“Soy felicísimo. Si volviera a nacer sería sacerdote otra vez”, con esas palabras Padre Antonio Hernández Almenas, C.Ss.R., definió cómo ha transcurrido su vida desde que le dijo sí al Señor hace 50 años. Y es que a lo largo de estas cinco décadas P. Antonio ha servido de norte a sur y de este a oeste de Puerto Rico, llevando además de su espiritualidad redentorista su pasión por la enseñanza, profesión que estudió antes de consagrarse a Dios.

Con hablar pausado y denotando experiencias en sus palabras señaló que a lo largo de los años ha vivido muchas experiencias buenas y otras que no lo son tanto, pero aseguró que a pesar de eso nunca ha dudado de su vocación. “Ese pensamiento nunca ha pasado por mi mente. Al contrario, si volviera a nacer sería sacerdote otra vez, quizás lo hubiese hecho cuando era más joven. En mi época la gente tenía la percepción de que el sacerdocio era para santos y eso me limitó a no entrar antes al seminario”, expresó el que en sus ratos libres pinta, escribe y disfruta de la lectura.

A lo que se refiere P. Antonio es que durante su adolescencia y juventud nunca pensó en donar su vida al Señor porque aunque viene de una familia muy católica y desde pequeño sus padres  le inculcaron la fe, no vio en el sacerdocio una opción de vida para él. No fue hasta que se graduó de universidad y comenzó a impartir clases que se dio cuenta de que sus alumnos tenían lagunas. “Yo estaba instruyendo, pero no educando. Les transmitía conocimientos, pero no podía hacer nada con su formación religiosa ni integral. Quería que mis estudiantes tuvieran cuerpo sano y mente sana y fue ahí cuando pensé que la Iglesia tenía sistemas educativos completos y eso era lo que buscaba. Desde la escuela no podía hacer nada y fue de esa manera que llegué a la conclusión de ingresar al seminario”, compartió.

Sobre la reacción de su padre al conocer que consagraría su vida a Dios admitió que se sorprendió de la forma en que tomó la noticia. “Mi papá me había pagado los estudios como maestro y me preocupaba lo que fuera a decir. Él era muy creyente y cuando se lo dije me preguntó: ‘¿Estás seguro?’. Respondí: ‘Claro, ya soy adulto’. Él me dijo: ‘Es difícil’, respondí: ‘Lo sé’. Luego me dijo: ‘Me has hecho el hombre más feliz del mundo’”.

Tras su ordenación, lo asignaron al pueblo de Guayama y luego pasó a la parroquia San Agustín de Puerta de Tierra donde fue Superior y párroco.  Igualmente, fue párroco en la parroquia María Reina de Ponce, Director del Colegio que lleva ese mismo nombre y laboró como profesor de la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico. Además, dirigió la Academia Inmaculada Concepción de Mayagüez y de forma simultánea trabajó en la parroquia San Carlos de Borromeo en Aguadilla. También, fungió como director de vocaciones de los Misioneros Redentoristas donde no solo atendió a Puerto Rico, sino también Santo Domingo e Islas Vírgenes. “Fue un trabajo arduo durante 3 años, pero lo hice con mucho amor”, expresó.

En el 2002 fue asignado a la parroquia Los Tres Santos Reyes de Aguas Buenas de donde es natural y allí funge como asistente, “aquí me siento útil”. Explicó que la comunidad de misioneros redentoristas donde pertenece está compuesta por cuatro sacerdotes que atienden una parroquia y ocho capillas. Los clérigos se turnan para tener la oportunidad de conocer a toda la feligresía.

“Cada día para mí es una experiencia. Siempre admiré el carisma de mi congregación redentorista que es atender a los pobres y abandonados. Disfruto compartir con la gente, conversar con ellos, visitar a los enfermos y darle un consejo al que  lo necesita”, destacó quien todas las mañanas lee los tres periódicos para estar al tanto de lo que ocurre en el país y ve las noticias internacionales para conocer el acontecer mundial.

Con motivo de sus bodas de oro la feligresía de su parroquia lo agasajó con una actividad en la que lo reconocieron como misionero redentorista y el trabajo que ha realizado por las últimas cinco décadas al servicio de la comunidad.

Al final, P. Antonio agradeció a Dios que a través del sacerdocio le ha permitido vivir una vida plena, feliz, haciendo lo que más disfruta compartir con pobres y necesitados a la vez que lleva la Palabra de Dios a todas partes.

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