Hemos popularizado como una narrativa incuestionable que: Estados Unidos está perdiendo poder económico frente al resto del mundo. Se repite en titulares, análisis y conversaciones sobre el ascenso de China y los BRICS. Pero antes de declarar el fin de una era el rigor exige algo más sencillo: verificar los números. Y estos cuentan una versión diferente de la historia.
El poder económico estadounidense no está mermando, sino cambiando de manos.
Hace un siglo, el poder global se medía por: la capacidad económica, industrial y militar de las naciones. Hoy, el poder reside principalmente en las corporaciones. De las 20 personas más ricas del mundo según Forbes, 16 están directamente relacionadas a empresas estadounidenses cuyo valor de mercado combinado ronda los $23.7 billones (trillions en inglés). Solo Nvidia, Alphabet, Microsoft y Amazon representan aproximadamente $15.9 billones.
Esta cifra resulta extraordinaria al ponerla en perspectiva. El Fondo Monetario Internacional proyecta que China, la segunda economía más grande del planeta, producirá unos $20.85 billones durante el año. El valor bursátil de un grupo pequeño de corporaciones estadounidenses es, por consiguiente, comparable con la producción anual de economías nacionales enteras.
Naturalmente, capitalización bursátil y PIB no son lo mismo. La primera representa el valor que el mercado asigna a una empresa; el segundo mide los bienes y servicios producidos por una economía durante un año. Confundirlos sería engañoso. Pero, ignorar lo que revelan estos números sería erróneo.
Estamos presenciando una transformación profunda del poder económico. Capital, tecnología, propiedad intelectual, datos e innovación se concentran en corporaciones capaces de operar simultáneamente en múltiples jurisdicciones, invertir miles de millones y transformar industrias completas. EE.UU. continúa siendo el principal ecosistema donde muchas de ellas nacen, crecen y se desarrollan globalmente.
Esa realidad contiene una lección vital para Puerto Rico.
Por mucho tiempo hemos discutido nuestro desarrollo económico enfocando en cuánto capital podemos atraer a la isla. La pregunta del futuro es: ¿cuánto valor podemos crear? No basta con ofrecer incentivos para recibir empresas; urge desarrollar las condiciones para crear empresas, talento, propiedad intelectual e innovación desde Puerto Rico para el mundo.
Eso nos exige una estrategia concertada: educación vinculada a inteligencia artificial y tecnologías emergentes; mayor acceso a capital para emprendedores; alianzas entre universidades y empresas; infraestructura digital competitiva; y una política pública que incentive la investigación, la innovación y la exportación de conocimiento.
Puerto Rico posee activos importantes: talento bilingüe, universidades, integración al sistema económico y mercado estadounidense. Convertir esas ventajas en crecimiento dependerá de nuestra capacidad para construir un ecosistema donde las ideas puedan transformarse en empresas y las empresas puedan acceder el mercado global.
Los números no mienten. Pero tampoco determinan nuestro destino. Nos indican dónde se está creando el valor. Puerto Rico debe decidir si continuará observando desde la distancia o construirá las capacidades necesarias para participar como protagonista. Esa decisión definirá nuestra próxima generación de desarrollo económico. Toca dejar las diferencias políticas atrás para enfocar nuestra fuerza creadora en una economía fuerte que visibilice a Puerto Rico en el siglo XXI.



