Excelentísimo señor Cardenal, excelencias reverendísimas, miembros de la Junta de Síndicos, compañeros de la administración, la facultad y el personal de la Universidad, autoridades de otras instituciones que nos acompañan, estudiantes, amigos todos:
Sean bienvenidos a esta Iglesia Santa María Reina de Ponce, sagrado recinto que sirve hoy de Aula Magna donde hoy nuestra Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico se viste de gala académica y regocijo espiritual. Nos convoca otorgar el octogésimo quinto Doctorado Honoris Causa que confiere nuestra Universidad, en este caso, el Doctorado Honoris Causa en Artes y Humanidades a un hombre cuyo caminar encarna de manera fidedigna el puente entre la fe viva, el rigor del intelecto y el amor incondicional al prójimo, valores esenciales de nuestra misión institucional. Las lista de distinguidas personalidades del mundo eclesial, de las artes, las letras, las ciencias, la política, el Derecho y la cultura que han recibido esta distinción hoy se engalana con la adición del Cardenal O’Malley.
Agradezco la presencia de cada uno de ustedes. De forma particular quiero reconocer a nuestro Gran Canciller, quien preside este primer acto académico en su nueva encomienda. Igualmente, reconozco y agradezco a Mons. Roberto González, ahora arzobispo emérito de San Juan, por estar aquí hoy, pero también por todo el apoyo, acompañamiento y esfuerzo al servicio de nuestra Universidad y de la Iglesia puertorriqueña a lo largo de sus 27 años en la sede de San Juan. Excuso a Mons. Eusebio Ramos, quien por compromisos de su nueva tarea no puede estar hoy con nosotros.
Hablar de Su Eminencia, el Cardenal Seán O’Malley, es contemplar una vida cimentada en la radicalidad evangélica desde el modelo de San Francisco de Asís. Como escucharemos con más detalle en la laudatio, desde que ingresó al noviciado capuchino, su vocación quedó unida de forma indisoluble al servicio de la dignidad humana. Con un profundo bagaje intelectual que incluye un doctorado en Literatura Española y Portuguesa, Su Eminencia entendió muy temprano que la cultura, las letras y las artes son canales privilegiados para la gracia de Dios.
Esa afinidad cultural y lingüística no se quedó en las aulas académicas. Se tradujo en las calles, convirtiéndose en el defensor, el padre y el hermano de miles de migrantes hispanos que buscaban amparo, particularmente de nuestros hermanos hispanos en los Estados Unidos, servicio que le une a lo que en su día hicieron también Mons. Álvaro Corrada en Nueva York y Washington y Mons. Roberto González, en Boston y en Texas. Su ministerio ha estado marcado por una valentía pastoral inquebrantable ante los desafíos más dolorosos de nuestro tiempo, dejando una huella indeleble de sanación, transparencia y reforma estructural. Al asumir estas tareas, Su Eminencia ha encarnado con creces lo que el Papa León XIV nos recuerda con urgencia en su reciente Carta Encíclica Magnifica Humanitas:
“…cuando la dignidad de los hermanos se ve desfigurada, cuando la política no responde a los dramas de la humanidad, cuando la economía se vuelve contra la persona […] la Iglesia debe hacer oír su voz no para dominar, sino para servir a la comunión” (n. 27).
Esa búsqueda incansable de la comunión y la verdad brilló de manera paradigmática cuando la Providencia le confió guiar a la Iglesia en momentos de profunda oscuridad. El Cardenal O’Malley asumió con valentía profética el liderazgo frente a la crisis de los abusos sexuales en la Iglesia, convirtiéndose en un faro de reforma, escucha activa y protección de los menores. Al frente de la Archidiócesis de Boston y, posteriormente, como presidente de la Pontificia Comisión para la Protección de los Menores, su gestión demostró que el perdón cristiano exige un compromiso irrenunciable con la rendición de cuentas y la justicia institucional. Su labor encarna de forma viva la advertencia del Papa Francisco en Fratelli tutti:
“La verdad es una compañera inseparable de la justicia y de la misericordia. Las tres juntas son esenciales para construir la paz y, por otra parte, cada una de ellas impide que las otras sean alteradas […] La verdadera reconciliación no escapa del conflicto, sino que se logra en el conflicto, superándolo a través del diálogo y de la negociación transparente” (n. 241-244).
Su voz, Cardenal, ha sido ese eco necesario de transparencia allí donde el sufrimiento de las víctimas exigía ser escuchado, como quedó demostrado durante la visita canónica que le fuera encomendada a Dublín y sus diócesis sufragáneas durante el 2010. Ese liderazgo, reconocido globalmente, llevó en su momento al Claustro de la Universidad Pontificia de Salamanca a destacar que su obra sobresale “por el servicio de la dignidad humana a través de sus diferentes responsabilidades… marcada por el compromiso hacia la búsqueda de la dignidad y el bien común de las personas”, hecho que quedó constatado al conferirle, hace dos años un reconocimiento similar a este.
Eminencia, Puerto Rico y esta comunidad universitaria no le son ajenos. Su cercanía histórica con nuestra Iglesia local, con iniciativas pastorales concretas a través de sus hermanos de Orden o por encargo de la Santa Sede y su vínculo personal con tantos hermanos en la diáspora se sella hoy formalmente en Ponce, en este acto en que le reconocemos no solo como un alto dignatario eclesial, sino como heraldo de la paz.
Al conferirle este Doctorado Honoris Causa en Artes y Humanidades, nuestra institución se une al apremiante llamado de Magnifica Humanitas, donde el Santo Padre nos exhorta a:
“…hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad [para] crecer hacia la plenitud de nuestra humanidad” (Introducción) [vatican.va].
Reconocemos en usted a un sembrador incansable que ha consagrado su intelecto y su pastoreo a esa tarea colectiva. Su vida es un testimonio de cómo el saber y las disciplinas humanísticas adquieren su máximo sentido cuando nos ayudan a caminar hacia la plenitud de lo humano y el encuentro con el Creador.
Nuestra institución se honra profundamente al incorporarlo a nuestro claustro. Gracias por aceptar este gesto. Sea usted bienvenido a su casa, Cardenal Seán Patrick O’Malley. Que el Espíritu Santo siga guiando sus pasos y que nuestro archipiélago sea siempre testigo de su generosidad.
Muchas gracias.



