Misa de Apertura Año Jubilar en preparación al Aniversario de Plata de fundación de Parroquia María Madre de la Misericordia
jueves, 23 de junio de 2016


Roberto Octavio González Nieves, OFM
Arzobispo Metropolitano de San Juan de Puerto Rico

Queridos hermanos y hermanas de esta comunidad parroquial de María Madre de la misericordia:
Estamos a un año de cumplirse el vigésimo quinto aniversario de la fundación de esta parroquia. Y para celebrar esta fecha tan singular para la historia de fe y salvación, ustedes han querido celebrarlo de una manera muy intensa y muy plena: con un jubileo en preparación para el aniversario de plata.
Es costumbre de la Iglesia celebrar jubileos en etapas significativas. Jubileo nos puede referir a la palabra: júbilo. Ciertamente este año jubilar que iniciamos hoy es motivo de júbilo. No de un júbilo cualquiera, de esos que se desvanecen, sino de un júbilo que toca al corazón y lo cambia.
Un júbilo como el que experimentó Zaqueo ante el encuentro con Jesús: “Hoy ha llegado la salvación a tu casa” (Lc 19, 9); un júbilo como el que experimentó el paralítico al verse curado y perdonado por Jesús; un júbilo como el que experimentó el Padre al ver que su hijo perdido regresa y la que, a su vez, experimentó el hijo pródigo al saberse perdonado, recibido y acogido. Y, es el júbilo de las mujeres al conocer la noticia del Resucitado. El júbilo de la resurrección de Jesús y la nuestra, porque los que vivimos y morimos en Cristo, resucitaremos en Él.
El tiempo jubilar nos introduce al esperanzador lenguaje de la salvación y de la gracia y por ello es un estímulo para impulsarnos a la conversión continua y la penitencia, nos mueve a la rehabilitación de nuestra relación con Dios. Sepan, querida comunidad, con la apertura de este año jubilar en esta parroquia, entramos a un nuevo período de gracia y de misión que nos ayudará a descubrir o redescubrir la presencia de Dios y su amor misericordioso en nuestras vidas y en la vida de nuestro prójimo.
A partir de la apertura de este año jubilar, comienza un tiempo precioso marcado por los signos del jubileo “que testimonian la fe y favorecen la devoción del pueblo cristiano” (Incarnationis mysterium, 2000). La peregrinación es un signo del jubileo. Jesús es el Camino, nosotros somos personas peregrinando hacia ese Camino; somos ese pueblo que andaba en tinieblas por el pecado, pero que en Jesús nos brilló una gran luz. Hagamos de nuestras vidas una peregrinación continua que solo se detenga ante nuestro encuentro con Cristo en la eternidad.
Otro signo del jubileo es la apertura de la Puerta Santa. Entraremos por esta Puerta Santa que nos recuerda a la verdadera puerta: Jesús, quien nos dice: “Yo soy la puerta” (Jn 10, 7). Cruzar la puerta es querer dar el paso de cruzar del pecado a la gracia, de las tinieblas a la luz; cruzar la puerta es vivir nuestro propio éxodo hacia los caminos de libertad hacia la tierra Prometida, que es la Patria celestial. Cruzar la puerta es hacer a Cristo, es dar el paso a seguirlo, a testimoniarlo y a comunicarlo.
Un tercer signo es la indulgencia que es uno de los elementos esenciales del jubileo. La indulgencia no es otra cosa que la manifestación de la misericordia de Dios, de su amor misericordioso, de una misericordia que no se cansa, de una misericordia que no discrimina, que no excluye, que no se condiciona, que no se detiene y que urge de ser encarnada en nuestros tiempos, en nuestros gobiernos y en todos los sectores de nuestra vida, en la forma de vivir como sociedad y como cristianos.
Hemos dicho que el jubileo es un tiempo de gracia y de misericordia. Repitamos en nuestros corazones estas palabras: Gracia y misericordia. Esas son palabras que resaltan del relato del Evangelio de hoy cuando celebramos las vísperas del nacimiento de Juan Bautista. En la concepción y nacimiento de Juan vemos el actuar misericordioso y de gracia de Dios. Para resaltar el actuar misericordioso de Dios, quisiera citar las elocuentes palabras de San Agustín al comentar el relato del anuncio del Ángel a Zacarías:
“Un ángel lo anuncia a su padre… y le priva de la voz porque no le dio crédito; permanece mudo, esperando recobrar la lengua con el nacimiento del hijo. Concibe quien era estéril y anciana, infecunda por doble capítulo: por estéril y por la edad. El ángel ya anuncia quién va a ser, y se cumple en él lo anunciado. Cosa más maravillosa aún: aparece lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre. Luego, al llegar Santa María, salta de gozo en el vientre y saluda con sus movimientos a quien no podía con la palabra. Al nacer devuelve la lengua a su padre, y el padre, al hablar, impone el nombre al niño, y todos se maravillan de gracia tan inmensa. ¿De qué otra cosa puede hablarse sino de la gracia? ¿Dónde había merecido este Juan a Dios? ¿Cómo mereció a Dios antes de existir para poder merecerlo? ¡Oh gracia gratuitamente dada!” (Sermón 291).
El Evangelio de hoy nos dice que la manifestación de la misericordia de Dios y de su gracia sucede al Zacarías “entrar al templo”. ¿Acaso no es eso lo que proponemos con este jubileo? Entrar al templo, entrar por la puerta santa, entrar luego de peregrinar, entrar para recibir indulgencias. ¿Dónde fue que Zacarías experimentó tanta gracia y tanta misericordia? Al entrar al templo. Este jubileo de apertura es tiempo para entrar al templo, para entrar al misterio de gracia, misericordia, perdón encaminadas a la salvación. Este es un año jubilar para entrar al templo, para venir con su familia, invitar a los pobres, marginados y alejados, a los fríos, a los necesitados de misericordia porque “para ellos es que he vendo” nos dice el Señor.
San Lucas, dedica una oración para describir al matrimonio, a la familia de Zacarías e Isabel: “Ambos eran justos a los ojos de Dios y seguían sin falla todos los mandamientos y preceptos del Señor”. Al respecto, Beda, un Padre de la Iglesia decía: San Juan fue engendrado de padres justos, a fin de que pudiese dar a los pueblos preceptos de justicia con tanta más confianza cuanto que él no los había aprendido como nuevos, sino que los guardaba como recibidos de sus antepasados por derecho hereditario, de donde sigue: “Pues eran ambos justos delante de Dios”. (5-7)
Este jubileo también es una oportunidad para conformar familias a imitación de Zacarías e Isabel, es decir, familias justas, familias que perseveren, familias que viven su matrimonio perseverando aún en las pruebas, que ejerzan su paternidad y maternidad en un ambiente propicio de gracia, donde ese hogar sea una iglesia doméstica, una escuela de fe, de valores, de virtudes, de justicia, de caridad y perdón. Sean como Zacarías e Isabel de manera que sus hijos e hijas, que sus nietos y nietas, hereden los preceptos de justicia y tengamos una patria más justa y solidaria.
Al concluir, quisiera decirles que algunos celebran la noche de San Juan dándose un chapuzón en la playa. Ustedes hoy se dan el mejor de los chapuzones, se salpican en las aguas de las promesas bautismales que se renuevan de una manera muy singular en cada jubileo. Hoy, al entrar en la Puerta Santa, y escuchando y acogiendo las palabras del Bautista que nos invita a la conversión, el Señor, al atravesar esta Puerta nos bautiza con su gracia salvadora.
Este templo es dedicado a María Madre de la Misericordia. “La alegría jubilar no sería completa si la mirada no se dirigiese a aquella que, obedeciendo totalmente al Padre, engendró para nosotros en la carne al Hijo de Dios”. (JPII, Ibid) María, es madre de la Misericordia encarnada en Jesús. Ella nos dice: “Hagan todo lo que Él les diga” (Jn 2, 5) ¿y qué nos dice Jesús que hagamos?: “Ser misericordioso como el Padre” (Lc 6,36). Hagamos de esta comunidad un oasis de la Misericordia, un océano de su Gracia y una gran fiesta de la fe. “María, Madre de gracia y de Misericordia, en la vida y en la muerte ampáranos gran Señora. Amén”.

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