El Sacerdocio…, misterio, sacramento, mediador de gracia, ¡otro Cristo! Y hoy, en tiempo de pandemia…, en soledad, aislado, destituido de su pueblo. ¿Cómo validar su ministerio? ¿Cómo procesar sentimientos? ¿Cómo manejar un corazón enamorado? Como niño inconforme que se enfrenta al dilema de la obediencia, pero se somete, ¡al estilo ni modo! Las señalo como ideas que golpean brutalmente la mente en momentos de ansiedad. Sin lógica, pero con convicción. Una sumisión rebelde, pero claramente entendible.

Nadie se imaginaba que nos tocaría vivir amenazados por otra plaga, especialmente cuando fácilmente olvidamos lo que nos ocurrió más de un siglo atrás. Fue en el 1918-19 que “la influenza (el flu)” arrojó unos 50 millones de muertes alrededor del mundo, más muertes que las causadas por la primera guerra mundial, convirtiéndose en una de las más catastróficas epidemias de la historia.

Pero nuestra reflexión no es necesariamente sobre tragedias del pasado. Hoy, aquí y ahora, la urgencia del momento es abrazar con entereza de carácter una situación que no podemos de inmediato alterar. Hacemos uno intentos de mantenernos centra- dos en nuestra identidad sacerdotal. Pero ese quién soy, para mucho de nosotros, viene conectado inevitablemente con nuestro ministerio. Nos remontamos a la filoso- fía tomista del agere sequitur esse, o sea, el quehacer   ministerial fluye de quiénes somos. Pero no ignoramos también, lo que muy bien hemos aprendido en nuestra experiencia como evangelizadores y discípulos. Nos referimos a lo que posiblemente no siempre tomamos en cuenta, que “la pastoral moldea al pastor y el pastor moldea la pastoral”. En esa acción o consecuencia recíproca es que nos hemos convertido en lo que somos, ¡jóvenes o mayorcitos!

Un aspecto de nuestro sacerdocio que vale la pena tomar en cuenta en estos días de confinamiento, es la “soledad involuntaria” a la cual nos sometemos mientras dure la amenaza de la plaga. Es muy diferente, notemos, a la quietud y recogimiento que voluntariamente escogemos en nuestro retiro espiritual anual. Inquietos, pero sumisos, aprovechamos la oportunidad para disfrutar de la lectura, comunicarnos con familia y amistades y descansar un poquito más.   Posiblemente el ministerio “at distans” se ha hecho más frecuente a través del teléfono.

¡Nuestra gente es indo- mable! Su amor y pre- ocupación por nosotros es impresionante y motivo de gran humildad. Nada como una tragedia para demonstrar el aprecio sincero y estima de un pueblo que de veras ve al sacerdocio como “sacramento de Cristo”, (P.Ord, II, sec.I, #4).

Quizás y solamente como una posibilidad, podríamos enfocarnos en lo impresionante de la fe de nuestro pueblo hispanounidense. ¿Cuáles son sus expectativas, sus ansiedades, sus anhelos? No nos piden mucho, solamente que le mostremos el rostro de Cristo, ese mismo Cristo que nos llamó, que nos consagró. Un proverbio muy caribeño dice: Nadie se acuerda de Santa Bárbara hasta que truena. Y de tronar es precisamente el ruido silencioso que nos embarga a todos. Es en ese estruendo callado que nos ayudaría tanto a adentrarnos en la mirada interior de nuestro sacerdocio. ¿Qué nos ha pasado en el proceso? Un pueblo reclama acompañamiento y exige devotamente que seamos bálsamo de Galaad (Jr 8, 22) para estos tiempos de borrasca. Fue esa misma necesidad, la de un pueblo con hambre de Dios, que llevó a Jesús a la multiplicación de los dos pescados y cinco panes (Lc 9,10-17). Obviamente, no son milagritos lo que nuestro pueblo espera de nosotros en este momento de aprieto, pero sí un corazón compasivo y misericordioso, uno que se conduele y se desborda en súplica ardiente de sanación, de consuelo y alivio.

Encerrados, pero no acabados, sacudidos por la ineptitud de vencer el estigma del microbio, nuestro corazón busca refugio en Aquel que nos llamó. Y se repite la pregunta, ¿qué nos ha pasado en el proceso? Nuestro frágil sacerdocio solo se nutre en la insistencia de nuestra identidad in persona Christi (cf. Papa Fran- cisco, “El Nombre de Dios es Misericordia”; 2016). Persuasión oportuna es reconectar con el impulso de aquel “primer amor”. Me refiero, por supuesto, a aquella ilusión tenue inicialmente y luego apasionada, que nos sostuvo durante los largos años del seminario. La meta, no siempre consciente, era actuar in persona Christi, aunque se opacara ocasionalmente por la avalancha y premura de las exigencias académicas. Encerrados, pero no acabados, repetimos, se vuelca el corazón en re- buscar razones para seguir fieles al llamado y al que nos llamó. Oportuno es el momento, de volver al Evangelio de Marcos. Él es el único de los evangelistas que detalla el llamado de sus discípulos, estableciendo como primer motivo, el que ellos “estuvieran con él”. Aquí el pasaje bíblico: “Después subió a la montaña y llamó a su lado a los que quiso. Ellos fueron hacia él y Jesús instituyó a doce para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar…” (Mc 3, 13-14).

Evidentemente, tanto el discipulado como el sacerdocio, es antojo del mismo Jesús. Lo interpretamos, por esa ex- presión de San Marcos, cuando señala, “llamó a su lado a los que quiso”. Virtudes, cualidades extraordinarias, personalidades privilegiadas, todo eso, más o menos, es lo que pudiese caracterizar e identificar a los sacerdotes de Jesucristo, “según el rito de Melquisedec” (Sal 110 , 4;  Hb  5,  7-10).   Bien sabemos que ningún sacerdote se atribuye a sí mismo ningún mérito por su propia vocación. “No me escogieron ustedes a mí, sino que yo los escogí a ustedes y los comisioné para que vayan y den fruto, un fruto que perdure”, (Jn 15, 16). En esa incontestable verdad es que se fundamenta la grandeza del misterio sacerdotal que nunca será un amor hecho a la medida en la poquedad de nuestra condición humana.

Dejémonos impresionar por los antojos del Amado, como solía decir la gran Teresa de Ávila. En tiempos de soledad, no nos toca cuestionar, “¿y ésto, hasta cuándo”? Mas bien, en actitud de humilde su- misión, Aquí estoy… habla que tu siervo escucha (Is 3, 4; 10). A lo mejor y solo como una posibilidad, volveremos a des- cubrir la grandeza y belleza de nuestra “soledad privilegiada”.

P. Domingo Rodríguez Zambrana, S.T

Para El Visitante

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