I Domingo de Navidad: La Sagrada Familia

Una familia sagrada se convierte en modelo de vida conveniente para nuestras familias. Con esta expresión la oración colecta de esta celebración nos ofrece una aseveración digna de contemplación y de asombro. Son las virtudes de esa familia las que han de ser copiadas por las nuestras; es la insistencia que, también presenta la oración para después de la comunión cuando pide que se nos conceda imitar constantemente sus ejemplos. No se puede pasar por alto que, también, la oración sobre las ofrendas hace una requisición digna de contemplación: te pedimos que edifiques nuestras familias sobre el fundamento de tu gracia y de tu paz.

Para que todos los miembros de las familias humanas nos acerquemos a la sagrada, a estas hermosas oraciones se une una liturgia de la Palabra rica en sugerencias. El autor del Eclesiástico (Eclo 3, 3-7. 14-17) conduce a los hijos por el camino de la piedad; y una piedad humana que asombrosamente tendrá repercusiones sobrenaturales. Hay implicada una dimensión ascendente: El hijo compasivo alcanzará el perdón de sus pecados. Honrar a los padres es honrar al mismo Dios. El salmista (Sal 127) comparte la misma idea a la inversa: quien sigue los caminos del Señor, le irá bien; su familia alcanzará bendición; es decir, hay implicada una dimensión descendente.

Las palabras del apóstol (Col 3,12-21) no tienen pérdida alguna. La primera parte de los versos de hoy pareciera hablar a la gran familia humana llamándole a la bondad, al perdón, al apoyo mutuo, a la unidad, al agradecimiento. Los versos finales sugieren una armonía sublime y sugestiva más específica para el núcleo familiar. La página del Evangelio, entre las muchas lecciones que ofrece, plantea lo ordinario de la extraordinaria familia sagrada. Plantea de una manera sutil que no hay quien escape a las dificultades de esta vida. Aquél que quiso compartir con nosotros la realidad humana la ha asumido en todas circunstancias y consecuencias (obviamente menos en el pecado). La gracia no abandona a los que creen. María y José por encima de los avatares mantienen su fidelidad a Dios y por eso son modelo verdadero para seguir. Es decir, junto a su Hijo, son: familia ejemplar.

Imitar sus ejemplos es una buena resolución para todos estos días navideños y para la vida entera. Quizás en muchos casos dentro de nuestras particularidades familiares se nos hace difícil establecer las formas más propicias para alcanzar la serenidad y la paz tan necesaria en su interior. Creo que no puedo dejar pasar por alto que en todas las sugerencias de hoy hay también una dimensión horizontal muy accesible para todos. Desde los versos del apóstol se nos facilitará comprenderlo: la exhortación a la comunidad de Colosas implica una familia de fe; es decir una familia más allá de la sanguínea. Esa dimensión horizontal nos permitirá construir armónicamente la gran familia humana superando discordias, rupturas e incomprensiones.

Del mismo modo que amo a mi hermano de sangre por la relación que la naturaleza nos ha dado, se han de abrir y de desarrollar sentimientos de fraternidad universal. Los defectos de mi hermano sanguíneo no me impiden amarlo; así como los míos no le impiden amarme. Si del prójimo mirásemos menos sus imperfecciones, le estaríamos amando más. Y, al final, estaríamos colaborando en la construcción de la gran familia humana desde la paz. María supo que su hijo amaría hasta el extremo a todos (cfr Jn 13, 1); José supo que su hijo iluminaría las naciones (cfr Lc 2, 32); y Jesús siempre supo que su misión era hermanarnos y conducirnos a las moradas de la gran casa familiar celestial (cfr Jn 14, 2). Que Jesús, María y José rueguen por nosotros. ■

P. Ovidio Pérez Pérez
Para El Visitante

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