Los caminos, por encima de sus diversidades en anchura, en materiales, en distancia, en nombres, tienen algo en común: unen, acercan. 

Que el consuelo transite hasta un pueblo desconsolado porque se encuentra fuera de su ciudad: Jerusalén; es la unidad que pretende el profeta en la primera lectura (Is 40, 1-5. 9-11). Que se acerque a su casa el pueblo alejado de la suya, que se acerque a los suyos y a los de sus raíces, también, es la implicación más elocuente del grito de la voz que pide la preparación de un camino. La unidad del amor y la verdad, así como la cercanía de la justicia y la paz son realidades que el salmista (Sal 84) coloca recorriendo las mismas vías. Porque tanto la paz, como la justicia seguirán las huellas que en los caminos ha dejado el Señor.

El toque escatológico, propio de esta primera parte del Adviento, lo aporta hoy la segunda lectura (2 Pe 3, 8-14). Si miramos más allá del lenguaje intimidante que ofrecen las imágenes de fulminación, desmoronamiento y aniquilación, descubriremos que se trata de una clara llamada a la conversión y un claro testimonio de la paciencia que tiene el Señor, aguardando detenidamente que, en los caminos de la vida, ninguno se pierda. El planteamiento del apóstol no escapa de las figuras de tránsito y de camino. El deseo es el de unirse a una vida de paz y una vida de corazón irreprochable. El deseo es, también, maravillarse porque los cielos nuevos y la tierra nueva son el ansiado destino de ese camino.

La página evangélica es el inicio de la buena nueva según San Marcos (Mc 1, 1-8) y deja claro inmediatamente que se necesita preparar un camino; como lo hizo Juan Bautista, como lo recorrió el mismo Cristo. En estas letras el evangelista anuncia el proyecto de toda su obra: caminar junto a Jesús como Mesías y como Hijo de Dios. Para caminar junto al Mesías será necesaria la conversión; por eso se presenta como modelo el bautismo de Juan. Para caminar junto al Hijo de Dios será necesaria, también, la fuerza del fuego; por eso el anuncio prospectivo de un bautismo en Espíritu Santo. Camino y conversión. Síntesis maravillosa para toda la liturgia de la palabra.

Preparar los caminos siempre supondrá “cambio”; es decir, siempre supondrá “conversión”.  El que ha hecho de la mentira su modo acomodado de vida tendrá que aplanar las montañas de sus artimañas y unirse a la transparencia siempre llana de la verdad. El que ha hecho de su carácter volátil la manera ruda de tratar a los hermanos tendrá que remover lo escarpado de sus formas y comenzar a transitar por los lisos valles de la mansedumbre. El que ha hecho de la pereza, de la vagancia y de la dejadez su amplio bosque florido tendrá que aprender a encaminarse en la aridez desértica por los estrechos senderos de la compasión, de la misericordia y de la ayuda al otro. El que ha hecho de su trabajo una obsesión de vida tendrá que peregrinar en las arenosas e imperceptibles veredas del desierto para nuevamente acercarse a los suyos, a los de su casa y en regocijo común ponerse el nuevo destino de los cielos nuevos y la nueva tierra. Eso es preparar los caminos del Señor; eso es conversión.

P. Ovidio Pérez Pérez

Para El Visitante 

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