Pedro pregunta a Jesús: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». Jesús responde: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». Con estas palabras nos enseña que el perdón cristiano no tiene límites, porque tampoco tiene límites la misericordia de Dios.
La parábola presenta a un servidor que recibe el perdón de una deuda inmensa, pero después se niega a perdonar una deuda pequeña. Su problema fue olvidar la misericordia recibida. Quien reconoce cuánto le ha perdonado Dios no puede cerrar su corazón al hermano.
Perdonar no significa justificar el mal ni negar las heridas. Tampoco supone renunciar a la verdad o a la justicia. Perdonar es dejar de alimentar el rencor, rechazar la venganza y permitir que Dios sane el corazón. Es abrir la posibilidad de comenzar nuevamente.
En este Mes de la Biblia, la Palabra de Dios nos invita a mirarnos en el espejo de la misericordia. No basta leer la Biblia; debemos permitir que transforme nuestros sentimientos, palabras y relaciones. La Palabra escuchada se hace vida cuando perdonamos como hemos sido perdonados.
Esta enseñanza ilumina también el cuidado de la creación. Muchas veces nuestra relación con la naturaleza está marcada por el egoísmo: consumimos sin medida, desperdiciamos los recursos y olvidamos a quienes sufrirán las consecuencias. La tierra necesita reconciliación. Debemos pedir perdón a Dios por haber maltratado su obra y comprometernos con una verdadera conversión ecológica.
Así como el perdón restaura las relaciones humanas, el cuidado responsable puede sanar nuestra relación con la casa común. Reducir el desperdicio, proteger el agua, evitar la contaminación y respetar toda forma de vida son expresiones concretas de gratitud al Creador y de amor al prójimo.
Pidamos al Señor que su Palabra transforme nuestro corazón. Que nos conceda recordar siempre la misericordia recibida, perdonar generosamente a nuestros hermanos y cuidar con amor la creación que ha confiado a nuestras manos.



