o los profesionales con poca devoción, si es que no caen en el número de los nuevos explotadores de esta sociedad capitalista.  ¡Es triste que se oiga que de ese colegio salen los mejores ateos del país!

 

Queda un consuelo, una esperanza para animar a los que siguen esforzándose en ese ministerio y a la educación religiosa en el hogar.  El saber, primero, que muchos aprenden que el seto es duro dándose contra el seto.  Es la enseñanza del hijo pródigo.  Cuando sintió en la piel el abandono de los amigos, que cachetearon su dinero, y la miseria de acabar al nivel de los puercos, aprendió “qué ramón tenía papi! Porque cómo bien reflexionaba San Agustín: “Fuera del padre y de la casa paterna se termina cuidando cerdos!”

 

Reconozco que el consuelo a mi ofrecido algo de verdad.  Y es el hecho de que, si se siembra buena semilla, en algún momento esta brotará, aunque sea en la etapa final de la vida, después de muchos tropiezos y desmanes.  En el drama ‘El condenado por desconfiado”, el personaje, bandolero desalmado pero que guardaba sentimientos tiernos para con su padre paralítico, quien desconocía las andanzas del hijo, le ayuda para entender en el momento de morir que para él había salvación, porque era lo que su padre le había enseñado y le pedía.  ¡Se salva el malo y el monje desconfiado de que Dios puede ya perdonarle se condena!  

 

Queda la esperanza de lo sembrado.  Si dicen ‘calumnia que algo queda’, habrá que añadir que la semilla no pierde su vigor si contacta el agua y la tierra.  En las tumbas de los faraones encontraron semillas de trigo depositadas al lado de la momia para el viaje eterno.  Las sembraron y brotaron las espigas que durmieron durante tantos siglos.  A mis amigos que lloran los desaciertos del hijo les damos esperanza.  ¡El juego termina en el noveno inning y con el tercer out!

P. Jorge Ambert, S.J.

Para El Visitante

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