(Primera parte)

La esperanza nos da valor para permanecer firmes y comprometidos precisamente por tener que enfrentar ciertas actitudes negativas que se anidan en nuestro interior ante las limitaciones o desilusiones que experimentamos. Esta produce una motivación positiva y prepara el camino hacia el éxito. Es esa vocecita que dice: “Sopórtalo, porque a su momento las cosas cambiarán a tu favor”.

A la esperanza la presentamos (desde una perspectiva psicológica) como una actitud activa, es decir, en cuanto a audacia en la confianza. No se podrán cambiar los hechos o las circunstancias adversas, pero la actitud puede estar bajo nuestro control para superar el desánimo y el fatalismo (el nada se puede hacer).

Para que sea efectiva y no algo frágil y pasajero, se le debe cultivar como una virtud moral, y aun mejor, virtud afianzada en la fe y la caridad teológica. Por eso la actitud se ha de transformar en altitud en el sentido de vivir, como María Inmaculada, a la altura de la presencia, palabra y estilo de vida de Jesús “Porque tú eres mi esperanza, Señor, en ti confío, Señor desde mi juventud” (Salmos 71, 5).

Seguimos un método recomendado por el Padre José Kentenich para facilitar el apoyo de la gracia de Dios a nuestra experiencia cotidiana.

Primer paso: Observar 

Observemos algunas frases conocidas:

• El pobre vive solo de la esperanza.

• “El hombre está vivo mientras espera, mientras en su corazón está viva la esperanza” (SS Emeritus Benedicto XVI).

• La esperanza es la última que se pierde al umbral de la muerte.

• Dígame qué espera y le diré quién es…

En esta frase la esperanza aparece vinculada a la vida como fuente de vitalidad. Es por eso energía y experiencia positiva y activa, esencial para la vida sana, sea esta la individual como la comunitaria. La esperanza pertenece a la condición humana – siempre o casi siempre esperamos algo o a alguien que en la incertidumbre presente o futura nos acoja, acompañe y asista.

En estos días todos esperamos, o nos esperanzamos en que retorne la energía eléctrica, el agua, la Internet, que FEMA asista al necesitado, que predomine la coherencia en y entre los políticos y otros líderes insulares como federales.

La persona que espera tiene unas disposiciones psicológicas de deseo, confianza, expectación o defensa ante la incertidumbre. Nos aferramos a la esperanza cuando nos encontramos en una situación complicada. Se trata de un recurso que nos ayuda a no caer en la depresión, basadas en la idea férrea de que pronto las cosas mejorarán. Esa confianza actúa como estímulo y aporta fuerza y tranquilidad; por otro lado, cuando se pierde o resulta difícil alcanzarla, la vida se vuelve una ardua batalla contra los obstáculos.

Si bien aún se percibe el carácter religioso -relación con Dios- de la esperanza, no resulta tan clara esta dimensión de la esperanza en la práctica cotidiana. Se precisa preguntar porque es lo que nos lleva a un segundo paso en la reflexión.

Segundo paso: Comparar 

Nuestra cultura ya opaca el sentido propiamente religioso y cristiano de la esperanza. El mundo moderno da señales de reprimir y desviar el auténtico sentido de la esperanza interpretado como el anhelo de Dios, la sed de lo divino y añoranza de lo eterno. Pero, afortunadamente el mundo de hoy no logra silenciar, ignorar o arrancar de raíz ese anhelo del corazón humano.

Indicamos algunas circunstancias que influyen decididamente en la proliferación de la desesperación existencial. El ser humano hoy:

• Se identifica con sus funciones y se estima a sí mismo en cuanto se siente útil, activo o productivo y en control, pero cuando pierde funciones o protagonismo se deprime.

• Se ilusiona con la ciencia y la técnica para resolver sus problemas, pero se olvida de una espiritualidad religiosa. La técnica es un poder que se puede tornar contra la humanidad y destruir a la naturaleza. El hombre moderno reconoce que puede hacer mal uso de su libertad, pero se empeña en afirmar su control determinante, dominante y arrogante sobre la creación y marginando a Dios.

• Se encierra en el tener, en el poseer bienes materiales y gozar placeres provisionales y exigir mayor cantidad y diversidad de estos, y oculta el anhelo, por los valores que perduran. Se genera un vacío interior y se experimentan ataduras a la propia libertad. Se desespera y duda de si algún día será feliz.

• Descuida la raíz de la esperanza, o sea, la fe. Es decir, como dice el Padre José Kentenich, no sabe ser hijo de Dios porque no ha experimentado una protección o autoridad paternal. Conscientemente no se cuenta con un concepto de Dios Padre y providente que acompaña personalmente en cada momento del camino. Y por eso la esperanza cristiana es esa nostalgia por volver al origen de nuestra existencia en Dios Padre.

(Dra. Hna. M. Elena Lugo, Ph.D.)

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