Domingo IV de Adviento, Ciclo A

Contexto

Estamos en los últimos días de Adviento. El timón de la barca cambió en Puerto Rico desde el 16 de diciembre, cuando comenzamos las misas de aguinaldo para fijar nuestra mirada, sobre todo, en la preparación a la celebración de la Navidad. Así las profecías y demás lecturas ya no aluden al fin del mundo, sino a la primera venida, en humildad, del Hijo de Dios.

La mirada deja a Juan el Bautista para fijarse en María y José, a quienes se les revela el cumplimiento de la profecía del nacimiento del Emmanuel, hijo de la virgen anunciada por Isaías (cf. Is 7, 10-14), descendiente de David (cf. Mt 1, 18-24).

Por otro lado, la segunda lectura (Rm 1, 1-7) nos propone una visión más amplia, presentando sintéticamente el misterio de Jesús, desde la Encarnación a la Resurrección. Ambos polos no se pueden separar. El Verbo se encarnó para salvarnos por su muerte y resurrección. Encarnación y Pascua son dos caras de la única Redención.

Reflexionemos

Nos quedan pocos días para Navidad y estamos en un año mariano. Quisiera que nuestra reflexión pudiera salir de los ojos y del corazón de María. ¿Cómo vería esta joven mujer de fe de Nazaret todos estos acontecimientos que vamos oyendo en estos últimos días? Ojalá pudiéramos estar en su mente y corazón para saber lo que experimentó en esos meses desde que el Arcángel Gabriel se le manifestó. El Evangelio nos da algunas claves.

Todo lo que le dice el Ángel a ella y a José manifiesta la fidelidad de Dios. Ella lo sabe y así lo canta en el Magnificat, Él cumple sus promesas, como lo prometió a sus antepasados.

Ella, en esa preciosa oración, deja entrever que conoce la Escritura, en la cual Dios ha manifestado, a lo largo de la historia, que capacita a quienes escoge. Ella y José serán capacitados y el Ángel se lo dice: “La sombra del Altísimo te cubrirá”. A José le dice: “No temas recibir a María”… todo se está cumpliendo como lo ha dispuesto la Providencia de Dios. María, comienza a ser Madre de la Providencia, pero primero ha sido su discípula.

Hace poco conocí o se me refrescó la concepción de una imagen oriental (siria), que presenta a María como tejedora. En el ícono, María tiene en su mano sobre su vientre el ovillo de tejer, como signo de que la humanidad de Jesús se va “tejiendo” en sus entrañas. Viendo ese ícono y poniéndolo en relación con la Palabra que se hace carne en ella, vemos que en María el Verbo se encarna por su “sí”. María, que sabe que Dios es fiel y cumple sus promesas, lo ayuda a “tejer” no solo la humanidad de Jesús, sino su parte de la historia de la salvación con su “sí”, sobre todo al llegar la plenitud de los tiempos (cf. Gal 4, 4), que culminará con el misterio pascual que Pablo nos presenta en la segunda lectura. José, con su disponibilidad, también ayuda en ese gran “tejido” salvífico.

A modo de conclusión

Podemos elegir entre tener un bollo de hilo y dejarlo así o dejar que se enrede o, como María y José, cooperar en el tejido de la historia de la salvación, tejiendo la parte de ella que nos corresponde. En la Sagrada Escritura encontramos seres humanos de todas condiciones que cooperan en ese gran tejido.

¿El Niño Dios encontrará en nosotros otras Marías y Josés que estén dispuestos a tejer con Él, no un trajecito, sino la trama de la historia de la salvación que nos toca en este momento?

¿Quieres tejer con María? Pon el bollo de hilo cerca de tu corazón y, como ella, vamos a tejer con la Palabra de Dios y guiados por el Espíritu, la Redención que Jesús nos mandó llevar por el mundo. ■

Leonardo J. Rodríguez Jimenes
Para El Visitante

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