Prudencia no es cobardía

No es fácil practicar la virtud de la prudencia.  Y no lo es, porque esa virtud requiere disciplina personal, o sea, la capacidad de un aguante en el comportamiento humano.  Ya se ha mencionado que, el instinto de todos, en momentos de confrontación personal, es un reaccionar a modo defensivo, tomando represalias.  El YO es frágil, sensible al extremo y poco tolerante.  Más todavía, si la persona es ‘acomplejada’, afectada por un sentido de ‘inferioridad’.  Se le hace difícil manejar adecuadamente situaciones de conflicto o contrariedad.  Al mismo tiempo, que se inclina a interpretar erróneamente las intenciones de los demás.  Crea entonces, una reputación de ‘fragilidad de carácter’.  Hay temas que no son aceptables y tienden a perturbar esa persona.  Usualmente, su familia y amistades se refrenan de abordar cualquier tema que sea ‘neurálgico’.  En lugares públicos de bebida o comida, con frecuencia se ven rótulos que advierten, “Aquí no se habla de religión ni de política”.  Esa prohibición es lamentable, pues infiere que los presentes, no son capaces de manejar adecuadamente su carácter.  ¡O sea, son incontrolables!  Se añade, que mucho tiene que ver con la cultura, que moldea y forma la personalidad. 

Recientemente, un político distinguido del país se atrevió criticar abiertamente al Papa León XIV.  Ejemplar en su reacción, el Papa rehusó responder a la defensiva.  ¡Eso es prudencia!  La mayoría de los católicos del país, admiraron grandemente su comportamiento.  Valga el ejemplo, que muestra que nuestro modelo es el mismo Señor Jesús.  Él sufrió agravios, insultos y salivazos.  Desde el patíbulo de la cruz, Él suplicó al Padre, que perdonara a los responsables.  Los discípulos del Señor no son más que su Maestro.  Lo que se espera de todos los bautizados, es que, en su crecimiento espiritual, vayan aprendiendo lo que es, precisamente la virtud de la prudencia.  No, no es ser tonto, ni ingenuo, …es actuar, consciente del sentir de los demás, controlando cualquier impulso de ira, rebeldía o venganza.  Usualmente, la reacción a alguna ofensa recibida es la actitud de ‘desquite’, la conocida frase, ‘Ojo por ojo, diente por diente’.  Desde tiempos ancestrales, esa frase se conoce como la ‘Ley del Talion’.  La enciclopedia la define de esta manera:  

“La ley del talión es un principio jurídico de la justicia retributiva, que indica que cuando una persona inflige a otra un daño, debe recibir exactamente el mismo daño que ha causado. El origen etimológico de “talión” se halla en una palabra latina, talis o tale, y significa, idéntico”.  

Ser prudente es ser sensible o sensitivo, consciente, tanto de la situación y las personas que le rodean. Básicamente, se relaciona y está conectada con la madurez personal.  Es la capacidad de hacer un juicio inmediato, de lo que es aceptable y apropiado o no, dada la situación en que se encuentre.  Claro, un carácter impulsivo, no ayuda al esfuerzo de ser prudente.  Y como ya señalado, depende mucho del temperamento de la persona.  Una persona de temperamento colérico responde a la defensiva de inmediato.  En cambio, el melancólico (que es más sentimental), calla y después del incidente, haya sido cual sea, se pone a pensar, “¡Caramba, debí de haberle dicho esto y lo otro…!”  Por eso, la prudencia es tan importante en todo comportamiento y en lo cambiante de la condición humana.  Al mismo tiempo, se cae en cuenta que, ser prudente es una virtud difícil de aprender.  Por supuesto, ese ‘caer en cuenta’, no debe faltar en un examen de conciencia.  Hoy en día, se habla más de ‘una revisión de vida’, que no es otra cosa, que un detenerse a cuestionarse a uno mismo; es la conocida ‘mirada interior’.   

Hay que recordar que, parte de los efectos de la culpa original, es una inclinación continua hacia el egoísmo.  Ese disciplinar el YO, no se logra excepto, a través de un incesante esfuerzo, tomando consciencia de cuáles son las limitaciones personales, y cómo cada uno las está superando.  Esto presupone un compromiso serio con la vida espiritual de cada uno, que aspira a una mayor intimidad con el misterio de Dios.  En la vida consagrada, los Religioso/as, ejercen una disciplina continua de ‘crear conciencia’ sobre su comportamiento.  La vida en común les obliga diariamente, a estar pendientes de cómo están relacionándose con los demás. 

Cobardía ocurre cuando el miedo en la relación humana cohíbe a la persona de actuar con transparencia y honestidad.  Cobardía, se puede añadir, es fruto de una personalidad insegura, tímida y posiblemente, acomplejada.  Prefiere callar, ‘tragarse el conflicto’ y vivir, pues, con la memoria herida.  Nadie olvida nada, según hemos aprendido.  Así se corre el peligro de desarrollar resentimientos y vivir contrariados con las personas que causaron el conflicto o el momento de desacuerdo.  Conflictos no resueltos se acumulan en la ya mencionada memoria herida, causando un ‘rechazo permanente’ de la persona que causó la ofensa.  Triste admitirlo, pero estos incidentes de ‘malestar’, afectan la salud mental y se manifiestan con frecuencia en el trato mutuo.  En algunos casos, se rompe la relación y lleva a una enajenación permanente.  Así es el caso, en el crecido número de divorcios matrimoniales.  Como también en ‘enojos’ entre familiares.  El rehusar buscar un acercamiento con familiares y amistades ‘enajenados’, muestra, no solo cobardía, sino también falta de capacidad emocional.  Se le da más importancia al agravio y a la herida infligida, que, al valor y riqueza de ser familia, de ser amigos.  

Buscar reconciliación, tratar de superar el enojo, no solo ayuda a la paz interior personal, pero nutre la vida espiritual, tan importante, en la relación amorosa con Dios. 

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