Ella tiene una enfermedad que afecta sus huesos, su hija nació con su misma condición, le tocó de cerca el cáncer y tuvo que irse del País en búsqueda de un futuro mejor. A Natibel González Rodríguez le tocó doblegar estas cuatro pruebas pero ella no habla de obstáculos sino de bendiciones.

Nació de un tamaño y tiempo de gestación normal. Al año comenzaron a notar ciertos rasgos de deformación de las extremidades. En sus recuerdos de niña siempre hay dolor producto de los adaptadores y ganchos para enderezar las piernas a la fuerza. En el Hospital Shriners  para niños le diagnosticaron esponbilo espifisis dysplafia, enfermedad que afecta el crecimiento y los huesos.

El hospital fue su segunda casa. Mientras, estudió en el colegio católico Inmaculada Concepción de Guayanilla. Creció lentamente con problemas en las extremidades y la columna vertebral. A los 18 años ya tenía 15 cirugías. Sobre el bullying dijo: “Lo llegué a sentir más de los padres. Era cuando más dolía porque les enseñaban a los niños a burlarse”. Pero su mamá la instruyó a no tener complejos. Culminó sus estudios, su meta era ser enfermera graduada. Aunque algunos insinuaron que era imposible, nunca claudicó. “Nadie pudo hacer que yo cambiara mis metas, hubo muchos que creyeron en mí”, recordó Natibel.

Se graduó y trabajó 15 años como enfermera graduada para un hospital en Ponce. También, trabajó en el Banco de Sangre, luego en el Prenatal donde cuidaba y hablaba a los bebés. Incluso bautizó a varios en peligro de muerte.

Se casó con un compañero de la universidad y vivió lo que describe como el amor más grande después del amor de Dios: la maternidad. Soñaba con ser madre, primero contempló la adopción por sus complicaciones de salud. Pero, un día llegó la noticia, iba a ser madre. “Casi no podía respirar, mi pecho quería volar. Solo daba gracias a Dios. A mi barriguita yo le hablaba y le decía: ‘Tú vas a ser un bebé amado, vas a tener a la mamá más pequeña del mundo, pero mi amor será inmenso’”, recordó de la etapa más trascendental de su vida.

Con complicaciones cardíacas y pulmonares tuvo un embarazo plagado de riesgos. Durante 7 meses se habló de un varón, pero la sorpresa fue su princesa Natalia. “Era grande y hermosa, cuando la tomé en mis brazos sentí que tenía mi condición”, dijo. Al año se la  diagnosticaron y a los 3 años y medio dejó de crecer. Con esta nueva señal, solo pidió a Dios. Su oración se convirtió en acción y encaminó a su pequeña en cada paso.

Con necesidades diferentes, crió a su hija con los mismos pilares que la criaron a ella: fe en Dios y en ella misma, crear conciencia de su condición a los demás, lidiar con cada prueba, reconocer las limitaciones, pero vivir sin privaciones. Con palabras llenas de ilusión y sentimiento describió a su princesa Natalia como una hija “maravillosa, un ser especial, dispuesta, brillante, muy humana, respetuosa, muy madura y que valora mucho la vida”.

Aún le faltaba otra batalla que vencer. Tras la muerte de su mamá por cáncer de seno, en el 2008, le detectaron unas alegadas masas de grasa. Insistió a su médico que le hiciera una biopsia. El resultado salió positivo a un ductal carcinomar tipo 3, cáncer de seno. Luego de llorar, recibir el cariño y el apoyo de su familia, se rearmó para enfrentarlo. Su hija le dijo: “Tú puedes, vas a superarlo”, eso fue una inyección de amor.

La operaron. Pidió que le sacaran ambos senos, por su experiencia como enfermera intuyó que tendría masas en el otro seno. Convenció al médico que luego de la operación le dijo: “Te pegaste en la lotería”. Ella contestó: “Yo no juego, solamente me pego del manto de Cristo y de María Santísima, no de la lotería”. El otro seno estaba positivo de cáncer. Luego de la reconstrucción no pudo recibir quimioterapia ni radioterapia por una condición preexistente. La estrategia fue monitorear y extirpar, pero luego de varias intervenciones pequeñas gracias a Dios actualmente no ha reincidido.

Finalmente, esta madre tuvo que tomar la difícil decisión de migrar a Estados Unidos por razones económicas y de salud. Para ella y su familia fue una decisión dura, triste y difícil: “Cuando se toma esta decisión, luego de planificar y repensar por 3 años, tuvimos que irnos por razones económicas y tratamientos médicos”.

Natibel describió la maternidad como “lo más hermoso que una mujer puede vivir, la alegría se queda corta, es una bendición de Dios”. Invitó a aferrarse a la fe de manera legítima. “Sin fe todo lo que ocurre se toma mal y sin solución. Mi fe es la que me ha ayudado a llegar tan lejos, a criar a mi hija, a rebasar cada prueba, a vencer el cáncer. Con niños especiales, o completamente normales, todo se puede derrumbar sin la fe, sin la fuerza de Dios”, concluyó.

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