Con pícaro humor Chuito, el de Bayamón, cantaba la décima: “… tenía una novia, le rompí cuatro costillas por venirme con historias”.  Y su excusa es “un ser que me persigue”.  La violencia matrimonial, física o emocional, de ninguna manera puede caber, por más sulfurado que me encuentre, y por más razón que tenga para enojarme.  A los que uno ama no se les grita, dice un comercial.  Y a ese ser especial, mucho más si físicamente es más débil, no se le toca ni con los pétalos de una rosa.  Lo que me anima hoy es la razón que el jíbaro aduce para excusar su conducta: un ser, algo fuera de mi.  Será un diablo?  Bueno, donde está la maldad  no está Dios, luego estará el espíritu del mal, ‘enemigo de la naturaleza humana’.

Es fácil la excusa para defender esa conducta.  No soy yo, es otro dentro de mi.  Ese otro puede ser, no lo niego, conductas aprendidas, condicionamientos arrastrados desde mi primera educación en el seno familiar.  Aunque sea así en realidad, no podemos aceptarlo como defensa ideal de una conducta desordenada.  Es verdad, en parte, aquello de que “el que nace barrigón, aunque lo fajen”.  Pero no somos seres determinados por fuerzas malignas, aunque sí afectados por ellas.  Ante lo que consideramos defecto cabe la autocrítica, la búsqueda de ayudas adicionales para vencer a ese ‘ser”.  Podría darse aquí la ocasión de poner en práctica lo que San Ignacio llama examen particular.  Consiste en orar y determinarse desde el inicio del día a no caer en esa falta que en mi es tan repetida y espontánea. Cuando caiga la cuento, y me arrepiento. Al final del día contabilizo las caídas del día.  Es momento de dolor de corazón y propósito de que ‘mañana no habrá faltas o habrá menos que hoy’.

La décima parece aludir a esas ideas de espiritismo callejero, del mundo de brujos y trabajos encargados, botánicas y brebajes para conseguir lo bueno y lo malo.  Se está invocando, entonces, a un ‘ser’ maligno que es el culpable de lo que me está sucediendo.  Es un ser que contrató tal vez una amante para romper la relación de pareja que vivo.  Hay una invocación de los espíritus malignos para infectar a las personas que envidio u odio.  Desde luego, no negamos que sea posible la posesión diabólica, por razones que no voy a analizar aquí, y que no son tantas como podrían presentarse.  Me limito a esas actitudes que me exoneran de lo malo que hago.  O los miedos de que mi matrimonio esté mal porque alguien envió un trabajito desde Guayama.  Qué pensar de esto?

Primero, que si en un caso fuera real ese influjo maligno, por más poder que tenga, no tiene más poder que nuestro Divino Redentor.  Como expresa el canto: ‘No hay dios tan grande como tu.’ Es momento para encomendar mi relación y mi hogar a ese poder de Jesús que está por encima de todo influjo diabólico, y que sobre todo abunda en el poder del amor para liberarme de lo malo.  Lo dice el salmo: “El Señor es mi luz y mi salvación, a quién temeré?” Qué práctica bonita la de esas familias que han entronizado en su hogar la presencia del Corazón de Cristo, visibilizada en esa pintura consoladora de su Corazón ardiendo en llamas por hacernos bien.  No tienes que ir corriendo a la botánica para contrarrestar con otro remedio. “De dónde me vendrá el auxilio?  El auxilio me viene del Señor que hizo el cielo y la tierra”.

El embrujo en mi puerta  no tiene poder. Lo boto como una basura más.  No lo toco por si tiene algún elemento químico maligno, que ese me afecta. Pero no le tengo miedo. Y al que sigue excusándose porque tiene un ser que lo persigue le digo: déjate de changuerías. Ponte en autocrítica.  Reconoce tus fortalezas y tus debilidades.  Proponte la lucha espiritual contra lo malo.  Eres dueño de tu propio destino, con la gracia de Dios.  “No se nos ha dado otro nombre para salvarnos que el de Jesús.”

 

P. Jorge Ambert, S.J.

 

Para El Visitante

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