Ser padre es una vocación de amor y entrega 

En una época en la que más jóvenes posponen el matrimonio, disminuye la natalidad y muchas familias enfrentan el desafío de mantenerse unidas en medio de las presiones económicas y sociales, hablar de paternidad puede parecer contracorriente. Sin embargo, para Josué Quintana, padre de Gabriela, Jayro, Fabián, Débora, Marcos, Fátima y Mónica y miembro de la Parroquia Nuestra Señora de la Monserrate de Moca, la experiencia de ser padre sigue siendo uno de los dones más grandes que Dios puede regalar a una persona.

Con motivo del Día de los Padres, Josué reflexionó sobre el significado de la paternidad en la sociedad actual, inspirándose en el ejemplo de San José, custodio de la Sagrada Familia y modelo de entrega silenciosa. Para él, San José representa al hombre que, aun en medio de las incertidumbres de la vida, supo sostener a su familia confiando plenamente en Dios. 

“Uno de los retos más grandes que enfrentamos hoy como padres es la transmisión de la fe a nuestros hijos”, expresó. En un mundo donde abundan los mensajes que intentan alejar a las nuevas generaciones de la vida espiritual, entiende que la familia sigue siendo el primer lugar donde se aprende a reconocer la presencia de Dios y a descubrir que la fe no es una teoría, sino una experiencia que se vive cada día. 

Junto a su esposa Noemí, con quien lleva 23 años de matrimonio, ha procurado educar a sus hijos desde esa certeza. No se trata de una tarea libre de dificultades. Por el contrario, reconoce que la crianza presenta desafíos constantes, especialmente cuando se busca formar hijos capaces de vivir su fe en medio de una cultura que con frecuencia promueve valores distintos a los del Evangelio. 

No tener miedo a la familia

Ante una sociedad que muchas veces presenta los hijos como una carga o un obstáculo para la realización personal, Josué ofrece una respuesta sencilla pero profunda: “No tengan miedo”. 

A su juicio, la verdadera felicidad no se encuentra únicamente en el éxito profesional, la estabilidad económica o la acumulación de bienes materiales. “La verdadera alegría viene de experimentar el amor de Dios”, afirma. 

Esa convicción ha marcado su experiencia familiar. Aunque reconoce que han enfrentado momentos difíciles, preocupaciones económicas y situaciones complejas relacionadas con la crianza de sus hijos, asegura que siempre han visto la providencia de Dios manifestarse en los momentos más inesperados. 

Para él, la paternidad implica aprender a salir de uno mismo. “Morir todos los días a mi yo” es una expresión que utiliza para describir la entrega que exige el amor familiar. Una entrega que, lejos de convertirse en una carga, termina siendo fuente de alegría y plenitud. 

Educar para la vida

Entre las muchas enseñanzas que busca transmitir a sus hijos, una ocupa un lugar especial: enseñarles a no rendirse ante las dificultades.

Recuerda la ocasión en que uno de sus hijos intentó vender agua de coco para ganar algún dinero. El proyecto no salió como esperaba y el joven regresó frustrado. Lejos de enfocarse en el fracaso, Josué aprovechó la experiencia para enseñarle una lección más importante: el valor de intentarlo. “Lo has hecho muy bien porque lo intentaste”, le dijo. 

Para este padre mocano, la misión no consiste únicamente en proveer sustento material, sino también en ayudar a sus hijos a descubrir que Dios tiene un propósito para cada uno y que los tropiezos forman parte del camino.

Además, destaca que la paternidad no se limita a proveer sustento o corregir conductas, sino que implica estar presente en la vida de los hijos. Escucharlos, acompañarlos en sus alegrías y dificultades, compartir tiempo en familia y enseñar con el ejemplo son aspectos que considera esenciales. “Los hijos aprenden más de lo que ven que de lo que escuchan”, señala, convencido de que el testimonio cotidiano tiene una fuerza formativa que ninguna palabra puede sustituir.

La herencia más importante

Al mirar hacia el futuro, Josué no habla de herencias materiales ni de logros profesionales. Lo que desea dejar a sus hijos es algo mucho más profundo: una fe viva que les permita afrontar los desafíos de la vida con esperanza.

En una sociedad que muchas veces parece haber perdido la confianza en la familia, su testimonio recuerda que la paternidad sigue siendo una vocación capaz de transformar vidas. Como San José, los padres están llamados a custodiar, acompañar y amar. No desde la perfección, sino desde la entrega cotidiana y la confianza en que Dios continúa obrando en medio de sus hogares.

Luis Enrique Ramos Zapata

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