La edición 42 de El Visitante de Puerto Rico, correspondiente al 18 al 24 de octubre de 2026, llega en un fin de semana especialmente misionero. Sus páginas nos presentan distintos rostros de una misma tarea eclesial: acompañar, cuidar, anunciar y mantener viva la esperanza allí donde el Señor nos ha colocado.
La portada nos lleva a la Diócesis de Caguas, que atraviesa un tiempo de transición después del nombramiento de Mons. Eusebio Ramos Morales como Arzobispo Metropolitano de San Juan. Durante este periodo, el P. Juan Luis Negrón ha asumido la encomienda de Administrador Diocesano con una imagen sencilla que resume su misión: “Me toca cuidar la viña en lo que viene el pastor”.
Cuidar la viña significa mucho más que conservar estructuras o atender asuntos administrativos. Para el P. Negrón implica acompañar, motivar, estar presente, alimentar la esperanza y procurar que continúe el dinamismo espiritual y pastoral de la diócesis mientras se espera al nuevo obispo. La Iglesia de Caguas no comienza de cero: posee un camino pastoral trazado, fruto de una experiencia sinodal, con atención a la familia, los jóvenes, los adultos mayores, los catequistas y la construcción de una espiritualidad que ayude a caminar juntos.
Esa expresión —cuidar la viña— puede extenderse a toda la Iglesia. Cada bautizado ha recibido una parcela de esa viña: una familia, una parroquia, una comunidad, un ministerio, un lugar de trabajo o alguna persona que necesita ser acompañada. La pregunta es si estamos cuidando aquello que Dios ha puesto en nuestras manos o simplemente esperando que otro llegue a hacerlo.
Precisamente este domingo celebramos el DOMUND 2026, en el centenario del Domingo Mundial de las Misiones. Bajo el lema “Uno en Cristo, unidos en la misión”, la Iglesia recuerda que la evangelización no pertenece exclusivamente a sacerdotes, religiosos o misioneros enviados a territorios lejanos. Es responsabilidad de todos los bautizados mediante nuestras palabras, acciones y testimonios.
El papa León XIV insiste en que cuanto más unidos estemos en Cristo, mayor será nuestra capacidad de cumplir juntos la misión confiada por Él. La unidad no significa uniformidad. La Iglesia está formada por diferentes carismas, vocaciones y culturas que se enriquecen mutuamente cuando colocan sus dones al servicio del Evangelio.
Pero la misión también exige aprender a cuidar las heridas humanas. Por eso esta edición dedica espacio a una realidad que necesita una conversación cada vez más abierta: la salud mental. La depresión, la ansiedad, los trastornos relacionados con el trauma y otras condiciones no disminuyen la dignidad de ninguna persona. Tampoco pueden reducirse a falta de fe, voluntad o vida de oración. Buscar ayuda psicológica o psiquiátrica no contradice la fe; puede constituir un acto responsable de cuidado.
La comunidad cristiana está llamada a escuchar sin juzgar, respetar la confidencialidad, acompañar a las familias y orientar hacia profesionales cuando sea necesario. A veces, el gesto más evangélico no consiste en encontrar inmediatamente una respuesta, sino en sentarse al lado de quien sufre y recordarle que no tiene que cargar su cruz en soledad.
También María aparece en esta edición como una presencia profundamente ligada a nuestra identidad puertorriqueña. El rosario rezado junto a los abuelos, las imágenes en los hogares, las fiestas patronales y advocaciones como la Virgen del Carmen, la Monserrate, la Candelaria y Nuestra Señora de la Divina Providencia forman parte de una memoria religiosa transmitida de generación en generación.
Sin embargo, esa devoción adquiere su verdadero sentido cuando se convierte en solidaridad y servicio. María no es solamente una imagen que conservamos; es modelo de quien reconoce las necesidades de los demás, permanece firme junto al sufrimiento y confía en Dios aun cuando el camino es incierto. Por eso, la auténtica devoción mariana debe llevarnos también a cuidar al anciano, acompañar al necesitado, proteger la creación y fortalecer nuestras comunidades.
Así, los temas de esta edición terminan encontrándose. Cuidar la viña es mantener una Iglesia en camino. Ser misioneros es salir al encuentro. Cuidar la salud mental es reconocer la dignidad del que sufre. Vivir nuestra devoción mariana es convertir la fe heredada en solidaridad concreta.
La misión no siempre requiere hacer cosas extraordinarias. Muchas veces comienza cuidando bien aquello que tenemos delante.
Quizás este domingo podamos preguntarnos: ¿qué viña me ha confiado Dios y cómo la estoy cuidando?
Porque mientras esperamos nuevos tiempos, nuevos proyectos o nuevos pastores, la misión continúa. Y a todos, de una manera u otra, nos toca cuidar la viña.



