(Paso por la Puerta Santa de los laicos y laicas en Catedral Dulce Nombre de Jesús de Caguas en la Fiesta del Beato Carlos M. Rodríguez el 4 de mayo)


 

Hoy celebramos con gran alegría esta fiesta diocesana en honor a nuestro Beato Carlos Manuel Rodríguez. Lo hacemos en memoria de su bautismo realizado en esta misma Iglesia Dulce Nombre de Jesús, el 4 de mayo de 1919. Es decir, hace ya 97 años. Esto significa que dentro de dos años podemos celebrar los 100 años de su nacimiento (el 22 de noviembre de 1918) y dentro de tres el centenario de su Bautismo. Propongo que nos vayamos preparando para eso. Que realicemos en nuestra diócesis un trienio en honor a Carlos Manuel del 2017-2019 con el lema: Hacia el centenario del bautismo del Beato Carlos Manuel. En el mismo podemos orar por su pronta canonización y eventualmente declararlo como el Patrono de los laicas y laicas de la Diócesis de Caguas.

En el contexto de esta celebración, hace un año atrás el entonces Obispo de Caguas, Rubén González, propuso la peregrinación de los laicos y laicas de la Diócesis para atravesar la Puerta Santa de esta Catedral. Lo han hecho y somos testigos de ellos los presbíteros, diáconos, religiosas y religiosos que acompañamos este paso de los laicos y laicas.

Eduardo Santiago, Representante del EDAP, les ha exhortado a hacerlo tomando en cuenta tres aspectos fundamentales que quisiera ampliar un poco más en esta reflexión.

  1. Pasar por la Puerta Santa en el espíritu de la conversión pastoral a la que nos ha invitado el documento de Aparecida. Una conversión expresada en primer lugar sobre las actitudes que todo agente de pastoral debe tener, sobre todo la de “un oído atento para escuchar lo que el Espíritu pide a la Iglesia de Hoy”.

A imagen de Carlos Manuel que supo estar atento a las mociones del Espíritu. Atento a lo que el Espíritu le pedía a la Iglesia a mediados del siglo pasado. Le pedía una celebración litúrgica más cercana y compresible para  los fieles. Un redescubriendo del verdadero sentido de la misma. Una recuperación del centro de la toda la vida cristiana, es decir el Misterio Pascual. Misterio que re-acontece en cada cristiano desde la experiencia misma del Bautismo. Así lo ha expresado la primera lectura, tomada de la carta a los Romanos, que hemos proclamado esta noche. “Si hemos muerto con Cristo en una muerte como la suya, creemos que también viviremos con Él en una resurrección como la suya”.

Este texto está en el contexto de la teología que Pablo construye sobre el sacramento Bautismo desde el misterio pascual. La primera realidad de todos lo que estamos aquí es la del Bautismo. Esa fue la primera Puerta Santa que nos abrió a la experiencia cristiana sacramental. Ya atravesamos muchos de nosotros hace tiempo (unos más que otros) esa primera puerta sacramental. (De hecho la vida misma la pasamos atravesando puertas -el nacer y el morir es atrasar puestas de existencia). Y hoy las hemos renovado en memoria del Bautismo del Beato Carlos Manuel.

El Beato también reconstruye la teología de la época desde ese Misterio. No solo en la liturgia sino en el desarrollo de una cultura cristiana en el ambiente más secularizado de la época: la Universidad de Puerto.

Carlos Manuel se convierte, para los laicas y laicas de nuestra Diócesis, en  un modelo de la conversión pastoral.

  1. Pasar por la Puerta Santa asumiendo que de este modo decido la “opción misionera”. Una que sea capaz de transformarlo todo: las costumbres, los estilos, el lenguaje… Que todo se convierta en un cauce adecuado para la evangelización del mundo actual más que para la autopreservación, a lo que nos ha invitado Francisco en la Evangelii Gaudium (27).

Carlos Manuel supo poner todos los elementos que estaban a su alcance para poder desarrollar su apostolado, de modo que no solo se convierte pastoralmente en el sentido de las actitudes, sino que además desarrolla una pastoral en conversión, como también lo ha pedido el Papa Francisco en la Exhortación Apostólica Evangelli Gaudium. (E.G. 25-33)

Una pastoral en conversión que implica el cambio del estilo pastoral, movida ante todo por la alegría del encuentro con Jesucristo.  La dulce y confortadora alegría de Evangelizarque nos anime en nuestra llamada de anunciar el Evangelio hasta los confines de la Tierra”. (cfr E.G. 27)

Cito sobre este particular, de la Biografía Vaticana, un texto que llamo mucho mi atención sobre Carlos Manuel:

Muchos testimonian su desarrollo vital de la fe gracias a la formación que les impartió Carlos Manuel unido a su modelo de entrega y servicio. Varios agradecen a su ardiente celo por Cristo el haber despertado en ellos su vocación religiosa. Acercarse a Carlos Manuel era como allegarse a una luz que va iluminando cada vez más la perspectiva y el sentido de la vida a medida que se le conocía mejor. La alegría cierta de la Pascua traslucía siempre en su mirada y en su sonrisa y una notable fortaleza espiritual trascendía su frágil figura. La firme convicción de su fe vencía su natural timidez y hablaba con la seguridad de Pedro en Pentecostés. A pesar de su salud quebrantada por tantos años, ninguna queja nubló la alegría con que enfrentaba la vida y nos recordaba que el cristiano ha de ser alegre porque vive la alegría y la esperanza que Cristo nos regaló con Su Pascua: VIVIMOS PARA ESA NOCHE

Como el gran eco del salmo responsorial (33) que hemos proclamado hoy. Bendigo al Señor en cada momento y su alabanza está siempre en mi boca. Contemplen al Señor y quedarán radiantes; su rostro no se avergonzará. Así era la existencia de Carlos Manuel.

La celebración del Beato Carlos Manuel debe ser para nosotros un estímulo para vivir la alegría de evangelizar. Para el laico y laica de la Diócesis la evangelización no debe ser un trabajo o una carga. A la luz de Carlos Manuel, debería ser su vida. La evangelización no debe ser vista como un añadido, sino como una motivación vital.

  1. Atravesar la Puerta Santa con el compromiso de trabajar por una sociedad más humana, justa y fraterna. Este discurso no era ajeno al Beato Cagüeño invitando incluso a la participación política y pública.

Un laicado maduro capaz de colaborar con lo que el Arzobispo Metropolitano de San Juan, Roberto Octavio González ha querido llamar: Refundar a Puerto Rico. Retomar los valores más altos de la cultura puertorriqueña, anclarse en los principios de la solidaridad, de justicia, paz y misericordia. Esto puede parecer una quimera en medio de la crisis social, moral, política, fiscal, económica y espiritual que vivimos.

Sin embargo, creo que debemos sentirnos iluminados por las palabras del evangelista y el contexto en que se proclaman.

San Juan nos presenta una parte de su catequesis sobre la Eucaristía. Sacramento que también movió la vida de Carlos Manuel y en el que se actualiza de modo incruento el sacrificio cruento de la Cruz. Sacramento en el que se proclama la victoria sobre el pecado y la muerte. La victoria de la solidaridad sobre los cómplices del mundo. La victoria del amor sobre el egoísmo humano.

La primera Eucaristía fue celebrada en el momento más difícil de la vida de Jesús, en la noche de la traición y anticipo del abandono de los suyos. La noche en que se instituía lo que luego San Juan iba a catequizar: El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna y yo le resucitaré en el último día. Era la noche más oscura en la vida de Jesús y de los suyos. La oscuridad de nuestra realidad puertorriqueña no debe asustarnos, más bien animarnos a entrar a ella para romperla desde adentro.

La catequesis sobre la Eucaristía, en el Evangelio de San Juan, brota de aquel gesto del muchacho que, sacado de entre la multitud de los que fueron a escuchar a Jesús, ofreció lo que tenía a los discípulos para que el Maestro hiciera el milagro de la división de los panes para que tantos comieran. (Jn 6)

El muchacho que ofreció solidariamente todo lo que tenía para que se diera el milagro, es una analogía de tantos laicos y laicas que dan lo que tienen: su tiempo, sus talentos, sus tesoros para que, junto a los pastores y en el centro el Maestro Jesús, pueda hacer los grandes milagros de la historia.

Debemos refundar la Patria, porque si no Puerto Rico se nos muere, se nos vacía. Se puede desaparecer”. Fue el llamado del Arzobispo.

Les invito a todos: los laicos y laicas que junto a los pastores, religiosos y religiosas, anclados en nuestra fe en Jesús, Pan que ha bajado del cielo”, nos unamos a este esfuerzo. Queremos ser parte de este proceso, como lo fue Carlos Manuel en su tiempo. Por lo que nuestro estilo pastoral como el suyo se ha de renovar cada día más, atentos a los signos de nuestros tiempos. Beato Carlos Manuel, ruega por nosotros. Así nos ayude Dios.

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