Unidos y seguros de la esperanza 

La alianza matrimonial es una elección diaria del don del otro. Juntos, hombre y mujer, están llamados a compartir luchas, tristezas, alegrías y esperanzas. Así, cuando el camino se torna más difícil, con la ayuda de la gracia, se sostienen mutuamente bajo el peso de la cruz. 

Para Inés Rolón y Francisco Marrero, una de las cruces más dolorosas ha sido la enfermedad y la muerte de su hijo mejor, Abdiel. En 2011, cuando tenía 15 años de edad, a la familia le tocó oír el diagnóstico: tumor de células germinativas en el mediastino, ya en etapa cuatro. De la noticia al fallecimiento, sólo transcurrió un año y diez meses. Un tiempo en que, según este matrimonio moroveño, el dolor arraigó con fuerza, pero, estando despierto el sentido de la fe, vieron tantas otras bondades de Dios que fueron un gran consuelo. Ambas cosas, dolores y alegrías, las abrazaron como parte de un plan perfecto de la voluntad de Dios. 

La pareja de 35 años de casados aseguró, en entrevista con El Visitante, que experimentar la muerte de un hijo ha sido, al mismo tiempo, “pérdida y ganancia”. 

Su fe le da la certeza de que lo han ganado para el cielo, y eso ha renovado también su esperanza. “Antes la esperanza era el milagro de su sanación; ahora nuestra esperanza es volver a encontrarnos con él en el cielo”, expresó Inés. 

Coinciden, asimismo, en que la esperanza bien enraizada va dando como fruto la entrega. En ese sentido, Francisco manifestó: “yo sólo he sido un instrumento”. De modo que devuelven, agradecidos y sabiéndose privilegiados, lo que antes recibieron de parte de Dios. 

Abdiel partió de este mundo durante el tiempo de Pascua, específicamente, el día de la Ascensión del Señor, que aquel año coincidió, además, con el domingo de las Madres. Inés vivió aquello como un regalo: “¡qué mejor día para entregarlo!”. Además, ella ya venía cultivando un vínculo más estrecho con la Santísima Virgen, a quien también le tocó ver sufrir y morir a su hijo. 

En ésta y en las demás circunstancias, una cosa está clara: “Dios nos tiene donde nos necesita”, insistió Francisco. Así, una misión ha traído otras, y entre esas está el consuelo y el acompañamiento a otras familias que viven o vivieron situaciones igual o parecidas a la suya. De esta manera, quieren compartir con otros lo mismo que recibieron ellos de la Iglesia, en sus ministros y en sus demás miembros: “fueron un gran apoyo en el proceso”, dijeron. 

Finalmente, como gracia especial del Espíritu Santo, a quien imploraron en todo tiempo, Inés y Francisco, por paradójico que pueda sonar para algunos, se han sentido, incluso en la cruz, “escogidos”. 

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