La misión no es una aventura individual ni una tarea reservada a unos pocos. Jesús no envió a sus discípulos en solitario; los reunió, formó una comunidad y los mandó a anunciar el Reino. Por eso, nadie evangeliza por cuenta propia: somos enviados como Iglesia.
El lema de la Jornada Mundial de las Misiones 2026, «Uno en Cristo, unidos en la misión», nos recuerda que nuestra comunión nace del encuentro con Jesús. Él es quien nos convoca, sostiene nuestras diferencias y nos convierte en un solo pueblo. Podemos tener distintos dones, responsabilidades y maneras de servir, pero compartimos una misma fe, un mismo bautismo y una misma misión.
La unidad no significa uniformidad. En la Iglesia hay espacio para diferentes voces, culturas, carismas y ministerios. Cuando ponemos nuestros dones al servicio de los demás, las diferencias dejan de separarnos y comienzan a enriquecernos. Cada persona aporta algo necesario: unos anuncian la Palabra; otros enseñan, visitan a los enfermos, atienden a los pobres, acompañan a los jóvenes, protegen la creación o sostienen la misión mediante su oración silenciosa.
Nuestro testimonio pierde fuerza cuando permitimos que las divisiones, rivalidades, prejuicios o protagonismos ocupen el centro. Por eso, antes de enviarnos, Jesús oró al Padre: «Que todos sean uno, para que el mundo crea» (cf. Jn 17,21). La comunión entre nosotros es ya una forma de evangelización. Una comunidad que se escucha, se perdona y camina unida hace visible el amor de Dios.
Octubre, mes de las misiones, nos invita a salir de la indiferencia y del aislamiento. Nos llama a encontrarnos, discernir juntos y acercarnos a quienes esperan una palabra de esperanza. La misión comienza en la familia, continúa en la parroquia y se extiende hacia los lugares donde existen soledad, pobreza, violencia y falta de fe.
Preguntémonos: ¿estoy construyendo comunión o creando divisiones? ¿Pongo mis dones al servicio de la misión común? ¿Estoy dispuesto a caminar con otros, aunque no siempre piensen como yo?



